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Siglo Nuevo

Mi sueño de Navidad

Nuestro mundo

MARCELA PÁMANES
jueves 11 de enero 2018, actualizada 6:46 pm

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Ser realistas, reconocer que hubo de todo, aligerará la carga de las emociones y nos permitirá disfrutar más la época.

Le pregunté a más de 50 personas cuál era la primera palabra relacionada con Navidad que surgía en sus mentes. Las respuestas ofrecen tanto un contraste significativo como una aproximación a la realidad: fe, familia, luces, esferas, arboles, prisas, comida, cena, borrachos, borrachas, estrenar ropa, arreglarse, cocinar, galletas, pavo, tamales, piñatas, posadas, intentos de posadas, comelitones, competencia, ilusiones, frustraciones, recuerdos, fastidio, alegría, tristeza, compras, deudas, gustos, caprichos, dulces, chocolates, desveladas, estrés, brindis, críticas, reconciliaciones, kilos, tráfico, accidentes.

Sea como sea, y aunque ofrezcas resistencia, hay algo que termina por envolverte, ¿será el espíritu navideño?, ¿será el contagio de una sociedad enferma de consumo?, ¿será la necesidad imperiosa de querer pertenecer?

Sueño una Navidad de paz, eso quiere decir que no haya perturbaciones ni en el corazón ni en la cabeza aun cuando pueda haber un montón de situaciones no resueltas en la vida. Una Navidad de mesura en todos los sentidos, las emociones desbordadas nos llevan a cometer errores y las consecuencias no tardan en aparecer; comer poco, reír lo suficiente, beber el vino por el vino; no intervenir en la vida de los demás a menos que nos pidan una opinión; no cansarnos demasiado ni en la cocina, ni en la compra, ni en las reuniones. El cansancio es tramposo, nos confunde, pensamos que estamos enojados y actuamos a partir de esa emoción cuando realmente lo que tenemos es un agotamiento mental y físico.

No esperar nada de nadie podría ser una excelente llave a la tranquilidad, esto incluye a la pareja, los hijos, los padres, los hermanos, los amigos, los jefes, porque da libertad, nos lleva a un estado de bienestar en el cual no hay cabida para la decepción. Me dirás, querido lector y con justa razón, “una cosa es lo que dice la cabeza y otra lo que pide el corazón” y no te falta razón. Eso puede llevarnos a reconocer el trabajo que tenemos por delante: conectar, sincronizar la cabeza con las emociones. No significa que nos volvamos fríos o indiferentes sino estar listos a recibir con los brazos abiertos y gratitud lo que llegue y de quien llegue.

Entiendo que la melancolía gana terreno en la medida que cobramos años, la memoria de largo plazo nos trae con precisión la voz, los olores, los rostros, a nosotros mismos y eso nos conduce a empeñarnos en entronizar pasados, editamos de la película los momentos de inquietud, ansiedad o los que nos provocaron llanto. Recordar sólo lo bueno es un espejismo de la idealización que hacemos ante la pérdida de nuestros seres queridos. Ser realistas, reconocer que hubo de todo, aligerará la carga de las emociones y nos permitirá disfrutar más la época.

Estar en silencio también da paz. He observado con especial atención a quienes quieren llevar la voz cantante en una reunión, me sorprende su capacidad de hablar, sobre todo opinan, de todo saben, se ríen, cuentan anécdotas propias y ajenas, juran decir por primera vez algo que un inocente les confió, son expertos en cocina, tru tru, desarrollo humano, tecnología, en ser madres o padres, también tienen los hijos perfectos, les ha pasado todo lo bueno o han sorteado como maestros las malas experiencias. ¡Sus vidas son increíbles! Callar y observar, silenciar la boca y el juicio y aceptar, ceder el protagonismo en aras de sentirnos bien, no caer en la tentación de ser el primero en hablar y el último en callar.

Dejemos las lecciones de vida para otro momento, no queramos adoctrinar, aconsejar, o contar nuestras historias de éxito, solo hagámonos presentes, pactemos con los que amamos hacernos sentir bien los unos a los otros. Pon música suave, una cena ligera, tu mejor sonrisa y el corazón abierto, creo que a todo eso se parece la paz. ¡Felices fiestas!

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