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SAÚL RODRÍGUEZ Sábado 24 de feb 2018, actualizada 2:01pm ... Anterior El Siglo 1 de 1 Siguiente ... El Siglo

Arte y censura, silenciar al espíritu

El SigloFoto: Anna Halldin Maule

La libertad, el discurso y el poder

Según la Real Academia de la Lengua Española, la censura es un dictamen que se emite acerca de una obra. En otra de sus manifestaciones, censurar suprime o modifica lo que no se ajusta a ciertos planteamientos políticos, morales o religiosos. El arte, una extensión vital del ser humano, tiene abundante historia en común con ella. Como señaló Rousseau, el hombre, aunque libre, encuentra por todas partes limitaciones a su libertad. La era digital no es la excepción. ¿Qué es lo que ocasiona que se censure el arte en tiempos de Internet?

Para el filósofo francés Michel Foucault, en su obra El orden del discurso, el concepto de censura impone sistemas de exclusión: la palabra prohibida, la separación de la locura o la voluntad de verdad. Para él, la censura es una relación entre discurso y poder. Una división entre razón y trastorno. Foucuault se cuestiona si realmente es peligroso que la gente emita sus ideas sin discriminación ni límite alguno.

Según las filósofas mexicanas María Antonia González Valerio y Rosaura Martínez Ruiz, censurar versa sobre el límite entre lo mostrable, lo decible y lo no mostrable. Dentro de estos límites se establece la moral, la ofensa, la percepción estética, el juicio del gusto, la intolerancia y la corrección política.

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Miguel Ángel, El Juicio Final. Foto: Vaticano

Funciona como una prohibición que esfuma de forma tajante aquello a lo que se aplica. Es decir, no sólo busca prohibir un discurso, sino que lucha por su aniquilación para colocarlo fuera del alcance visual y auditivo del público. Como un discurso siempre va dirigido hacia alguien, el censor se esmera en anticipar la reacción de ese alguien.

Mediante la censura se reprimen las acciones y creaciones de ciertos actores en un ambiente público o privado. Cada posición limitante (Iglesia, Estado, etcétera) puede generar sus propios ambientes de censurabilidad y causar perjuicio, cuando no sembrar miedo, en el censurado. Como todo fenómeno humano, marcha al paso de la evolución de los grupos sociales.

Las ponentes mexicanas proponen que el límite de “lo que se dice” quede enmarcado dentro de una línea de responsabilidad donde la frontera es el otro y su integridad. No obstante, mientras el diálogo y el debate estén abiertos, no hay cupo para la censura, pues se clausura la posibilidad de pensar.

Sue Curry Jansen, socióloga norteamericana, distingue dos tipos principales de censura: una de tipo regulativa (ejecutada por el Estado y respaldada en el castigo), y la constitutiva (ejecutada por cualquier individuo y basada en convicciones culturales).

Con lo expuesto hasta aquí es posible establecer un contexto respecto a la censura ejercida sobre el discurso artístico, sus causas, sus metodologías y sus consecuencias al suprimir la libre expresión, así como entender el territorio social o político en el que se le imponen límites a ésta última. También debe destacarse otro aspecto: la calidad que la censura otorga a “lo inmoral” o “lo prohibido” posee una connotación ligada al peligro y al miedo.

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Izquierda, Venus de Urbino de Tiziano. Derecha, Olympia de Édouard Manet. Foto: Google Art Project

DISCURSO ARTÍSTICO

Hegel afirma que el arte tiene su origen en el principio de virtud. El hombre, siguiendo al filósofo alemán, es un ser que piensa, que posee conciencia de sí, no únicamente existe sino que existe para sí. Esta condición engloba un catálogo de manifestaciones que ha llevado al humano a buscar medios de intentar exteriorizarlas, de representar su realidad, desde la época prehistórica.

De estas representaciones surgió el arte. No como lo conocemos actualmente sino como una simple imitación de la realidad: “El arte –nos dice el filósofo dialéctico– es un producto de la actividad humana”.

