Siglo Nuevo
IVÁN HERNÁNDEZ Miércoles 20 de sep 2017, 4:30pm ... Anterior 2 de 2 Siguiente ...

La juventud como carne de cañón

Foto: Toei company

Una lección oriental que se retomó en Occidente

Es destacado que a 17 años de su estreno todavía haya gente interesada en buscar y ver Batoru Rowaiaru, más si se considera que entre quienes la conocen hay consenso a propósito de cuestiones como la poca calidad de sus interpretaciones o los sinsentidos de la trama.

Un libro, suele decirse, te lleva a otro y de ésta nueva experiencia das el brinco a la siguiente de manera que de Saint-Exupéry pasas a Dahl y luego a Ende; Borges te conduce a Cortázar y Cortázar a Bioy. Con las películas ocurre algo similar. Ves de niño el Cronos de Guillermo Del Toro y ya en la edad adulta acabas atrapado en alguna pesadilla de David Lynch. Encuentras a Tim Burton y más tarde o más temprano visitas el joyero de Hitchcock. Esto aplica sin distinción de punto cardinal. Una cinta de Kurosawa bien puede conducirte al mundo de los yakuzas de Kitano y una vez alcanzada esa referencia ya es cuestión de minutos para arribar a un filme de Kinji Fukazaku.

Tener como referente a Fukazaku permite, cuando llega a la cartelera una superproducción cuyo argumento se centra en la batalla de un grupo de jóvenes que luchan entre sí por sobrevivir, reparar en que ya has estado ahí, en ese lugar donde la única lección disponible para la juventud del mundo es “matarse los unos a los otros”.

Un leve vistazo al inmenso buzón de Internet, donde casi nunca falta ese mensaje de quien comparte la misma conclusión o el mismo desacuerdo, aporta más luz al asunto de variadas maneras, una de las más acabadas, por su precisión descarnada, es la vía del meme.

Así, vemos a dos íconos del cine, Vincent Vega y Jules Winfielfd, en la recreación de uno de los diálogos más conocidos de Pulp fiction. El personaje interpretado por John Travolta pregunta al de Samuel L. Jackson si acaso sabe cómo se le llama a The hunger games en París. La respuesta es Battle Royale con queso.

EDAD

Uno pensaría que en su séptima década de vida y a cerca de dos años y medio de fallecer, Fukasaku podría relajarse y retomar las películas sobre mafiosos que le dieron celebridad o el enésimo homenaje a las cintas de samuráis o bien algún ensayo de última hora en el terreno de la ciencia ficción.

El director nipón, sin embargo, se decidió por la adaptación de la novela escrita por Koushun Takami y publicada en 1999.

La historia narra la suerte y necesario fin de estudiantes de una escuela secundaria que son secuestrados por el gobierno de su país. Despiertan en un aula y allí el profesor Kitano les informa que son la afortunada clase escogida para participar de la batalla real, un ejercicio del gobierno dirigido a darle su lección a una juventud descarriada en tiempos de crisis económica y falta de oportunidades. El escepticismo de los alumnos se evapora gracias a ejemplos contundentes: el cuerpo sin vida del maestro que se oponía a que su grupo fuera utilizado para enviar un mensaje a la nación y los asesinatos de Fujiyoshi y Kunninobu (previos al inicio del juego) a manos de Kitano. La primera muere por hablar 'durante la clase'; con el segundo, el profesor prueba hace una demostración del collar explosivo diseñado a manera de incentivo para que todos participen del juego y cumplan las reglas. Cada estudiante sale a combatir con un arma elegida al azar y un kit de supervivencia.

Los jóvenes son una muestra representativa de lo que suele ser una pequeña comunidad escolar. Los hay amables, ruidosos, burlones, gordos, flacos, altos, bajos, mezquinos, inteligentes, torpes, suicidas, psicópatas y demás.

Los estímulos recibidos cumplen con su función de instalar un ánimo competitivo en buena parte de la clase. Nada más salir, el protagonista , Shuya Nanahara, se topa con los últimos instantes de vida de Mayumi, quien ha sido víctima de una flecha de Akamatsu, el primer chico en salir a jugar.

/media/top5/SNcineBroyale.jpg Foto: Toei company

CRÍTICA

El argumento daba, de sobra, para ejercitar la crítica social en formato audiovisual. Sin embargo, Fukasaku se decantó por el espectáculo. A ratos es obligado ver Battle Royale como una cuenta regresiva con botellas que se van rompiendo una a una o de grupo en grupo. Hay espectadores que incluso sacan libreta y lápiz para llevar la estadística.

