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ROBERTO MARTÍNEZ GARCÍA, PROFESOR DE HISTORIA Domingo 5 de jun 2016, actualizada 1:39pm ... Anterior El Siglo 27 de 27 Siguiente ... El Siglo

Noviazgo y matrimonio en una parte de La Laguna

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SIGLOS DE HISTORIA

Si hemos de considerar al año de 1968 como clave o parteaguas de la historia contemporánea de nuestro mundo, seguramente comprenderemos que a partir de entonces cambió la vida socio-cultural, cuando menos.

Fueron tantas las actividades humanas inmiscuidas en ese cambio que es imposible en este espacio bosquejarlas. Así es que el día de hoy sólo trataré sobre una de las costumbres que cambiaron a partir de entonces: el noviazgo en el medio rural lagunero.

Cómo era antes de 1968? En primer lugar he de afirmar que el amor siempre ha sido un sentimiento innato del ser humano y que a través del tiempo se ha manifestado en medio de reglas, costumbres y tradiciones, moderadas éstas por la sociedad y la Iglesia. Hay en el mundo de la investigación muchos ensayos al respecto, algunos hasta difíciles de entender, por lo complicado del lenguaje, de tal manera que, trataré de explicar –con lenguaje sencillo- lo que desde niño observé. El noviazgo entre jóvenes era un acto casi secreto, muy pocas personas tenían acceso a él, si acaso una o dos amigas de la joven y uno o dos amigos del joven. Enamorarse era un acto muy especial, pues la pareja tenía pocas oportunidades para convivir, ya no solo para platicar, sino hasta para lanzarse miradas.

Las cartas, en muchos casos, eran el único medio para estar en contacto. Muchos jóvenes así llegaron declarar su amor, desde luego no era la respuesta positiva a la primera, el joven tenía que someterse a la espera, la que se alargaba hasta por varias semanas. Por eso los bailes, que empezaban a las 8 de la noche y terminaban a la medianoche, eran el lugar donde la parejita podía estar en contacto físico, ahí el enamoramiento tomaba fuerza.

Era raro que un joven adquiriera la nominación de “novio oficial”, eso solo se daba en el medio urbano, en la clase media y alta. En el rancho, si la pareja podía platicar, sería a escondidas de los padres de ella. Cuando la familia se enteraba, la joven era sometida a una serie de tareas consistentes en hacerla responsable de los quehaceres domésticos como: lavar y planchar la ropa, echar tortillas, preparar la comida, barrer… “Para que se vaya enseñando a ser mujer de su casa”, afirmaría su madre. Ya en pleno romance, y si el novio no era cuestionado por los padres de la novia, procedía el matrimonio; la petición de mano era un acto formal, generalmente lo hacía un miembro de la comunidad que gozara de prestigio, esa persona hablaría de las cualidades de su recomendado, en el acto se hacia el compromiso y se fijaba la fecha. Entonces tenía mayor importancia el acto religioso, aunque también se atendería la cuestión del matrimonio civil. El día de la boda empezaba la fiesta tan pronto llegaban los novios de la iglesia, todo era alegría, se podía ver a las cocineras haciendo tortillas, preparando en grandes cazuelas todo tipo de guisos y sopas: asado de puerco, sopas de fideo, arroz, tallarín, de letras, de estrellitas, sin faltar los populares frijoles refritos y una que otra cerveza… Luego seguía el baile, con música en vivo o con el aparato tocadiscos, el grupo musical de entonces lo formaban Manuel Enríquez “el Chato” (saxofón), Margarito “Magallo” Hernández (trompeta), Pedrito Bustos (batería), éstos de Picardías, y del ejido vecino LaVentana estaban: Manuel Pérez (guitarra), don Jesús Ibarra (violín) y don Abraham (tololoche). Si el novio no era aceptado, o bien, la familia no tenía las condiciones para afrontar los gastos requeridos para comprar el vestido de novia, pagar la música y ofrecer el banquete, el camino más seguro era “huir de la casa”, por eso se decía que “se huyeron los novios” y a la novia se le decía “la juida o juyida”. Por lo regular, el acontecimiento sucedía después de que la novia había llegado de un baile, donde la pareja había planeado el escape. Y es que para asistir al baile había sido invitada por una respetable señora que tenía la obligación de entregarla después de que el evento terminara. Al llegar a su casa, la novia esperaba a que sus padres retomaran el sueño y entonces se salía y huía con su amado.

Después, la pareja se dirigía a la casa de él donde se explicaba a la familia la determinación de hacer las cosas “como Dios manda”; otro día, los padres y novios iban a la casa del juez auxiliar, autoridad máxima del ejido, donde depositaban a la dama con el fin de que la autoridad consiguiera una cita con los padres de ella y así establecer las medidas para regularizar la situación. Ya para entonces todo el rancho sabía todo. Fui testigo de varios eventos con motivo de “juidos” y es que el juez era padre de mi amigo de la infancia y, el día del encuentro con la ley, con la curiosidad propia de niños, nos acomodábamos en la espaciosa sala, sentados en el suelo y sin hacer ruido, para escuchar todo lo que al respecto se trataba. Eso generalmente, cuando los padres de los novios eran citados por el juez en su casa; en otros casos, -como cuando el padre de la novia se negaba a hacerse presente-, el juez y los padres del novio tenían que ir hasta la casa de la familia ofendida, con el fin de lograr la aceptación de la pareja y dar “el perdón”. Al llegar a la casa, por lo regular, quien abría la puerta era la madre de la novia, pasaba a la comitiva y procedía a abrazar a su hija en medio del llanto de las dos, luego iba a llamar a su esposo, el que se negaba a estar presente, se le podía ver ocupado, ahora dando de comer a los animales en el patio trasero, ahora arreglando algún azadón o pala, piscando maíz… y se podía ver indignado y ofendido por el proceder de su hija. Finalmente, dejaba lo que estuviera haciendo, ante la súplica de su esposa, de los padres del novio y a veces hasta del juez y ablandando su corazón se veía obligado a aceptar la situación aceptando lo que debería proceder, no sin hacer antes una serie de aclaraciones como: ¿Mi permiso? “Ella ya lo dio”, “No quiero que se haga fiesta, no quiero ser la burla de todos”, ¿Vestida de novia? ¿De blanco? ¿Para qué? “Otra cosa les quiero advertir: “Esta muchacha no sabe hacer quehacer, así es que después no vayan a decirme que ya no la soportan”.

Al final de cuentas se hacía lo que los novios querían, había comida, música y muchas veces hasta novia vestida de blanco. Hubo también casos extremos como el secuestro o rapto, cuando el pretendiente se sentía despreciado por la dama, ahí si se decía “zutano se robó a fulanita y a la fuerza se la llevó”. Solo un caso de esos registro en mi memoria: Dos individuos procedentes de un rancho situado río arriba del Aguanaval montados a caballo llegaron a Picardías, cuando por la tarde mi primo paseaba en su bicicleta a una señorita que había llegado de aquél rumbo, pronto los dos felones lo encararon y procedieron a subir al corcel a la joven, por la fuerza, quien desesperada le pedía ayuda a mí primo. No hubo denuncia y, seguramente, el hecho quedó sin castigo. La boda borraría todas las ofensas recibidas y la vida seguiría su curso.

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FUENTES:

-Revista Cardenche. Historia, tradición y cultura, número 10, septiembre de 1991. “La vida de los músicos”.

-El dibujo de los músicos es del señor José Narro y está en Jas Reuter, La música popular de México, Panorama Editorial, SA, 1988.

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