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Domingo Deras Torres
dom 1 ene 2017, 10:09am 7 de 9

Dolores del Río en Nazas

Antonia López Negrete de Asúnsolo y Jesús Asúnsolo, con su hija Dolores, en una foto de estudio en Durango a principios del siglo XX.

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SIGLOS DE HISTORIA

PRIMERA PARTE

Aunque fue breve, una estancia que abarcó casi todo el año de 1923, Dolores del Río vivió en el municipio de Nazas, Durango. En esta localidad, se estableció al lado de su esposo, el acaudalado terrateniente Jaime Martínez del Río y Vinent, en la desaparecida casa grande de la Hacienda Las Cruces (hoy ejido Emilio Carranza), era una finca rural inserta entre los poblados de Paso Nacional y Pedriceña. El latifundio pertenecía a la familia de su marido. Desde los años setenta del siglo pasado, escuché muchas interesantes historias y anécdotas de personas y familiares míos - todos fallecidos -, quienes con ella convivieron en este terruño duranguense aledaño a las paisajísticas márgenes del río Nazas.

MARÍA DE LOS DOLORES ASÚNSOLO Y LÓPEZ NEGRETE

Unigénita hija de Jesús Leonardo Asúnsolo y Antonia López Negrete, Dolores nació en 1904 en una antigua finca ubicada de la calle Hidalgo en el espléndido centro histórico de Durango, a media cuadra del Templo de San Agustín.

De esa casona decimonónica, donde vivió sus primeros años, refería que tenía un amplio patio central poblado de plantas. En una de sus entrevistas, expresó: "…macetas, muchas macetas todas alrededor en barandal en mi casa de Durango. Aquí en La Escondida (su casa de Coyoacán) ¡siguen las macetas en mi vida! Asómense al jardín y las verán".

Sus antepasados, los Asúnsolo, tenían sus raíces familiares en el estado de Chihuahua. Su padre fue contador y después alto funcionario del Banco de Durango, donde en 1899 figuraba como gerente su pariente Francisco Asúnsolo, la institución bancaria funcionó en la avenida 20 de Noviembre y calle Constitución; contraesquina de la Catedral.

Detalla la historiadora duranguense María Guadalupe Rodríguez López, que en esta firma financiera aparecían entre los accionistas Carlos Bracho Zuloaga, Juan Manuel Flores, De Juambelz Hermanos, Gregorio de la Parra, Juan Lozoya, Fernando Pimentel y Fagoaga, Maximiliano Damm, Juan F. Paura, Manuel Durán, Ladislao López Negrete, Bracho Hermanos, Juan Santamarina, J. Ignacio Zubiría y Rafael Bracho.

Su más antiguo ancestro en México por vía materna fue Felipe Santiago López Negrete y Sáinz (1766-1831), un inmigrante español oriundo de Villasante de Montija, en Burgos, provincia de Castilla-León.

Demasiado joven y lleno de ilusiones, Felipe se embarcó a la Nueva España y se afincó en Durango para "hacer la América", acumuló una sustanciosa fortuna en las actividades agrícola y ganadera. Las ruinas de su hacienda Santa Lucía se localizan en el municipio de Canatlán. (Élites y Revolución en Durango. Autora: Guadalupe Villa Guerrero. Edición de Conaculta y el Instituto de Cultura de Durango. Colección Bicentenario. 2010).

Después del estallido de la Revolución Mexicana y ante el temor a represalias por pertenecer a la élite adinerada, el matrimonio Asúnsolo y López Negrete junto con su pequeña hija Dolores, decidieron abandonar Durango. Fijaron su residencia en la ciudad de México.

Relataba, la que se transfiguró en un mito del cine: "Salimos corriendo, muy de madrugada con otros señores importantes de Durango, porque al grito de '¡Ahì viene Pancho Villa!'!, todos huían. Contaban que Villa metía a la cárcel a todos aquellos que tuvieran que ver con el banco, donde trabajaba mi papá y que ¡nadie volvía a verlos! Nosotros tomamos el último tren de Durango a México".