La pretensión de interpretar el mundo desde el arte es más moderna y sus nexos con la censura son de largo recorrido. Lo que ha cambiado con el tiempo son las maneras de entender la disciplina artística y de aplicar las restricciones a su discurso. Mientras los elementos de la naturaleza son considerados obras de un ente divino, los materiales artísticos son creaciones del hombre que sólo pueden ser juzgadas por el ojo humano.

En 1565, el gran Miguel Ángel sufrió la censura aplicada por la Iglesia romana a su obra El Juicio Final. La pintura del renacentista italiano mostraba a unos individuos desnudos y, por tanto, genitales expuestos. Esto no concordaba con la moral eclesiástica. El pontífice Paulo III y Biagio de Cesena mandaron cubrir las partes íntimas con velos pintados al óleo y consiguieron arruinar la obra: la técnica que utilizó Miguel Ángel fue el fresco.

El pintor había dado rienda suelta a una visión 'herética' y ésta chocó de frente con la tradición de la época. La Iglesia intervino y modificó el discurso del artista para adaptarlo a sus ideales religiosos.

Según González Valerio, la censura suele emerger por causas como la “recontextualización de símbolos para resimbolizar”, algo que el arte ha practicado a lo largo de su historia. No obstante, los símbolos suelen oponer resistencia a ser insertados en una nueva red de sentidos.

En el siglo XIX, con el arribo de la fotografía, los artistas comenzaron a cuestionarse si era factible seguir tratando de reflejar la realidad en las obras de arte o bien era momento de dar un paso adelante y comenzar a jugar con los conceptos y la experimentación. De ese debate nació el arte moderno, con corrientes como el impresionismo, el cubismo, el dadaismo, el surrealismo, etcétera. Los símbolos utilizados en el realismo se recontextualizaron en el modernismo para crear nuevos lenguajes. Sin embargo, este rediseño gestó una confusión entre artista y público que llevó al surgimiento de conflictos, los cuales hallarían su principal altavoz en la censura.

Un caso muy popular de esa época es el del impresionista francés Édouart Manet y su pintura Olympia (1865). Manet estaba plenamente consciente del escándalo que podía provocar. El cuadro contiene a una mujer desnuda, recostada, le acompañan un gato negro y una sirvienta de origen africano. Manet quiso realizar su propia Venus de Urbino (1538), como hizo siglos atrás el italiano Tiziano.

El francés recontextualizó la pintura del renacentista. En la imagen del siglo XVI había un perro recostado, Manet lo cambió por el gato, las sirvientas blancas fueron sustituidas por una criada africana y la bella doncella de belleza exuberante cedió el lecho a una prostituta. Si el italiano básicamente representó la opulencia, el francés cambió el foco hacia los objetivos sociales más bajos de su tiempo.

El historiador Damián Bayón, en su artículo Manet: eslabón indispensable del arte moderno, publicado por la Revista de la Universidad, considera que en su momento la obra pudo ser criticada y censurada debido a la calma insolente de la modelo recreada, que saca al espectador de su zona de confort y empieza a retarlo. En esa época, comenta, la gente no estaba tan acostumbrada a crear una reflexión desde las obras artísticas.

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Julio Ruelas, La domadora. Foto: Colección Andrés Blaisten

CUERPO Y EROTISMO

Con los desnudos de Manet en mente, el intelectual y escritor George Bataille propuso tres tipos de erotismo: el primero es el del cuerpo, donde existe pasión; el segundo corresponde al corazón, donde hay amor y se origina la búsqueda de una pareja; la última clase remite a un erotismo del espíritu, donde converge con el misticismo (que no debe de confundirse con la religión).

A partir de las ideas de Bataille, la periodista e investigadora guatemalteca Ingrid Suckaer investigó los casos de 50 artistas mexicanos que abordaron el tema de lo erótico y las viscisitudes a las que se enfrentaron. Así surgió su libro Erotismo de primera mano (2011).

En entrevista para este medio, la también crítica de arte compartió que, originalmente, el erotismo nació como una expresión humana de “plantear un encuentro físico”. Esta concepción erótica data de aproximadamente cinco mil años antes de Cristo y, con el paso del tiempo, el ser humano la ha trabajado en diferentes dimensiones, una de ellas es el terreno artístico.

