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IVÁN HERNÁNDEZ Viernes 10 de ago 2018, actualizada 11:27am ... Anterior El Siglo 1 de 1 Siguiente ... El Siglo

La serpiente de Cloyes

El SigloFoto: Metropolitan Museum of Art

150 páginas con traducción de Pitol

Ellos encabezan una multitud dispuesta a cumplir una misión divina: “Frente a la insensible ceguera de los reyes, príncipes y caballeros es necesario que los niños cristianos hagan gracia y caridad a la ciudad de Jerusalén en manos de los turcos infieles”.

Jerzy Andrzejewski, varsoviano nacido en 1909 y muerto en 1983 demostró que tenía la capacidad para causar enfado a izquierda y derecha del espectro político. Su dedicación a la literatura se vio traducida en obras de teatro, cuentos y novelas.

De estas últimas la más conocida es Cenizas y Diamantes, publicada en 1948, de la cual Sergio Pitol nos cuenta, en la introducción a su traducción de Las puertas del paraíso, que pinta a una Polonia ya liberada de la ocupación nazi, pero con una nueva sociedad devastada, amorfa, perdida, aunque esperanzada. Durante los días bajo dominio alemán, Jerzy participó de la resistencia, y se distanció de los grupos de derecha.

Para disfrutar la obra del polaco no es indispensable, pero tampoco estorba, conocer algunos aspectos biográficos. Fue disidente político y trasladó a la literaria trinchera su oposición a la influencia de la URSS en los asuntos patrios.

Su primera novela, La orden del corazón, permite apreciar desde la obra temprana ecos de la prosa de Joseph Conrad y del francés Francois Mauriac.

Pitol nos comenta que jóvenes artistas y universitarios lo veneraban mientras dogmáticos de bandos opuestos lo abominaban. Los primeros celebraban sobre todo su valentía, los segundos lo consideraban el peor ejemplo para la juventud polaca, le llamaban pervertido, arrogante y amigo de judíos. Para colmo, el hombre se atrevía a hablar de moral pública.

CRUZADA

A estas alturas del partido no es inusual encontrar narraciones en las que o se prescinde de la puntuación o el monólogo lleva la voz cantante o la reiteración es el recurso dominante. Las puertas del paraíso explota con acierto esos tres veneros.

La novela consta de 150 páginas y en toda ella solamente hay dos puntos. Uno de ellos, el final, se encuentra a cinco palabras del signo de su clase que le precede.

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Jerzy Andrzejewski. Foto: PAP/CAF/S

Se trata, desde luego, de una historia compleja por la calidad de la reflexión. Si bien la falta de puntos que segmenten el relato y nos otorguen un respiro, uno genuino digamos, se echa de menos al principio, basta con no perder de vista que apenas unas cuantas voces son las que se destacan y corresponden a cinco adolescentes de Cloyes.

Ahí están Maud, hija de herrero, Roberto, hijo de molinero, Blanca, hija de carpintero, Santiago, de padres desconocidos, y Alesio Melisseno, griego de nacimiento, hijo adoptivo del conde de Chartres y de Blois.

Ellos encabezan una multitud dispuesta a cumplir una misión divina: “Frente a la insensible ceguera de los reyes, príncipes y caballeros es necesario que los niños cristianos hagan gracia y caridad a la ciudad de Jerusalén en manos de los turcos infieles”.

Su confianza en triunfar allí donde los ejércitos armados han fallado se basa en que “por encima de todas las potencias de la tierra y el mar sólo la fe ferviente y la inocencia de los niños puede realizar las más grandes empresas”.

La sombra del conde Ludovico de Vendome, se extenderá, primero, sobre los pensamientos de un par de los protagonistas; luego, a toda la procesión.

SINGLADURA

En la novela no veremos mucho ni del camino ni del final de los atípicos cruzados. Sí conoceremos, a cambio, el interés amoroso de los personajes principales, en exposiciones fragmentarias y repetitivas alentadas por la confesión general que emprende el sacerdote adscrito a la causa.

La confesión no surge de modo espontáneo sino a causa de un mal augurio. El religioso tiene un sueño y en este sueño se le revela el fracaso y el triste final de los menores.

