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Columnas la Laguna

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

ARMANDO CAMORRA
viernes 25 de enero 2019, actualizada 8:45 am


"Un hombre se metió en la casa anoche que no estabas". Con esa noticia recibió doña Macalota a su esposo don Chinguetas cuando el señor volvió en la madrugada después de jugar dominó con sus amigos. "¡Mano Poderosa! -exclamó Chinguetas empleando una jaculatoria aprendida de su señora madre-. Y ¿qué se llevó?". Replicó doña Macalota: "Tanto como llevárselo no se lo llevó, pero en la oscuridad de la recámara yo creí que eras tú. Hasta que asegundó supe que no eras tú. Y ya era demasiado tarde para resistirme al bis". Don Hamponio, el narco de la esquina, le pidió al juez de su causa que le concediera la libertad condicional. "Imposible" -negó el juzgador. "Entonces, su señoría -rogó el preso-, ¿no podría usted hacer menos dura mi condena prohibiéndole a mi mujer que venga a la visita conyugal?". En la alcaldía se recibió una queja inusitada: don Martiriano tenía en su casa una feroz leona africana cuyos espantosos rugidos ponían temor en el vecindario. El alcalde envió un par de gendarmes, a fin de que investigaran ese caso que lo sorprendió, pues conocía al buen señor y le constaba que era de natural manso y pacífico. La queja era fundada. En efecto, don Martiriano había llevado a su casa una terrible leona del Atlas que rugía constantemente y tiraba zarpazos a diestra y a siniestra. Uno de los agentes le dijo: "Sus vecinos, señor, se quejan de usted por esta leona. Sus tremendos rugidos los asustan de día y no les permiten dormir por la noche". Al oír eso don Martiriano se azaró. Dijo sinceramente apenado: "Cómo lamento haber causado esta molestia a mis vecinos. Me desharé inmediatamente de la leona. Lo que sucede, señor agente, es que mi esposa Jodoncia está de viaje, y extrañaba su presencia. Numerosos cuentos hay del tema. "Le tengo dos noticias, señor; una buena y una mala. La buena: no hallamos nada malo en lo que le cortamos. La mala: por un lamentable error en vez de hacerle la circuncisión le hicimos la castración". "Te tengo dos noticias, una buena y otra mala. La buena: la Paramount materialmente devoró tu guión. La mala: la Paramount es la chiva que mis hijos tienen de mascota". "Le tengo dos noticias, señor; una mala y otra buena. La mala: su esposa tiene una enfermedad venérea. La buena: usted no fue el que se la contagió". Pues bien: la buena noticia es lo de Maduro, ese patético tiranuelo cuya traza sería ridícula de no ser por tanto sufrimiento que ha causado, tanta sangre que ha vertido, tanta desolación y ruina que dejará tras de sí. La mala: eventualmente buscará asilo en México, en cuyo caso nuestro país se vería en la precisión de recibirlo conforme a su tradición diplomática, del mismo modo que por igual motivo no firmó la Carta de Lima que condenó el régimen del déspota venezolano. Muchas veces las tradiciones obligan más que las razones. Himenia Camafría, madura señorita soltera, tenía gallinas en su casa. También tenía un loro, lépero como solían ser los cotorros de las cotorronas. El tal perico acostumbraba subir a la barda del corral a ver al gallo cumplir sus deberes con las gallinas de su harén. (Recordemos de nueva cuenta el mexicanísimo decir: "¡Ay, quién tuviera la dicha del gallo, que nomás se le antoja y se monta a caballo!"). Cuando el lascivo sultán trepaba sobre una de sus odaliscas -quiero decir cuando el gallo pisaba a una de las gallinas- el pícaro cotorro lo animaba con voz incitativa: "¡Duro, campeón! ¡Duro!". Sucedió cierto día que una ráfaga de viento hizo que el perico cayera entre las gallinas. De inmediato el gallo fue hacia él. Lo vio venir el loro y le dijo con humilde voz: "Suave, manito. Suave". FIN.

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