Los aspectos religiosos se encuentran, según Suckaer, entre las principales causas de censura en el arte erótico: “Gente que ha sido formada bajo ciertos cánones religiosos ve mal el gozo del cuerpo. Pero también hay un tremendo desconocimiento del erotismo del corazón y no digamos del erotismo espiritual. Son tópicos sumamente profundos que requieren de una investigación y una difusión muy importante, de tal manera que la gente pudiera tener otros conceptos sobre lo que es el erotismo”.

La investigación de Suckaer abordó el trabajo de figuras como Francisco Romano Guillemín, Ángel Zárraga, Saturnino Herrán, José Clemente Orozco, Gonzalo Carrasco, Nahui Olin, Rufino Tamayo, Mathias Goeritz, Magali Lara, Mariel Portela, Enrique Ježik y Carla Rippey.

Uno de los casos más destacados, tanto que con él inicia el discurso de Suckaer, es el del zacatecano Julio Ruelas: “A partir del siglo XIX en México podemos encontrar obras más eróticas, en el sentido que lo conocemos actualmente. Parto de Ruelas porque tuvo obras que realizó en París y cuando estuvo en México ostentó una presencia muy importante, porque era un artista muy transgresor para el momento que se vivía”.

El trabajo de Ruelas, explica la curadora, es sumamente erótico debido a que el artista atendió a diferentes fuentes y símbolos para plantear su propuesta. Suckaer cita el cuadro de La domadora (1897), donde el pintor retrata a una cortesana adentrada en un juego erótico con un cerdo y un mono, animales con amplio bagaje como símbolos de un erotismo muy transgresor. El cerdo es asociado con la lujuria, mientras el mono es identificado con el vicio.

Para la investigadora la obra está llena de una semántica muy interesante. Refiere que causó demasiada conmoción en su momento: “No se tenía la costumbre de que los artistas se manifestaran de esa manera. Pero yo creo que siembre ha habido censura. La sigue habiendo. Siempre va a haber sectores de la sociedad que estén en contra de que artistas se manifiesten de manera pública sobre el erotismo”.

Otro testimonio es el de la fotógrafa costarricense Adela Marín, quien radica hoy día en Ciudad de México. Ella emplea al cuerpo humano como materia prima de sus obras. En sus fotografías el desnudo florece. Y como toda artista que se ha arriesgado a navegar por aguas sin vestiduras, ha tenido que soportar la mala interpretación de su discurso.

Marín comparte que, en los años noventa, se acercó a la corporeidad humana como una manera de entenderse a sí misma dentro de un contexto social. Recuerda que, en aquella época, los fotógrafos en su país realizaban una obra bastante “costumbrista”, ligada a temas rurales y citadinos. Muy pocos abordaban tópicos relacionados con el erotismo o la sexualidad.

“El cuerpo siempre tiene una categoría social, está situado en un rol y es asociado con el asunto del tabú. El interesarme en él fue un medio de transgredir lo aprendido en una sociedad y en una familia costarricense con ciertos valores. Creo que la manera en que se regula el cuerpo es un mecanismo de control y de dominio”, expone.

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Campaña contra la discriminación. Foto: Ariela Muñoz

Ella misma experimentó la hostilidad de la censura a su obra en Costa Rica. Cautiverio, su primera exposición en 1996, no fue censurada por la galería, sin embargo, la artista de la lente sí sintió el rechazo del público. La mayoría de quienes acudieron entraba al salón, observaba la obra apenas unos momentos y con disgusto se retiraba del lugar. En una entrevista radiofónica con motivo de dicha exposición, la periodista al frente del programa le espetó que su trabajo era pornográfico.

En 2011 participó en un salón anual de fotografía. Su trabajo sobre el deseo estaba representado con el retrato de penes erectos. Los demás artistas, recuerda, no se sentían cómodos con la idea de que su obra se expusieran junto a esos falos: “Para el curador fue difícil montarlo porque habían prejuicios, aún en la comunidad artística”.

Hace memoria y logra dar con algunos casos de actividad censora en Costa Rica que tuvieron por presas piezas sobre sexualidad y erotismo.

