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Siglo Nuevo

La simpleza de la vida

Nuestro mundo

MARCELA PÁMANES
jueves 03 de mayo 2018, actualizada 12:45 pm

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En la historia del mundo, de los pueblos, de las personas, los hubiera son inadmisibles.

Me despierto en medio del ruido que hay en mi cabeza. Las sienes laten. El dolor de cabeza que me taladra. Apenas puedo abrir los ojos, me duelen. Recuerdo que un día antes revisé por horas las redes sociales en busca de noticias, ahora pago las consecuencias.

Quiero quedarme en cama. La suavidad de las sabanas no sólo acaricia el cuerpo, también el corazón, que a veces carga tanto. Me estiro hasta donde las piernas y los brazos dan. Levanto cinco centímetros la cadera. Hago rotación del sacro. Respiro a profundidad y exhalo, prolongo el más elemental de los procesos, lo que hace la diferencia entre la vida y la muerte.

Si alargo un minuto más mi estancia no alcanzaré a hacer lo que me toca antes de incorporarme a mi trabajo que no es trabajo. En segundos recorro lo que será la jornada del día. Percibo mi hartazgo, son tiempos de campañas políticas. Admito que en lugar de animarme me desanimo. Le doy la vuelta al pensamiento, sigo las recomendaciones de los maestros, lo dejo pasar y de inmediato otro pensamiento se encadena. ¿Qué habría pasado con mi vida de haberme quedado en casa todos los días? Me pongo un alto total. En la historia del mundo, de los pueblos, de las personas, los hubiera son inadmisibles.

Me levanto. Percibo la vida, las camas por tender, la limpieza hacer. Voy a la acción. ¿Soy víctima del control, la obsesión por la limpieza, el orden? No creo. Repito aprendizajes que me hacen sentir bien. ¿En mi otra vida trabajé en casa? Igual y sí, pero que me importa si no me acuerdo. Río de mis disertaciones sin dejar de hacer lo que estoy haciendo. ¿Cuántos pensamientos se cruzan por la mente en instantes? Hay que hacer el jardín, cambiar las sabanas, vi unas maravillosas pero su precio es imposible para mi bolsillo. Si me ganara la lotería sí que las compraba, pero antes sacaría un boleto para la Patagonia. Algunos argentinos me caen mal, a otros los adoro. ¿Por qué comen tanta carne? ¿Cuándo decidí dejar de comer carne? ¡Estoy loca! Siempre lo estuve. No fui una niña normal, fui una niña atormentada. Los pensamientos se interrumpen porque mi perro llega por sus respectivos cariños del día.

Y así transcurre la vida: la cabeza llena de ruido, de palabras que danzan, de miedos, de pensar, de creer, de suponer, de juzgar, de querer, de aspirar, de amar, de olvidar.

No sé si te ha pasado como a mí, querido lector. Sucede que me gustaría que el cuerpo fuera como un socket donde la cabeza es el foco y podemos aflojarla si queremos apagar la luz. ¿Qué tal suena poner a descansar la testa por las noches, ahí a un ladito nuestro, sabiendo que en el instante deseado podemos tomarla y ponerla de nuevo en nuestro cuerpo? La cabeza pesa porque está encima del corazón, porque la anteponemos siempre.

Apenas llevo dos horas despierta y ya ocurrió todo esto que te comparto. Faltan largas horas para terminar el día y seguirá el vaivén de diálogo interno, de cosas por resolver, de quehacer físico, de cargar pasado y atormentarse por un futuro que suponemos y nos agobia.

¿Dónde está la simpleza de la vida? Cada quien tendrá la mejor respuesta. Yo uso frases aprendidas aquí y allá. Las repito como mantras: la simpleza de la vida es fluir, no engancharse con emociones, alejarse de personas tóxicas, acercar a quienes nos nutren; la simpleza de la vida es desear poco lo que no tengo, valorar lo que tengo; vivir el presente aceptar el pasado y comprender que el futuro es lo suficientemente incierto como para creer que lo podemos construir.

Hay que valerse de recursos que ayuden a sobreponerse a las vicisitudes. Estoy asistiendo a una clase de yoga restaurativa. A veces termina con terapia de sonido. El gong te envuelve como si fueras un capullo a la deriva en el espacio sideral, los cuencos sutiles y llenos de bondad, te dan paz.

Busca con afán donde estés bien, donde te puedas quedar por largo tiempo, donde vibres. Ayúdale a tu vida. No te vas a arrepentir, es el acto más amoroso que puedes dedicarte.

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