Hay desde luego, intentos por contar una o dos historias de amor, una de rebeldía, otra sobre la juventud y las ocasiones que definen el rumbo de la vida desde temprana edad. Esas tentativas, sin embargo, no funcionan ni como contexto. Todo queda rebasado por esa vorágine en la que se convierte el filme gracias a las traiciones de una, la ineptitud de otro, y así.

Las menciones honoríficas se las llevan un estudiante de intercambio (ganador de una versión anterior de la peculiar batalla) que pone el ejemplo de cómo asesinar a los oponentes y sembrar el miedo en quienes todavía siguen con vida y una chica que, dada la situación, no duda en utilizar todos los recursos a su alcance (la guadaña, la pistola, el nulo recato) para ir allanando el camino hacia el éxito.

Los efectos especiales son escasos (detonaciones varias, un par de explosiones) y las actuaciones no son, ni se acercan, al mínimo aceptable (no hay ni el tiempo ni el contexto para que alguno de los personajes se luzca y cuando existe la oportunidad, los diálogos se encargan de arruinarlo), pero el vértigo y el examen extremo al que son sometidos los muchachos bastan para fijar la atención y divertir.

CULTO

En algunos círculos, Batoru Rowaiaru goza de la etiqueta de 'cinta de culto'. Es destacado que a 17 años de su estreno todavía haya gente interesada en buscarla y verla, más si se considera que entre quienes la conocen hay consenso a propósito de cuestiones como la poca calidad de sus interpretaciones o los sinsentidos de la trama.

Sin embargo, se reconoce que éste largometraje, si bien no hace justicia a la novela en que se inspira ni al manga del mismo título, es digno de verse. Los adjetivos van desde 'entretenido' hasta 'perturbador'. Como siempre la turbación está en el ojo del que mira.

Fukasaku cumple con su misión de proporcionar al espectador los elementos con los que puede hacer una lectura al gusto. Hay quien se queda con el discurso violento, hay quien busca las inconsistencias, no son menos quienes consideran que cumple con creces la tarea de propagar un crudo mensaje (crítica social) ni quienes explican que simplemente pasaron un rato entretenido.

Puede que no sea una 'pequeña joya' dentro del prestigioso catálogo del séptimo arte. Empero, es cierto que para un público amante de las premisas simples y llenas de humanos que interaccionan entre ellos a punta de navaja o de pistola sin otro fin que el de prevalecer, se trata de una gema. A Battle Royale no es posible ubicarla en esos casilleros simplistas aunque necesarios que se llenan con las malas películas que son simplemente malas o con los filmes buenos que son eso, productos logrados y dignos de recordarse. La obra de Fukasaku se ubica en un nivel donde uno reconoce que sí, el director se equivocó en tal cosa, a ese actor le quedo grande ese minipapel, ese diálogo estaría mejor en el bote de la basura. Juicios por el estilo, todos ellos acertados, no pesan más que la dinámica de chicos aislados y alistados por la fuerza en una empresa a la que ya se enfrentan todos los días en sus escuelas, en la calle, en cualesquier espacio en el que caen ya sea por propia voluntad o por esa otra forma de voluntad que es el azar: sobrevivir.

Porque en tiempos tan competidos basta con ser mejor para condenar a alguien a la pena de morir en vida, para que su nombre sea borrado de la lista de los mejores prospectos, para que sea excluido del reducido grupo que recibe las oportunidades y la certificación de calidad. Ser mejor es arruinar la vida de otro, hacer inútil todo su esfuerzo, todo su empeño, todo su trabajo, y como meterle balas en la cabeza, de insatisfacción, de frustración, o en el corazón, de inutilidad, de desazón. Poco se toma en cuenta que eso de 'ser mejor' es, cuando mucho, un sólo aspecto de una realidad mucho más amplia. Por ejemplo, ser el mejor estudiante no significa que uno será el mejor empleado o que uno tendrá la mejor vida y ¿de qué le sirve a un joven tener el mejor aspecto si la época que le tocó premia el mejor disfraz? También cuentan el conocimiento, el azar, la providencia, el conecte, la maña, la fuerza, el talento... factores que no hacen sino preguntarse ¿qué es lo que se premia en estos días?

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