EDITORIAL
CARLOS CASTAÑÓN CUADROS Miércoles 13 de sep 2017, 8:42am ... Anterior 8 de 9 Siguiente ...

Estampas de una ciudad centenaria


Civitas

Legamos al aniversario 110 de la ciudad de Torreón, y sin duda, es motivo de orgullo. Para el caso, recordamos con gusto algunas estampas de la historia, ya que con frecuencia escucho ligeros comentarios afirmando que "aquí no hay historia". Es cierto, aquí no pesa la historia de siglos y hasta milenios como en otras latitudes, pero en su terreno, nuestra historia es relevante porque aquí vivimos, pero sobre todo, porque nos explica. La historia nos ayuda a comprendernos mejor. Bajo esa luz, van estas pequeñas estampas.

La madre de Torreón. ¡Sí, Torreón tiene madre! Más allá del relato oficial y machista que se suele contar sobre la fundación del "rancho del Torreón", hay una historia relegada. Como si fuera obra casi exclusiva de Leonardo Zuloaga en 1850, tras el rancho del Torreón, está la decisiva presencia de una mujer: Luisa Ybarra Goríbar. Originaria de Saltillo, su padre, Manuel Ybarra, poseía la productiva y famosa hacienda de San Lorenzo, que después vendieron a Evaristo Madero, y hoy conocemos como Casa Madero. De esa manera, Luisa Ibarra no sólo tenía abolengo, sino la herencia, y por lo tanto, el capital proveniente de la viticultura. Cuando se casó con Zuloaga, el matrimonio extendió sus tierras a La Laguna. Tras un conflicto agrario que dejó asaltos, balaceras y muertos, Zuloaga murió en 1865, pero su esposa se quedó al frente de las haciendas por dos décadas. Hacia 1883 la empresa del ferrocarril solicitó a Luisa Ybarra la donación de terrenos para el paso de las vías. Con generosidad, y acaso, una actitud visionaria, Luisa cedió los terrenos de su propiedad al ferrocarril. El "pequeño detalle" cambió para siempre la historia del modesto rancho, que a los pocos años, 1907, se le reconoció a Torreón como ciudad. A Luisa le debemos ese primer impulso que detonó la urbanización, y, sin embargo, ni una calle recuerda su nombre, como si es el caso de su marido en la colonia Los Ángeles. Ya es tiempo que dignifiquemos su nombre y reconozcamos como se debe, a la madre de Torreón. ¿Se apuntan para el monumento?

Al igual que una ciudad del viejo oeste norteamericano, durante varias décadas, Torreón tenía más cantinas que escuelas. Tanto así, que había fiesta todos los días. Con los años, la novísima ciudad se hizo de fama festiva y algo más. José Vasconcelos se alarmaba con las bacanales laguneras. En lo que ahora conocemos como centro histórico, más de cien establecimientos hacían correr a raudales agua de cebada, mezcales y finos licores importados. Como en gustos se rompen géneros, había cantinas de todos calibres. Para buenas referencias los hoteles Salvador y Francia, o el Sternau ofrecían buenos tragos, y lo mismo se hablaba español, inglés y francés. Más popular, la raza se refugiaba en La Playas en contra esquina del Mercado Juárez, por la Hidalgo y calle Blanco. Si las ganas eran nacionalistas, se podía ir al Chapultepec y todavía, por fortuna, podemos ir al Reforma. En el lado opuesto, una cantina negaba los afanes nacionales: El Guerrillero. ¿Quiénes irían allí? No lo sé, pero trato de imaginar la conversación entre dos amigos revolucionarios: "Camarada, nos vemos en El Guerrillero". Mejor dejar las cosas al azar, para ir a La Feria. O si de dimensiones se trata, la Atlántida ofrecía numerosas entradas por la avenida Juárez y también por la calle Falcón. No se amontonen, que para todo hay. Dado que una cosa lleva a la otra, esa cantina derivó en una iglesia con aires neogóticos. Todo sea por los parroquianos. En tono bíblico, se podía ir al Sansón y Dalila, o más formal, había quien arreglaba los problemas del país en El Congreso. A fin de continuar la variedad al salir del trabajo, estaba La Esperanza, La Constancia, y también La Metalúrgica. Para que no ir más lejos, La Oficina es infaltable. Como verán, hay mucha tela que cortar. Y para repasar la celebración del espíritu báquico, nos quedamos con un himno ya olvidado: "La Laguna tiene dinero, La Laguna tiene algodón y por eso los laguneros siempre vivimos en gran vacilón".

El primer cabildo de Torreón fue nombrado por decreto en 1893. Más que modesto, era un gobierno pobre y con escasos recursos, por no decir, nada. Dicho en otras palabras, honestidad obligada. Tanto así, que los primeros puestos eran honorarios. Más delante vino el crecimiento de la ciudad, y con ello, el dinero. Las alcaldías duraban un año, con opción a reelegirse varias veces. Fue hasta 1919 cuando los períodos de gobierno pasaron a dos años. No obstante, los gobiernos era pequeños y con pocos recursos, a tal punto, que muchas veces eran las empresas y los ciudadanos, quienes aportaban para hacer las pocas obras públicas. El pavimento por cooperación. La plaza de armas, la Morelos y la Alameda por las mismas. En 1943 Rafael Duarte estrenó la alcaldía de tres años, pero ya sin reelección. Como verán, en esto de la historia vamos y venimos, porque ahora nuevamente se abre la reelección.

La palabra torreón tiene un origen militar. Una atalaya, una torre de defensa. El primer torreón de abobe, sirvió para protección contra los ataques de los indios, que todavía, muy entrado el siglo XIX, causaban temor. La historia da vueltas, se repite y hasta nos juega crueles bromas. En pleno siglo XXI, y tras los constantes ataques criminales, la corporación policiaca de Torreón, tuvo que mandar construir una gruesa barda y varios torreones.

POSDATA

Ni la burla perdonan. Las doctas autoridades que ahora promueven los festejos de la ciudad, son las mismas que se encargaron de cercenar el monumento del Torreón. Ahora promueven otros torreones. ¡Vaya manera de festejar la historia! Destruyendo, echando abajo el patrimonio de la ciudad.

Nos vemos en Twitter, @uncuadros


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