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EDITORIAL

México de luto

GABRIEL GUERRA CASTELLANOS
jueves 24 de enero 2019, actualizada 7:42 am


No sé ustedes, queridos lectores, pero veo a mi país y me entristezco. Las tragedias, que suelen unir a las sociedades, aunque sólo sea de palabra, a nosotros nos dividen, nos enfrentan. Un desastre como el acontecido en Tlalhuelipan, Hidalgo, nos exhibe como sociedad, como ciudadanos, como nación.

El robo de combustible o huachicoleo pasó de ser una actividad subterránea, de "rebaje" o adulteración, a la segunda actividad ilegal más importante del país, vinculada de cerca al crimen organizado que se dedica al narcotráfico. Los mecanismos de tráfico, comercialización y protección de la "industria" son muy similares, las utilidades proporcionalmente mayores incluso.

La simplificación socioeconómica del término huachicol (que insinúa una actividad populachera, de robo hormiga) sirvió durante años para distorsionar la dimensión del fenómeno y sus actores. Si la mayor parte de los operativos se daban en contra de grupos de personas pobres dedicados a "pinchar" o a recolectar el combustible, pasaba a segundo plano el componente empresarial y de cuello blanco de una actividad que genera pérdidas cercanas a los 3,500,000 dólares anuales.

Esa misma simplificación clasista permitió la politización (el discurso del pueblo pobre que roba por necesidad) y el encubrimiento de los verdaderos operadores y mentes maestras del robo de combustibles. Toda proporción guardada, era como ir contra el campesino que cultiva amapola y olvidar a todos los siguientes eslabones de esa cadena.

El operativo anunciado por el recién estrenado Gobierno federal no consideró la verdadera magnitud del problema en su inicio. Comprensible tal vez porque el crimen organizado suele ocultarse bien, y por los abrumadores niveles de complicidad en la empresa petrolera nacional, su sindicato, algunos de sus proveedores, clientes y socios de negocio. Apenas se ha abierto un resquicio de la canasta de serpientes.

Al generarse los graves problemas de desabasto de combustibles que todos conocemos, se dio un vuelco logístico y de comunicación hacia sólo uno de los puntos: las estaciones de servicio. Ha sido desproporcionado el tiempo dedicado por el gobierno, sus críticos y los medios a la cobertura de gasolineras y filas frente a la del robo institucionalizado a Pemex.

La tragedia en Tlalhuelipan sacó a relucir lo muy poco que conocemos acerca del huachicoleo en México. El estado de Hidalgo encabeza la lista de perforaciones ilegales a los ductos de Pemex en el país y esa comunidad se ha dedicado predominantemente a eso durante mucho tiempo.

No fue un acto espontáneo de oportunismo o rapiña, sino una bien establecida práctica delincuencial, realizada por años a plena luz del día y a los ojos de las autoridades municipales y estatales, seguramente con el conocimiento de Pemex y la Federación. Es una cadena de impunidad y complicidades que se replica a lo largo y ancho del país.

Hay quienes dicen que "no se puede tener empatía con criminales" y que quienes murieron o quedaron malheridos y desfigurados "se lo merecían". Pero nadie, por ladrón que sea, se merece una muerte así.

De lamentarse son también las críticas al ejército mexicano. Era imposible contener a una multitud que superaba en proporción de 30:1 a los soldados. Días antes grupos violentos habían secuestrado a elementos del ejército y amenazado lincharlos, a sólo unos kilómetros del lugar. Ese no es "el pueblo", son grupos de choque financiados y alentados por los capos del huachicol.

Todo lo anterior debería bastar para estar de luto por lo que sucede en nuestro querido México, pero hay un último elemento que me entristece e indigna a la vez: al igual que con el combate al narcotráfico iniciado por el entonces presidente Calderón, la ofensiva contra el huachicol promovida ahora por López Obrador es un asunto de Estado. Sin duda hubo errores costosos en el primer caso y los hay en este último. Debemos vigilarlos, señalarlos y corregirlos.

Pero no olvidemos que si nos hemos convertido en la clase de país que somos, es porque muy pocos se atreven a hacer algo radical y en cambio muchos son muy rápidos y sonoros con sus críticas. Tanto ahora como entonces.

Twitter: @gabrielguerrac

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