Las vibrátiles imágenes que Dolores del Río, vio durante ese azaroso periplo ferroviario, las detalló: "Entonces vi a las soldaderas con su rebozo cruzado, a los soldados con sus sombreros de anchas alas, las cananas, los rifles, el parque, los caballos. En las estaciones me encontré en cada parada a los Emilio Fernández, a los Pedro Armendáriz de bigote y calzón de manta, con quienes más tarde habría yo de filmar María Candelaria, Flor Silvestre y tantas películas de la Revolución". (Revista Somos. Enero de 1995. Número 111. Edición especial Dolores del Río).

Jesús y Antonia con su hija Dolores, fijaron su domicilio en una casona de la calle Berlín en la Colonia Juárez, donde predominaban las residencias y los palacetes porfirianos. Recibiría su educación primaria en el Colegio Francés de San Cosme. Felipa López, así se llamaba la maestra particular de baile que le contrataron sus padres cuando percibieron que la niña, tenía gran afición por los bailables.

Mientras el país se convulsionaba en dramáticas y sangrientas batallas entre las facciones revolucionarias, Dolores discurrió los últimos años de su infancia y los de su adolescencia entre sus padres, condiscípulas y amigas quienes pertenecían a las familias de la alta sociedad capitalina. Su carácter fue una castañuela, le encantaba bailar en las fiestas.

LOS MARTÍNEZ DEL RÍO

Pablo Martínez del Río (1809-1882), panameño de nacimiento y quien durante su infancia emigró junto con sus padres y hermanos a México, heredó una estimable fortuna de su progenitor Ventura Martínez.

Estudió en Inglaterra y Francia. En París, se recibió de médico y regresó a México donde ejerció la medicina, fue un prestigiado ginecólogo y destacó por ser uno de los primeros galenos en aplicar exitosamente la anestesia; era hábil en los negocios. Una calle de la colonia Doctores de la ciudad de México lleva su nombre.

Fue miembro del Partido Conservador y el malogrado emperador Maximiliano, lo designó embajador del Imperio Mexicano ante los reinos de Grecia y Turquía, lo distinguió con la Orden de Guadalupe y le otorgó la nacionalidad mexicana. (El Impacto de la Intervención Francesa en México. Autores: Patricia Galeana y otros. Siglo XXI Editores. México. 2011).

Aniquilado el Imperio de Maximiliano, Pablo Martínez del Río y sus familiares lucharon por la devolución de los bienes que les fueron confiscados por el gobierno de Benito Juárez, debido al apoyo que brindó a la invasión francesa y a la aventura imperialista patrocinadas por Napoleón III.

Entre los bienes inmuebles reclamados se encontraba el rancho La Hormiga en el Valle de México. Tenía una ubicación contigua al histórico y legendario Bosque de Chapultepec. Cuando los emperadores Maximiliano y Carlota lo conocieron, durante sus paseos a caballo y en carruaje, quedarían maravillados de su exuberante y fascinadora flora compuesta de ahuehuetes, fresnos, abetos, encinos, acacias, magnolias, rosales y truenos. Era un alucinador paraíso natural.

Maximiliano ofreció comprar La Hormiga al doctor Pablo Martínez del Río, quien aceptó la oferta a un precio pactado de 25 mil pesos de cuya cifra se entregó el 50 por ciento al firmar el contrato de compraventa, el 5 de septiembre de 1865. El saldo, sería liquidado un año después.

En 1866 el Imperio de Maximiliano sufrió una aguda crisis militar y política ante el avance de los republicanos. El ejército juarista venció a los imperialistas en la caída de Querétaro en junio de 1867. El saldo de 12,500 pesos que adeudaba el gobierno imperial, sobre la compra del rancho La Hormiga, nunca fue liquidado a los vendedores

Pablo Martínez del Río se encontraba en Italia cuando se derrumbó el Segundo Imperio Mexicano; allá se quedó exiliado, regresaría años después. El gobierno republicano puso a la venta La Hormiga. Los Martínez del Río pelearon el predio y reclamaron su devolución o el pago del saldo pendiente, el régimen juarista contestó no reconocer compromisos financieros contraídos por la fallida monarquía, el asunto entró a una fase de negociaciones.