En los noventa, el fotógrafo Jaime-David Tischler realizó una exposición y presentó un retrato suyo junto a su pareja en una situación con connotación sexual. A causa de ello sus obras fueron maltratadas físicamente.

Apenas en octubre de 2017, un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional de Costa Rica denunció la destrucción de la exposición fotográfica sobre personas transexuales de Ariela Muñoz. De 10 imágenes, dejaron cuatro en el suelo, dos se hallaron tiradas alrededor del campus y una desapareció. A los universitarios les pareció, más que un acto violento, una ofensa transfóbica.

Adela Marín advierte, como Suckaer, que mucha de esta censura proviene de la percepción religiosa del cuerpo como algo malo y pecaminoso, “una herencia atribuible a la Edad Media”. En Costa Rica, refiere, permea en la sociedad el impulso conservador lanzado por grupos religiosos, con influencia en varios partidos políticos, que no ven con buenos ojos el matrimonio gay, la inseminación artificial o el aborto.

Marín recalca que no sólo las instituciones o la Iglesia provocan restricciones en el discurso artístico. En ocasiones, comenta, es el propio artista quien cede a una presión y se autocensura.

INTOLERANCIA POLÍTICA

Otro actor que interviene como censor, incluso con facultades para ocultar o suprimir, es el Estado. No hablamos sólo de sus instancias culturales, sino toda su estructura. En la hostilidad de este aparato no participan únicamente los prejuicios provenientes de las creencias religiosas, también es motivo de reacción el entrar en conflicto con una determinada ideología o con la forma de hacer política.

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Izquierda, poeta Ósip Mandelshtam. Derecha, compositor Dmitri Shostakóv ich.Foto: Archivo Siglo Nuevo / Lev Ivanov/RIA Novosti

En la época moderna, abundan los casos en que élites del poder público, en especial las de regímenes totalitarios, han soltado el látigo de la restricción sobre la espalda de los creadores.

Cuando la Unión Soviética era ese bloque potente que dominada buena parte de Europa del Este, uno de los artistas que hicieron frente a las comunistas tácticas de represión fue el poeta polaco Ósip Mandelshtam. Su prosa, que desafiaba a la maquinaria de Josef Stalin, le valió ser enviado al gulag donde recibió torturas físicas y psicológicas hasta su muerte en 1938.

El de Stalin fue uno de los primeros gobiernos en querer legitimar su versión de la historia por medio del discurso artístico. Por este motivo, en 1932 se creó la Unión de Compositores Soviéticos. Esa organización se encargaba de 'evaluar' el trabajo de los creadores musicales, es decir, revisaba que se correspondiera con los intereses políticos vigentes.

En esos días, en la escena sonora destacaba el nombre de Dmitri Shostakovich. El oriundo de San Petersburgo alcanzó un gran éxito con su ópera Lady Macbeth (1936). Sin embargo, su tema principal, que versa sobre la muerte justificada de un tirano, no gustó a Stalin. La obra fue acribillada en el Pravda, periódico oficial del régimen estalinista, quedó prohibida en tierra soviética y así se mantuvo durante 27 años.

En la Alemania nazi, Hitler no dudó en atacar al modernismo. Su odio hacia esa corriente es asociado con su resentimiento hacia el pensamiento vienés. Cuando era joven su solicitud de ingreso fue rechazada por la escuela de Bellas Artes de la capital austriaca.

A semejanza de los soviéticos, los nazis utilizaron el arte, limitaron sus opciones discursivas e insertaron en él la propaganda política del partido. Por temor a ser castigados, artistas alemanes adaptaron sus obras a los ideales del régimen (colocaban una esvástica en sus óleos o bien les ponían títulos con referencias de la ideología nacionalsocialista). También se autocensuraban para poder mantenerse vigentes.

En 1937, Hitler promovió la organización en Munich de una muestra a la que llamó Exhibición de Arte Degenerado. Su objetivo era ridiculizar y menospreciar obras modernistas, especialmente las elaboradas por judíos. Algunos cuadros se colocaron torcidos y en los muros se escribieron grafitis con insultos a las pinturas y a sus creadores. Varias de las piezas fueron incineradas, otras se vendieron en el extranjero para obtener divisas. Entre los nombres denigrados estaban Paul Klee, Max Beckmann, Otto Dix, Ernst Ludwig Kirchner o Max Ernst.

