Siglo Nuevo
CAIUS APICIUS Martes 19 de sep 2017, 4:16pm ... Anterior 2 de 2 Siguiente ...

Blanquillo de ataques

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Un comestible democrático y su paradoja

Muchos de ustedes habrán sufrido en sus carnes la obsesión del mundo moderno por el colesterol; un tema de conversación recurrente distingue entre el colesterol 'bueno' y el 'malo'. Así se llega a la tribuna donde nutricionistas y clase médica decretan severas medidas a propósito de la presencia de algunos alimentos en la dieta.

Dejando de lado que cada día se va sabiendo más sobre la sustancia cerosa de dudosa reputación y se empiezan a poner las cosas en su sitio, quiero llamar la atención sobre lo que yo llamo la paradoja del huevo.

Como ustedes saben, el gallináceo producto concentró un montón de ataques por arte de quienes cultivaron el terror a la obstrucción de las arterias. Había que reducir su ingesta: cuatro piezas a la semana, como máximo. La gente, en general, se atenía a esas recomendaciones.

Pero ahora viene la paradoja: en la Edad Media, la medicina que estaba a la cabeza de todas era la árabe y los textos árabes eran los más apreciados, hoy son los anglosajones los que se ubican a la vanguardia en este terreno, y el resto del planeta, con las dignísimas excepciones que haya, se rigen por las normas dictadas en inglés.

¿Cuatro huevos a la semana? Pues bueno, cuatro huevos a la semana. ¡Pero es que me lo dice alguien que come huevos todos los días en el desayuno! Claro ejemplo del clásico "haz lo que yo te diga, pero no lo que yo hago", en tiempos atribuida al clero, hoy perfectamente aplicable a la clase médica.

Estos señores se meten todas las mañanas sus eggs with bacon, o sus scrambled eggs, y tienen la desfachatez de decirme a mí, que adoro los huevos fritos y la tortilla de patatas, que limite mi ingesta.

En fin. Ellos desayunan huevos revueltos, esa masa amarilla que se puede ver en la zona de platos calientes de los bufés de desayuno hotelero, masa a la que yo siempre he guardado un respeto que me impide ponerla en mi plato. Unos nuevos blanquillos dispuestos con revuelo son deliciosos, pero no es el caso.

Antes, la gente fina incluía en la primera comida del día al ovalado alimento pasado por agua, esta preparación requiere técnica tanto para dejarlo en su punto como para degustarlo adecuadamente. La verdad es que estos huevos ganan muchísimo con una cucharadita de caviar. Había cantidad de trucos para medir el tiempo exacto, todos ellos aplicables en países católicos: que si el tiempo en que se recita un credo, que si no sé cuántos padrenuestros... Complicado.

El credo, ¿en latín o en español? Y ¿qué credo? ¿El largo o el corto? Mejor atenerse al reloj para hacerlos en su punto, donde el posesivo se puede referir tanto al de los huevos como al que usted prefiera.

Yo no desayuno blanquillos, pero las pocas veces que me han apetecido han sido escalfados. Pochés. Tienen, también, su propia técnica, que hace que no sólo estén en su punto (yema aún líquida), además quedan muy bonitos, hechos una especie de blanquísimos buñuelos con ese velo de clara que hasta da reparo romper... si no fuera porque lo bueno está dentro.

¿Fritos? Si son, efectivamente, fritos en aceite, y no hechos a la plancha con manteca de vacas, perfecto. Pero a otras horas. Desde luego, para un español unos huevos fritos con papas fritas son, con la tortilla de papas, la cumbre de la cocina de los ovalados comestibles.

No está de más mencionar que tienen menos colesterol del que nos decían. Y conste que quien esto firma no ha tenido nunca el colesterol alto en lo que va siendo ya una larga vida.

Blanquillo de ataques

Foto: Archivo Siglo Nuevo

Blanquillo de ataques

Foto: Diana lundin/Getty Images

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Foto: Diana lundin/Getty Images

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