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martes 19 de junio 2018, actualizada 1:46 am


Erudición contra sabiduría

Las muchas y variadas diferencias entre los candidatos presidenciales, que han puesto de manifiesto en los foros públicos, han polarizado las preferencias electorales en México, dichas diferencias son más entre López Obrador y Ricardo Anaya, que entre éste y Meade.

Si analizamos el perfil de, su personalidad, Anaya se muestra más dinámico y exhibe la energía que corresponde a su juventud pues tiene 39 años pero parece de 30. Su preparación académica, gracias a su noble cuna, (su padre, un ingeniero y su madre, arquitecta) pasó por una licenciatura en Derecho, una maestría en Derecho Fiscal y llegó a un doctorado en Ciencias políticas y Sociales, graduado con honores.

Su talento de orador lo está aprovechando para convencer que él es el candidato idóneo; en suma: un digno rival para los otros contendientes; sin embargo, pesa sobre él, quizá por la riqueza inexplicable que posee, la sospecha de corrupción; su veleidad, su inconsistencia ideológica, su codicia y ambición por el poder hace que haga promesas que sabe bien, serán imposibles de cumplir cabalmente, por lo que la mentira a flor de labios, gracias a su mente ágil y aguda inteligencia le ha logrado sortear exitosamente los obstáculos que sus rivales y el propio sistema de gobierno le han puesto; incluso, ha sido deshonesto al copiar las ideas de sus adversarios y presentarlas como propias en una versión mejorada, obviamente, olvidando que originalmente se lanzó como un candidato antisistema, al cual actualmente ya no critica. No le importa traicionar los principios de su partido de origen (PAN) y da la impresión que sería capaz de vender a su propia madre con tal de lograr su objetivo. Sus fortalezas, que sin duda son talentos cultivados, no son necesariamente virtudes, toda vez que con excepción de su academicismo, su corta y meteórica carrera en la política está manchada con la traición, primero de sus principios ideológicos al coaligarse con partidos de ideología opuesta.

Por otro lado, Andrés Manuel López Obrador, aunque de ascendencia española, nació en la villa de Tepatitlán, Macuspana, Tabasco; y creció, sin no en la pobreza, si en la humildad, lo cual no es un mérito pero tampoco un defecto, simplemente así fue su circunstancia, pues sus padres no tenían más que una tiendita de abarrotes. Con una edad de 64 años (aunque parece de 70), ha sido consistente en su ideología política, un luchador social, un líder con firmes principios político-ideológicos propios de los años setenta, y seguramente receptor de ideas marxistas leninistas y testigo de movimientos y masacres estudiantiles, de injusticias a campesinos y obreros, lo que explica su ideología de izquierda, quizás extrema en su juventud, pero moderada en su adultez, con tintes de centro-izquierda ahora ya en su madurez. De aspecto bonachón, más que autoritario, inspira respeto, pero también confianza; y lo más importante, parece ser auténtico cuando menciona que sus principios son: no robar, no mentir, no traicionar. En sus arengas, propugna por la lucha contra la corrupción, la aplicación de la justicia y la procuración del bienestar común. Algunas de sus fortalezas principales son: su firmeza y coherencia en sus ideales políticos, su perseverancia en la lucha para lograr sus metas que a menudo sus adversarios llaman necedad, su empatía con las clases sociales más vulnerables, su congruencia entre el decir y el hacer.

Juventud contra madurez, ligereza contra constancia, apasionamiento contra ecuanimidad, sospecha de continuidad del statu quo o certeza de cambio de 50 años de política priista. ¿Qué prefiere usted?

Héctor García Pérez

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