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Dra. Rosa María Lack E. Domingo 29 de nov 2015, actualizada 10:27am ... Anterior El Siglo 20 de 25 Siguiente ... El Siglo

Maravillosa noche de muertos en la isla de Janitzio

El Siglo
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SIGLOS DE HISTORIA

TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

Algo muy especial que noté, que solamente permanecíamos adentro del recinto, niños y mujeres, los hombres se habían quedado en la parte posterior del cementerio, como cuidando, de lo ocurre en el panteón.

Para los habitantes de Janitzio es una obligación sagrada para con sus difuntos, además, les darán una gran satisfacción a los que practican esta hermosa costumbre, plena de fe y esperanza.

Los Purepechas aman, cultivan y utilizan las flores en las diversas actividades de su vida. Adornando profusamente sus altares, algo que los pueblos cristianos lo adoptaron por su sentido poético. Las flores que usualmente usan son la dalia que fue su regalo para el mundo, y la preciosa flor llamada cempasúchil, desde tiempos prehispánicos la flor de las 400 vidas, flor del sol, color representativo de estas fiestas es el amarillo casi anaranjado. El color de esta flor es y era la que depositan en las tumbas de sus muertos, para que les muestren el camino donde están sus tumbas. Es imposible dejar de nombrar esta flor tan especial. Los franciscanos y todos los otros clérigos, imitaron a los indígenas adornando los altares con las flores hermosas de los purépechas, amantes de las flores.

Ya el cementerio, lleno de gente indígena, principalmente mujeres con rezos que parecían cantos llenos de dulzura. Y entonces pienso y ahora que sigue, donde me voy a colocar puesto que vine a pasar la noche de muertos en la isla de Janitzio, en toda su ceremonia completa de velación.

Y me puse acuciosamente a observar en qué lugar me colocaría. Ya no había visitantes sólo quedábamos los que permaneceríamos toda la noche. Allí estaban grupos familiares en las tumbas de sus difuntos, en un largo petate, que le servía de asiento.

Yo me encontraba cerca de un pequeño grupo al que me acerqué y me veían extrañadísimos, tal vez a porque estaba demasiado cerca de ellos. El grupo lo componían, una señora de edad con dos pequeños niños varones y una adolescente, les pedí a señas permiso para sentarme con ellos, Carmencita la adolescente , hablaba español y le dice a su abuela mi petición , y con una tímida sonrisa la señora me da la anuencia para compartir con ellos la ceremonia de velación, empezando hasta un buen pedazo de petate. Dejándoles yo, un ramo de la flor de las 400 vidas, el cempasúchil, cosa que me lo agradecieron de todo corazón.

El silencio imperaba, y se empieza a perder el sentido del tiempo, el frío empieza a calar hasta los huesos y además, nos llega un viento impregnado de humedad del lago. Luego de repente se rompe el silencio y empiezan los rezos o cantos, ahora que de vez en cuando pasaban casi sobre nosotros visitantes no indígenas, pero dicho sea de paso, desgraciadamente un tanto faltos de respeto.

Aquí, llega el momento más impactante de esa noche, la celebración de la Santa Misa y aparece el sacerdote que la va a oficiar en un altar improvisado, pero lleno de flores bellísimas y de velas encendidas, es un sacerdote indígena, con sus vestimentas muy autóctonas, al igual que los monaguillos y que por lógica, oficiará en lengua purépecha. Pero antes de la Santa Misa, el sacerdote, ayudado por sus monaguillos que llevan grandes tinas llenas de agua bendita, en las cuales el sacerdote sumerge ramos de flores y con ellas recorre el cementerio rociando a todo el camposanto, incluyendo las tumbas y a los asistentes. Principalmente con la intención de mandar las bendiciones a los difuntos puesto que es para ellos esta ceremonia. Además el olor del precioso incienso, circula por todo el cementerio. Ni un momento deja de tañer la campana con la misma triste de monotonía.

Comienza la Santa misa, toda la gente está increíblemente atenta, la devoción de la concurrencia está demostrando, llega el momento de la homilía o sermón, que por cierto fue muy largo pero me imagino que muy elocuente porque todos los asistentes, con un gran sentimiento, lloraban discretamente. Hasta creo acompañé a mis anfitrionas en su lloro.

El momento más impresionante de la Santa misa, que es cuando reparten la Sagrada comunión y que todos los asistentes la reciben con gran emoción. Con un gran silencio y rezos hasta que el sacerdote termina la Sagrada misa. El sacerdote da la bendición, y vuelve a rociar con agua bendita todo el camposanto, mientras los fieles cantan el hermosísimo ALABADO con un gran sentimiento.

El sacerdote se retira bendiciendo las tumbas de todo el cementerio y a los presentes, y por supuesto a las benditas ánimas, que nos están visitando.

