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Columnas Social

Pequeñas especies

UN NOMBRE PECULIAR

M.V.Z. Francisco Núñez González
NOSOTROS, domingo 03 de febrero 2019, actualizada 11:53 am


Me encontraba trabajando en los agostaderos del municipio de Mapimí con el ganado vacuno, era una delicia disfrutar de aquel paisaje semidesértico, repleto de cactáceas, mezquites, huizaches, gobernadora, lechuguilla, maguey, orégano, candelilla, nopal, cada especie presumiendo sus pequeñas flores de múltiples colores, con esa característica inconfundible del majestuoso silencio del cálido desierto. Tenía dos años de haber egresado de la facultad y trabajaba de veterinario de gobierno para la comunidad y grupos relacionados con proyectos ganaderos. El gobierno nos pagaba una renta mensual por el vehículo en el que trabajábamos que era de nuestra propiedad, independientemente del sueldo. Gracias a mi padre que me había facilitado el enganche, adquirí la camioneta de mis sueños, tuve que esperar tres meses para que la agencia me otorgara mi vehículo, en aquel tiempo eran escasas. Era mi orgullo aquella Ford pick up verde bandera, que inmediatamente le adapté enormes neumáticos, modifiqué el escape y un gran equipo de sonido, mi familia en broma le apodaba "La señorita" por los cuidados exagerados que le daba a mi primer vehículo que realmente llamaba la atención. Regresaba por una vereda del agostadero después de checar el ganado, faltando cincuenta metros para llegar a la carretera el vehículo se detuvo, por más que le daba marcha no encendía. Pasaron algunos minutos cuando afortunadamente se introdujo por la misma vereda otra camioneta y quedaron los dos vehículos de frente, se trataba de un señor de cincuenta y tantos años, tenía un pequeño negocio de billares en el poblado de Mapimí y todos le conocían como "El dulces", una persona muy amable y risueña, siempre lo saludaba, pero jamás le llegué a decir por su sobrenombre. Inmediatamente me conoció y amablemente se ofreció a ayudarme, me dio mucho gusto verle, pues era mi salvación para salir de ese lugar con mi vehículo descompuesto, revisó el motor y me dijo que empujaría mi vehículo con el suyo, encontrándose los dos de frente haciendo contacto las defensas delanteras; al ir empujando y estar el camino disparejo, pues se trataba de terracería, pasamos un pequeño surco y se oyó romper un cristal, recuerdo que lo sentí en el alma, pensé que se me había roto uno de los fanales de mi camioneta. Al revisar los vehículos, se encontraban frente a frente y no se distinguía el daño, recuerdo que me dijo "El dulces": Ni modo doctor, ya se rompió el foco de su camioneta, ni modo le dije, sólo le pedí que me llevara a la carretera. Al despegar los vehículos, cual va siendo nuestra sorpresa que el faro que se rompió había sido el de su camioneta, muy asombrado e incrédulo me dijo: No fue el suyo, fue el mío que se rompió, espero no haber sido grosero, pero creo que esbocé una leve sonrisa inconscientemente, no porque hubiera sido su camioneta, sino porque "La señorita" se había salvado. Al estar ya en la carretera después de haberme auxiliado, le agradecí enormemente su ayuda, no sin antes expresarle mi sentir por lo que le había pasado a su vehículo y le pedí que me enviara la cuenta de los daños que le había ocasionado. Me dijo muy amablemente con una enorme sonrisa: Qué bueno que fue la mía doctor, la suya es nuevecita y la mía ya está viejita. Me encontraba a un kilómetro del entronque al viejo poblado de la mina de Ojuela, pasaron unos minutos y me auxiliaron los ángeles verdes, mecánicos de auxilio turístico, cambiando el platino del sistema eléctrico de la camioneta haciéndola funcionar de inmediato, regresé a casa sin ningún contratiempo. Pasaron algunos días, mi intención era de visitar al señor que me había auxiliado para saldar la cuenta pendiente que tenía, pero por un motivo u otro lo dejaba para el día siguiente, pasó una semana cuando me dice el ingeniero jefe de la oficina y gran amigo hasta la fecha: Médico, te vino a buscar el señor que le apodan "El dulces", le urge hablar contigo. Sentí una vergüenza enorme, después de que me había ayudado estropeando su vehículo por mi causa, yo no le había correspondido. Inmediatamente lo fui a buscar a su negocio, lo esperaba ver con una cara larga y reclamándome, pero fue todo lo contrario: Disculpe que lo moleste, doctor, me dijo con una apenumbrada sonrisa, inmediatamente lo interrumpí y deshaciéndome en disculpas, le dije que no había podido ir antes para pagar los daños de su vehículo. Muy serio me respondió: Está equivocado doctor, no le mandé hablar para eso, además fue un accidente que ya resolví con una refacción que tenía, le mandé hablar porque tenemos una vaca enferma que no quiere comer y si fuera tan amable en quererla revisar, por vida suya doctor. Claro que sí, con todo gusto mi amigo, le dije con un suspiro de alivio y a la vez de culpa. Al revisar a mi paciente, una vaca Holstein de quinientos kilogramos de peso, efectivamente se encontraba postrada, con anorexia, tenía fiebre y la ubre ligeramente inflamada, le dije que se trataba de una mastitis, la inyectaría durante tres días y quedaría perfectamente sana. Me preguntó por mis honorarios y le dije que cómo podía cobrarle después de lo que había hecho por mí. Al anotar sus datos y recomendaciones en el block de visitas de la dependencia donde trabajaba, le pregunté su nombre y me dijo: "Dulces", le contesté con una sonrisa, es un documento oficial amigo mío y no puedo poner sobrenombres, le agradecería me diera su verdadero nombre completo, es en serio doctor, me llamo "Dulces Nombres Mejía Sifuentes".

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