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David Cerný, Tiburón. Foto: Budapest 197

En América Latina, los golpes militares en Argentina entre 1966 y 1983 dieron aliento a los censores. Los creadores, al verse limitados por el Estado, crearon espacios para exponer sus trabajos fuera del ojo de las instituciones culturales.

Uno de estos sitios fue la sala del Taller Nuestro Teatro (TNT), un recinto para la expresión de artistas mendocinos como Beatriz Santaella, Carlos Alonso o Raúl Capitani. La sala funcionó hasta 1974, ese año fue blanco de un atentado por parte del Comando Anticomunista de Mendoza (CAM), una bomba redujo el edificio a escombros.

En la dictadura de 1976-1983, el gobierno censuró canciones de músicos locales como Luis Alberto Spinetta, Charly García y Horacio Guarany. Con el mismo rasero fueron medidas obras de artistas y grupos internacionales como Rod Stewart, Pink Floyd, The Doors o Creedence Clearwater Revival. Se prohibió la inclusión en la programación tanto de la televisión como de la radio nacional de “cantables no aptas para ser difundidas”.

No todas las composiciones merecían estar ahí. Sucedía que los censores de gobierno a veces traducían mal las canciones extranjeras, cambiaba su significado y se volvían material tóxico. En el caso de las canciones de casa, se concluía que el discurso de los cantantes no concordaba con el de la ideología en el poder.

Este caso es similar a lo que se vivió en México en la década de los sesenta. A mediados de esa década, un concierto de The Beatles fue cancelado porque se consideraba al grupo inglés un “mal ejemplo para la juventud”; el cuarteto de Liverpool, se dijo, abogaba por la rebeldía y el desorden social.

Los gobiernos democráticos tienen algo que decir en materia de censura. Un ejemplo situado a escasos años de distancia es Tiburón (2005), de David Černý. El escultor checo concibió a un Sadam Husein casi desnudo, maniatado y con la soga al cuello, dentro de un tanque lleno de formol. Su presentación fue prohibida, por presiones políticas, en exposiciones realizadas en Bélgica y Polonia.

En México, en 2005, el Museo de Arte Contemporáneo de Tamaulipas redujo de 40 a 18 los lienzos que podía permitirle exponer a Ricardo Delgado Herbert. Quedaron fuera imágenes de gatilleros y, en resumen, las protestas visuales contra la violencia en el país. La justificación del director del espacio, Emiliano de Pau García, fue que el en ese entonces gobernador de la entidad, Eugenio Hernández, quería erradicar la violencia totalmente impulsando el turismo y la obra de Herbert no contribuía a ese objetivo.

Años más tarde, Herbert declaró en una entrevista para el sitio 20 Minutos que “el mayor peligro para el arte en México es la censura de las instituciones contra los artistas (…) Piensan que fomentamos la violencia, cuando lo correcto es que el artista expresa las crisis y las decadencias humanas que rebasan la realidad”.

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Foto: Anastasia Chernyavsky

FACEBOOK

Internet revolucionó la forma de expresarse, propició el nacimiento y la explosión del llamado arte digital y significó la proliferación de escaparates para dar a conocer la obra de artistas emergentes o bien exponer formas de pensamiento con amplia libertad.

Sin embargo, en los últimos años, la red de redes se ha ubicado en la primera fila de los afanes reguladores de los gobiernos nacionales. Por un lado, se puede afirmar que las restricciones buscan mermar prácticas como la pornografía de menores, la propagación de la violencia, la trata de personas, etcétera; por el otro, hay evidencia de que se han utilizado como herramientas para limitar la exposición de obras artísticas en el ciberespacio.

El muestrario es abundante, pero, por el volumen de los intercambios que permiten, es significativo el caso de las redes sociales. En ese terreno, Facebook es la plataforma con más quejas.

