EDITORIAL
PATRICIO DE LA FUENTE Jueves 18 de may 2017, 7:02am ... Anterior 3 de 9 Siguiente ...

Trump no es Nixon


SIN LUGAR A DUDAS...

“Sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces la mejor manera de comunicarse es callando”.

— Eduardo Galeano

Donald Trump no lleva ni seis meses en la silla y ya se cuentan por miles las voces que se pronuncian por fincarle responsabilidades políticas e iniciar un proceso de “impeachment”.

Aunque se trata de un camino largo, tortuoso y muy complicado -tendría que pasar por la Cámara de Representantes y luego ser aprobado por dos terceras partes del Senado- la sola mención de las palabras “juicio político” podrían conducir al gobierno norteamericano a una parálisis sin precedentes en la historia moderna.

Recordemos que hacia 1972, dos años antes de su renuncia cuando se comenzó a hablar de Watergate a través de las páginas del Washington Post, el gobierno de Nixon recibió un duro golpe que mermó su capacidad de maniobra hasta el grado de paralizarlo casi por completo.

Hoy, más de uno compara a Donald Trump con Richard Nixon, pero lo cierto es que Trump está muy lejos de parecérsele. Aunque destituyó al director del FBI en una aparente intentona por frenar las investigaciones de posibles vínculos con Rusia en el marco de la campaña electoral, estoy convencido que, más que por malicia o por cálculo político, Trump actuó con enorme torpeza y desconocimiento del marco legal.

Nixon fue un animal político en toda la extensión de la palabra, conocía las entrañas del sistema a la perfección y, aunque con tintes autodestructivos, poseía una inteligencia y capacidad estratégica para la diplomacia que no le pide nada a la de Winston Churchill u otros grandes del siglo pasado.

Trump no es Nixon porque Watergate, que comienza como un robo menor a las oficinas del Partido Demócrata, derivó en una operación fraudulenta de altos vuelos, orquestada por el propio Nixon y sus hombres cercanos.

Con el ánimo de ocultar lo que inicialmente había ocurrido -la simple sustracción de documentos- desde la Casa Blanca se dio luz verde para espiar enemigos, ocultar pruebas, destruir evidencia, fabricar otro tanto, obstruir investigaciones, sobornar, incriminar, perseguir y grabar. Comparándolo con la rudeza con la que Nixon hacía política, Trump no es más que un niño berrinchudo.

Trump es incapaz de implementar una operación de tal envergadura, porque sencillamente no conoce el sistema ni posee la malicia ni capacidad estratégica, y tampoco cuenta con los contactos políticos y de inteligencia como en los que en su tiempo poseyó Nixon.

A Donald Trump se le está haciendo bolas el engrudo por bocón e impulsivo, punto. Enfrascado en una confrontación permanente con su inteligencia emocional -si es que la tiene- Trump no escucha a sus asesores y actúa por mero impulso. Así de simple. Como candidato, ello puede resultar hasta gracioso; desde la Casa Blanca es mucho más serio.

Al igual que ocurrió con Ronald Reagan, la aversión de Trump a leer documentos y material de apoyo antes de las reuniones lo ha llevado a cometer toda suerte de pifias y dislates que van desde lo simple e intrascendente, hasta lo imperdonable.

A ciento veinte días de haber asumido el cargo, Trump todavía no entiende que la improvisación es un lujo que el hombre más poderoso del planeta no se puede permitir. No es que haya develado información clasificada a propósito, sencillamente es incapaz de diferenciar qué puede decir y qué no.

“El Presidente de Estados Unidos no puede simplemente hacer o decir o hablar lo que quiera, eso es totalmente irresponsable. Así que se necesita que algunas personas se sienten con el presidente antes de ir a una reunión y le digan que “esas son las líneas que no se pueden cruzar porque se refieren a la seguridad de nuestro país”, opinó Leon Panetta.

Pese a que los demócratas se han pronunciado por iniciar un juicio político en su contra, dicha opción se mira lejana más no inviable. Nixon se metió el problemas por malicioso, perverso y brillante; a Trump le ocurre por boca floja, irascible y por tener la piel excesivamente delgada.

Son dos aproximaciones muy distintas pero de continuar en la misma tónica, Donald Trump podría enfrentar una suerte parecida a la de Nixon. Si no se detiene a escuchar, en eso podría terminar esta historia que lejos de terminarse, apenas está por comenzar.

Nos leemos en Twitter y nos vemos por Persicope, sin lugar a dudas: @patoloquasto


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