Finalmente, se llegó a un acuerdo en el que mediante la liquidación de 3,190 pesos en efectivo y 5,143 pesos en bonos o créditos comunes, los reclamantes recuperarían el disputado inmueble. La Hormiga regresó al dominio de los Martínez del Río luego que pagaron. El problema quedó finiquitado durante el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, en 1872.

Al paradisíaco y encantador predio rústico La Hormiga, también "le hizo ojitos" Venustiano Carranza cuando ocupó la presidencia. El "Viejo Barbas de Chivo", como lo llamaba Emiliano Zapata, ordenó su expropiación el 23 de abril de 1917.

Los Martínez del Río se defendieron del decreto expropiatorio de Carranza, quedó sin efecto, conservarían por algunos años más el inmueble. Y fue el 31 de diciembre de 1924, cuando los herederos de Pablo Martínez del Río después de años de desgastantes litigios familiares, acordaron vender el codiciado edén al gobierno de Álvaro Obregón. Recibieron como pago la cantidad de 886,472.81 pesos.

Entre los firmantes vendedores aparecía Bárbara Vinent Kindelán viuda de Pablo Martínez del Río y Pedemonte, nativa de Cuba, era suegra de la que poco tiempo después se convertiría en la famosa actriz del celuloide de Hollywood, Dolores del Río.

Durante su sexenio, Lázaro Cárdenas del Río dispuso que el Castillo de Chapultepec dejara de ser el hogar del Presidente de México y su familia, para que albergara al Museo Nacional de Historia como sucede hasta nuestros días. (La Historia de la Residencial Oficial de los Pinos. Autores: Fernando Muñoz Altea y Magdalena Escobosa Hass de Rangel. Fondo de Cultura Económica. México. 1988).

Cárdenas del Río ordenó la construcción de una grandiosa finca en el rancho La Hormiga, sería el nuevo hogar del jefe del estado mexicano, fue su primer habitante. Desde entonces se le conoce coloquialmente al inmueble como La Residencia Oficial de Los Pinos. Le impuso el nombre de Los Pinos porque así se llamaba la huerta donde conoció a la que fuera su esposa, Amalia Alejandra Solórzano Bravo, en Tacámbaro, Michoacán. (Arrebatos Carnales. Autor: Francisco Martín Moreno. Editorial Planeta. México. 2010.

Otro muy destacado miembro de la familia Martínez del Río, fue el arqueólogo Pablo Martínez del Río y Vinent (1892-1963), quien fuera miembro de la Academia Mexicana de Historia. Estudió en el colegio jesuita de Stoynhurst y en el Orient College de la Universidad de Oxford, en Inglaterra. Fue esposo de la noble española María Josefa Fernández de Henestrosa y Gayoso de los Cobos, XIII Marquesa de Cilleruelo, con quien engendró descendencia.

Dirigió las excavaciones de Tlatelolco en la Plaza de las Tres Culturas (1943-1948). El historiador Edmundo O`Gorman, afirmó que "las ruinas de Tlatelolco son en cierto modo un monumento a la memoria de Pablo Martínez del Río y Vinent". Recibió galardones nacionales y extranjeros.

En 1953 y 1954, Pablo intervino en las excavaciones de la entonces recién descubierta Cueva de la Candelaria, localizada en el Estado de Coahuila. En este sitio fueron encontrados cadáveres momificados y utensilios depositados por las tribus nómadas. Algunos de estos objetos se exhiben en el Museo Regional de Torreón y en el Museo Nacional de Antropología de México.

Fue autor de varios libros de historia, entre los que destaca el titulado La Comarca Lagunera a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII, publicado en 1954. (Enciclopedia de México. Impresora y Editora Mexicana. México. 1977).

analcodomy@hotmail.com

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