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MARÍA DEL CARMEN MAQUEO GARZA Domingo 25 de feb 2018, actualizada 10:30am ... Anterior El Siglo 5 de 5 Siguiente ... El Siglo

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AL PIE DE LA BANDERA

El jueves pasado circulaba por el primer cuadro de la ciudad, al transitar una calle aledaña al astabandera de la Puerta de México, desde donde ondea nuestra bandera monumental, hice una de esas locuras que puedo hacer como jubilada, dueña de mi tiempo. Busqué donde aparcarme y me bajé a contemplarla. El viento soplaba con cierta fuerza, de modo que había momentos cuando llegaba a desplegarse casi por completo, para luego regresar a su estado de reposo. La vi a media asta, 22 de febrero -pensé- conmemoración del asesinato de Madero y Pino Suárez. Ya luego me enteré que en realidad conmemoraban por adelantado el Día de la Bandera, y que debiendo lucir a toda asta, quiero suponer que en nuestros militares se impuso el respeto a la memoria de los grandes próceres que cayeron muertos por defender sus ideales. Podemos decir entonces que fue una celebración híbrida, que de alguna manera me puso a reflexionar.

Vino a mi memoria la "Decena Trágica" que ocurrió entre el 9 y el 19 de febrero de 1913, golpe de estado perpetrado por Victoriano Huerta para derrocar a Francisco I. Madero, quien había asumido el poder en 1911. Huerta fungía como comandante militar de la Ciudad de México, nombramiento dado por el propio Madero. Desde esa posición el también llamado "gran traidor" elaboró un plan para quitar del poder a Francisco I. Madero y a su vicepresidente José María Pino Suárez. Cuando el plan ya estaba bien estructurado fue descubierto por Gustavo Madero, hermano del presidente. En el propio despacho de Francisco I. Madero, y en presencia de Huerta, Gustavo Madero dio a conocer a su hermano las intenciones de Huerta. Con el cinismo que lo caracterizó Huerta desmintió a Gustavo Madero y aseguró a Francisco I. Madero que las cosas no eran así, y que ya pronto todo terminaría. En los siguientes días murieron de manera indigna, primero Gustavo Madero, y luego Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, el primero al pie de un monumento a Morelos, entre burlas de los cadetes comandados por Huerta, los segundos en la parte posterior del Palacio de Lecumberri. Argumentando que les daría protección los persuadió de dimitir a favor de Pedro Lascuráin, quien duró en el cargo 45 minutos, luego de lo cual asumió la presidencia el propio Victoriano Huerta. Respecto al asesinato de Madero y Pino Suárez, Huerta afirmó que habían sido asaltados y muertos al intentar defenderse.

Llego a pensar entonces que no fue casual que yo detuviera mi vehículo y me apostara a ver nuestra hermosa bandera ondeando a media asta un 22 de febrero, aniversario luctuoso de Madero y Pino Suárez, para conmemorar por anticipado el Día de la Bandera. Y me quedo pensando en el Victoriano Huerta que cada uno de nosotros lleva dentro, ese personaje funesto que traiciona a la patria de una u otra forma, el que se justifica ante el mundo sus torvas intenciones. Y sigo pensando en la bondad de los hermanos Madero que vivieron hasta el último día de su vida convencidos de sacar adelante la patria, empeñando en ello la nobleza de sus corazones.

Volteo a ver a nuestro México actual y descubro cuánto nos hemos alejado de los ideales maderistas, de cómo el poder es visto como el gran negocio de donde sacar tajada. Me preocupa nuestra pasividad ciudadana, suponemos que señalar lo que está mal es haber cumplido con la patria. Me inquieta esa molicie mental de no ahondar en el conocimiento de nuestra historia, de modo de entender qué ha sucedido y tener la valentía de resolverlo.

Este año electoral las cosas se magnifican. Los candidatos se dan con todo, lejos de proponer planes de acción se ocupan de desacreditarse unos a otros; algunos atentan contra el sentido común queriendo establecer alianzas con grandes delincuentes que tanto daño han hecho a nuestro país. Salen noticias de malos manejos por un lado y por el otro, y la contienda electoral -que todavía no arranca, de hecho- ya es un chiquero.

Los hermanos Madero crecieron con unos valores familiares que los llevaron a creer en México, en los demás y en ellos mismos, y así murieron. Mi percepción es que personajes de esa integridad proba son cada vez más escasos en la función pública, desde que esta se enfoca como un negocio particular en el cual se invierte con el propósito de obtener ganancias. No estamos hablando de ideales patrios sino de jugosas regalías.

Nunca dejaré de emocionarme cuando esté frente a nuestra hermosa bandera que significa todo lo que nuestros padres y abuelos nos han legado. Quiero entender más a mi México desde sus raíces, para encaminar mis esfuerzos ciudadanos con acierto y sagrado respeto. Aspiro a poder transmitir esta emoción que me embarga a mis hijos, mantenerla siempre como llama viva para bien de mi patria.


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