Nadie

Rollos RotosCésar Garza

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Escrito por César Garza 27 de septiembre de 2018
Rollos Rotos, Inmigrantes

“Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre? Te lo voy a decir, más dame tú el don de hospitalidad como me has prometido.

Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros”

(Odisea, canto IX)

 

  

   Llegas a la estación central de Milán, es tarde, corres a la taquilla para buscar una salida a Florencia, el último tren ha partido, solo tienes 25 euros, apenas te alcanza para el pasaje, imposible buscar un hotel, decides quedarte en la estación y tomar el primer tren por la mañana, tuviste un día pesado, dormitas en una de las bancas pero a la una de la mañana un policía te despierta y te pide salir del lugar, lo cierran por las noches, de pronto, eres parte de un grupo de personas que son desalojadas de su refugio, el frío de la calle te recibe, tu guitarra parece pesar un poco más de lo común, observas, piensas hacia dónde dirigirte, das algunos pasos con la incertidumbre como compañera, una que te ha acompañado en muchos pasajes de tu vida.

   Afuera de la estación te encuentras con otra ciudad, una muy lejana a la capital mundial de la moda, te diriges a la plaza Duca d´Aosta y buscas una banca, te sientas y pones la guitarra a tu lado debajo de tu pierna izquierda, te calzas bien la gorra, sabes que la noche será fría, metes las manos en el abrigo y observas el lugar, a medida que tus ojos se acostumbran a la tenue iluminación, comienzas a descubrir en los diversos rincones de la plaza a un ejército de personas, deduces que han de ser inmigrantes, son los dueños del lugar, la esplendorosa Milán y su estación central se han convertido en un espacio donde si pudiéramos medir el riesgo en función del tiempo, imaginas, concluiríamos que crece exponencialmente.

   En un momento dado se te han tapado los oídos, como si estuvieras en un avión, supones que es por el frío aunque no sabías que pudieran presentarse este tipo de reacciones, habrás de estudiarlo más tarde, esperas que se te quite en algún momento, el tener disminuido uno de tus sentidos incrementa tu ansiedad.

   La noche y tu sordera te llevan a los terrenos del miedo, sientes como se acerca, poco a poco, te habla, te enamora y finalmente te convence y se mete en ti, como aquel amante que tuviste a los 16, estás en tensión, tratas de relajarte pero la adrenalina ha invadido tu cuerpo, es una respuesta natural, piensas, percibes una sombra que se acerca, es un tipo, ciao bella, te dice, lo ignoras, insiste: ciao,  hello, hola, salut, busca establecer contacto, - no molestes - le increpas, ah mexicana, dice mientras se acerca con mayor confianza, soy uruguayo, confiesa mientras un tufo de alcohol que le precede apenas disimula otros olores amigos del desaseo, tranquila, no es a mi a quien debes temer, esos de allá no tardarán en robarte, yo no, solo quiero quitarme este frio que me nace de adentro y congela la plaza, ¿traes algo para beber?, no, le dices, ¿qué es eso?, te pregunta mientras señala tu lado izquierdo. Soy guitarrista, le aclaras, suelta una sonora carcajada, tan fuerte que llama la atención de algunos, mentira dice, a ver toca…, no claro que no, deja de molestar -si no tocas mejor la quemamos y nos quitamos el frío- te dice mientras prende un encendedor… Imaginas con horror cómo tu posesión más valiosa pudiera ser víctima de las llamas, en ese momento percibes como alguien trata de llevársela, te levantas de un salto mientras jalas del estuche, por un momento piensas que el uruguayo está implicado pero ves cómo se acerca y le da un puntapié a un tipo que estaba detrás de ti. Ven, te dice, vamos con los soldados, se ponen por acá, lo sigues hacia la entrada de la estación donde efectivamente hay una patrulla de carabinieri, al ver que nos acercamos corriendo nos gritan y nos apuntan con sus armas - alto ahí, deténganse, crees que casi te orinas del susto pero no es a ti a quien amenazan, es al tipo, te vez obligada a interceder por él explicando que viene contigo y que te acaba de salvar de un asalto seguro, te preguntan qué haces ahí, - perdí el tren- les dices, se voltean a ver, le piden al uruguayo que se retire y a ti te dicen que te puedes sentar a un lado, ves que hay otras personas en el sitio que los miran asustadas, escoges un rincón, acomodas la guitarra y te desplomas.

   Te duermes, no sabes cuánto tiempo ha pasado, te despiertan unos gritos, es una persona de piel oscura, se acerca gritando que es musulmán, los soldados lo miran impasibles lo cual llama tu atención, en un instante percibes un brillo metálico en su mano derecha, es un cuchillo y eres testigo de como se lo clava varias veces en el pecho y cuello mientras sigue gritando que es musulmán, por un momento crees estar soñando, sobre todo porque los soldados no se mueven - hagan algo-  gritas, no podemos señorita, es extranjero, te explican, ves como un chorro de sangre sale de su cuello, se ha picado la yugular, supones, nunca habías visto tanta sangre en tu vida, por un momento piensas que bien se pudiera aparecer Quentin Tarantino anunciando el corte de la escena y ver al herido levantarse con una sonrisa de satisfacción.

   ¿Por qué pasa esto?, te preguntas, ¿En qué momento nos volvimos menos humanos? ¿Dónde está la organización que seguramente cobra los 35 euros que el gobierno brinda diariamente por inmigrante?, ¿dónde están?, supones que tu país no tiene la exclusividad del manejo dudoso de fondos públicos; amanece, comienza un nuevo día, recoges tu guitarra y te diriges a la estación, Florencia y la calidez de casa te esperan, confías poder enterrar esta noche en el olvido, ellos no podrán hacerlo, piensas, esta es su vida, la noche es su casa, son invisibles, son Nadie.

Rollos Rotos, Inmigrantes, 679 lecturas.

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