En 2011, la cuenta de un profesor francés fue desactivada porque compartió una reproducción de El origen del mundo (1866) de Gustave Coubert. El cuadro muestra el sexo velludo de una mujer , la interpretación que hicieron en Facebook se fue por el lado de la pornografía. El usuario demandó a Mark Zuckerberg ante la justicia de Francia por violaciones a la libertad de expresión. Se espera que a mediados de marzo se haga público el veredicto.

En 2013, Facebook borró de sus dominios un polémico retrato de Anastasia Chernyavsky en el que aparece desnuda y con sus hijas. La fotógrafa rusa declaró al portal chileno The Clinic que ya se acostumbró a que las personas juzguen sus obras de modo superficial.

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Mural en Nuevo León por el artista Dr. Lakra. Foto: NF Graphics!

En 2017, la obra Sin Nombre del acapulqueño Luis Vargas Santacruz, en la que se aborda el tema de la pederastia, también fue víctima de los censores de la plataforma. No hizo diferencia que haya sido galardonada con mención honorífica en la Bienal del Pacífico. Luego de la censura, Vargas publicó en la misma red social: “Agradezco los comentarios y las más de 28 mil visitas (que recibió la imagen); Facebook en contra del arte, de la libertad de expresión y a favor del abuso sexual infantil”.

En febrero de 2018, la red de Zuckerberg eliminó de la fanpage del Museo de Arte de Filadelfia una reproducción digital de la pintura Ice Cream, realizada por la pintora belga Evelyn Axell en 1964. Los revisores la consideraron “demasiado sugerente”.

Un caso peculiar, no sucumbió a la censura pero se usó el Internet con el objetivo expreso de que desapareciera, es el mural del artista Jerónimo López Ramírez, alías Dr. Lakra, inaugurado en septiembre de 2017 en San Pedro Garza García, Nuevo León.

Situada sobre los mil 500 metros cuadrados de la pared de entrada al túnel vehicular de Loma Larga, la obra denota la clásica concepción del muralista oaxaqueño, hijo de Francisco Toledo, misma que suele orquestar elementos oníricos, humorísticos y paleontológicos, con referencias regionales y nacionales.

El mural ocasionó una polémica exacerbada por asociaciones conservadoras del municipio, en particular la representación del Frente Nacional por la Familia (FNF). La pintura fue calificada como “inmoral” e “impropia”.

Todo comenzó cuando la página de Facebook denominada Dilo Bien Monterrey subió una imagen del mural a la red incluyendo en la descripción opiniones contra la obra. El FNF compartió la publicación y sus portavoces aprovecharon para denunciar que el mural “provocaba horror en niñas y niños”.

Sin embargo, las quejas de estos grupos resultaron contraproducentes, un número considerablemente mayor de usuarios de la red social que comentaron las publicaciones se pronunciaron a favor del trabajo de Jerónimo López.

Malcom Vargas, integrante del equipo de producción de la obra, declaró que “A ellos (DBM y FNF) les salió el tiro por la culata, porque cuando declaran que el mural va a ser traumático para los niños no le caen en gracia al público. Piensan que es una broma, pues. Y para nosotros fue una publicidad positiva, porque todos los memes que se volvieron virales fueron en contra de la opinión de este grupo”.

Esos mismos grupos, recordó Vargas, se molestaron cuando la administración municipal encargó el mural. Durante el proceso, comentó, protestaron con pancartas e incluso amenazaron con boicotear la obra utilizando a grafiteros de la zona metropolitana de Monterrey: “A nosotros nos cayó en chiste, porque todos los que estábamos pintando el mural eramos artistas urbanos. Entonces, ¿a quién iban a llamar? Nos iban a llamar a nosotros”.

CONCLUSIÓN

En este trabajo se han revisado tres manifestaciones de la censura en el arte que van desde la aplicada por creencias religiosas sobre el cuerpo y el erotismo, la ejecutada desde el promontorio del poder estatal y, finalmente, lo que ocurre a consecuencia de criterios para regular contenidos en el ciberespacio.

El debate sobre la censura en el arte lleva siglos de vigencia y la última batalla entre el censor y el artista es la que se libra en digitales campos de batalla.

Twitter: @BeatsoulRdz

Arte y censura, silenciar al espíritu

Foto: Anna Halldin Maule


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