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Cruzada de los niños. Foto: BBC History Magazine

¿A qué se debe esto? El cura reflexiona y concluye que en aquella grey alguna oveja no es del todo blanca. Por fortuna, puede arreglar el desperfecto por el método de escuchar sus faltas y absolverlos.

El buen ánimo del confesor es evidente, agradece la oportunidad que se le brinda al final de su vida, el haberse encontrado con Santiago, ese pastor, ese depositario de un mensaje divino.

Andrzejewski se guarda para el final la revelación del canal empleado para hacerle llegar el mensaje a quien, cuando bebé, fue abandonado en una cesta en las gradas de la iglesia de Cloyes.

Los niños cristianos avanzan decididos a hacer gracia y caridad, a realizar las más grandes empresas, pero la inocencia no es moneda corriente entre quienes encabezan el movimiento.

CAPAS SONORAS

Las voces se suceden una tras otra o se intercalan, los monólogos se mezclan con otros monólogos y con diálogos, los diálogos se cruzan con pensamientos y estos con remembranzas.

A la piedad e impiedad de los jóvenes se suman las reflexiones del sacerdote, quien hace de balanza para medir la desvergüenza y la pureza de los penitentes.

Amores, violencias, pecados, ofensas, placer y sufrimiento, las confesiones son partes de la solución al enigma, como velos que van cayendo hasta mostrarnos, sin engaños, a la bestia que yace en el fondo de la noche, con su respiración agitada y la sangre caliente.

Instinto, fe y razón son otros personajes de esta historia.

PROSA

La prosa del polaco es vigorosa, los raptos de violencia parecen dar entrada a lapsos de suma delicadeza y a la inversa.

Los adolescentes hablan, no como adultos, sino como teóricos de las pasiones, más de las bajas, así escuchamos a uno de ellos decir que “de un deseo saciado surgen cien nuevos aún más imperiosos, los actos nacidos de los deseos más puros agonizan en la infamia, tal vez no existen los deseos puros”.

También se alcanzan certezas como “más que la seguridad de la posesión me atrae la incertidumbre de la búsqueda”.

En cuanto a los modos de expresar sus sentimientos, su deseo del otro, la desesperación y demás maderos para el fuego, puede encontrarse que “no se de dónde ha brotado mi amor por ti, (...) porque si existo es sólo para confirmar con todo mi ser, yo que no he sido amado, la necesidad de amor”.

No falta el que ha descubierto que “el amor es sólo un nudo de deseos irrealizables”.

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La novela se recrea en la repetición, en la canción de la desgracia. Las palabras salen a la luz y se convierten en el único camino posible para quien las pronuncia; las palabras escapan de sus vainas y son aceradas, filosas, el último recurso para conseguir satisfacción. Son tan imponentes que las cavilaciones del sacerdote conducen a concluir que no es la mentira sino la verdad lo que acaba con todo. Hay pecados y pecados, unos de amor y otros de furia, unos pecan con todo lo que tienen, otros con lo poco que les queda.

CLAVES

La relación entre Alesio y su padre adoptivo merece una mención especial, es oscura y con visos escarlatas, tan turbulenta como las aguas que le ponen punto final.

Sobre Santiago lo más destacado es el misterio que lo rodea, cómo es que ese huérfano se convirtió en el depositario de la revelación divina.

El sacerdote confesor distingue con claridad a aquellos que mienten de quienes hablan con verdad, sin embargo, eso no lo salva, ni a él, ni a los infantiles cruzados. En esa misión hay gato negro encerrado.

La novela de Andrzejewski tiene un antecedente en La cruzada de los niños escrita por el francés Marcel Schwob y publicada en 1896. Las puertas del paraíso es un libro pequeño, pero inmenso en contenido. La traducción de Sergio Pitol merece premio aparte. La inexistencia de puntos, conforme se acerca el final, es lo menos relevante de la obra.

Almas puras que avanzan hacia Jerúsalen. A la cabeza hay más de un pensamiento impuro y más de un acto imperdonable. Abandonar la infancia es parecido a adentrarse en un río revuelto de ideas, emociones, acciones, omisiones. En Las puertas del paraíso la confesión más inocente, la que habla con absoluta verdad, puede ser la revelación ofídica por excelencia.

La serpiente de Cloyes

Foto: Metropolitan Museum of Art


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