Después de todo eso, parecía que nos habíamos quedado suspendidos de nuevo en el tiempo y el espacio. Se intensifican el frío, la humedad además del vientecillo del lago que no cejaba de soplar, la luna pálida y plateada, apareció nuevamente, tal vez dormía, tras un banco de nubes así estuvo alumbrando bastante tiempo. A lo lejos algo flota sobre el lago que se va deslizando hacia el cementerio la luna vuelve a ocultarse tímidamente aunque no por completo pues tal vez las nubes son más diáfanas, pero poco a poco las nubes vuelven a cubrir la luna, lo que se veía que flotaba sobre el lago era su neblina y se desliza hacia Janitzio y llega al cementerio. Para esas horas de la madrugada, con el tañir de la campana, las figuras humanas parecemos seres fantasmales y la campana nunca cesa, al igual que los rezos y cantos.

Pareciera que estamos en otra dimensión, a lo lejos, creí ver una figura que flotaba, una mujer vestida de negro, lógicamente como todas en el panteón, cargando en sus brazos un inmenso ramo de flores blancas, que se iban acercando más a la tumba que visitaría y que estaba cerca de donde estábamos nosotros, entonces me di cuenta que no era un ser del más allá como yo lo presentía sino que se veía que iba un cuarto arriba de la tierra , pero era la niebla era la que le hacía dar el aspecto que flotaba, pero ya la niebla estaba más baja y pude darme cuenta que esta mujer iba pisando en tierra firme, que bien me sentí. Entonces todo volvía a la normalidad.

Ya en la madrugada anuncian que va a haber otra en Santa misa ,y aparece otro Tata padre, repitiendo el mismo ceremonial con el agua bendita, incienso y bendiciendo todo el cementerio, los rezos y cantos prosiguen, y la campana sigue resonando monótonamente, casi podría decir que con un dejo de tristeza, sin embargo, se apresta para seguir llamando a los difuntos que aún no han llegado y que sus parientes los están esperando comienza la Santa misa, todo en español, aunque la comunidad hable purépecha, llegando el momento más solemne, repartir la Santa comunión entre los asistentes, que no han podido comulgar antes. Esta Santa misa no se extiende tanto y acaba el Tata Padre, dando bendición y va saludando respetuosamente a muchos de sus feligreses.

Al igual que no deja de rociar con agua bendita e incensar, constantemente.

A esas horas que ya había brincado el día, cuando los hombres que había en la parte de atrás del camposanto, montando guardia se retiraron, eran pescadores que iban a hacer su trabajo, un poco más tarde cuando ya había algo de claridad, la gente se fue retirando, llevándose sus pertenencias ya regresarían más tarde a limpiar el panteón.

A partir de ese momento les di mis más profundos agradecimientos a mi familia anfitriona, con que pase la inolvidable y maravillosa noche de muertos en mi isla de Janitzio. La señora, en su lengua, la jovencita y los dos niños me dijeron con un fuerte apretón de mano cortésmente y con una dulce sonrisa, no, gracias a usted por acompañarnos en la velación a nuestros difuntitos, y nos despedimos con un cariño nacido en esa noche de muertos y con un hasta pronto. Mi anfitriona me manda con sus nietos bondadosamente un pedazo de calabaza en tacha, y un cafecito con lo que se me quitó el frío y me volvió el alma al cuerpo.

El cementerio, el lugar donde se había presentado el impresionante espectáculo, de la noche de muertos se iba quedando sólo.

Yo seguí al muelle y me tocó presenciar en este escenario un espectáculo maravilloso, la salida de los de los lanchas de pescadores, con sus inmensas redes para su pesca, redes que parecían auténticas alas de mariposas gigantescas, tejidas con hilos de plata y que a la luz de la tenue luna que aún brillaba y que se movian rítmicamente al golpe del remo de el pescador, y van surcando el lago. Con gran armonía y belleza ya que los pescadores tienen agilidad y soltura en todos los movimientos, dando la impresión de una danza acuática.

Esperé hasta que salieron todas las barcas, algo que no me podía perder, era antes de las seis de la mañana no quería abandonar Janitzio, mi mágica isla, así que busque un pretexto y lo encontré ir a desayunar a una de las fondas y todos los platillos se presentían de órdago, empezando por un buen café endulzado con piloncillo, corundas o tamales de diversos sabores, atole de maíz tierno, etc.

Desde aquí podía presenciar ese despertar de Janitzio, en todo su esplendor, un espejo el cielo y el lago parecían pintados de 1000 colores.

Difícilmente volvería a ver a algo tan extraordinariamente bello y esa gente purépecha, ya no parecía la misma, tal vez las ánimas de sus difuntos nos habían transmitido lo bueno y positivo de sus almas, por haberlos acompañado en su retorno al mundo de los vivos.

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