Mexicanos en Asia: Cómo nos mantienen a salvo del coronavirus en Taiwán

En boca de todosEmmanuel Félix Lespron

Mexicanos en Asia: Cómo nos mantienen a salvo del coronavirus en Taiwán

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Escrito por Emmanuel Félix Lespron 18 de febrero de 2020
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Que la República Popular China considere a la República de China (Taiwán) como un territorio rebelde que se resiste a la unificación, ha redundado en consecuencias negativas para la isla, principalmente ahora que el mundo se enfrenta a la latente pandemia del Coronavirus Covid-19.

Internacionalmente, ciudadanos taiwaneses han sido puestos en cuarentena como fue el caso de las decenas de personas encuarteladas en Filipinas, tras la firme decisión de negar el acceso de cualquier persona proveniente de "China" dicho país asiático.

La prohibición que fue levantada este fin de semana, comprometía la situación de aproximadamente 150 mil filipinos que trabajan en Taiwán a través de un acuerdo especial entre ambos países y del que se benefician miles de familias de escasos recursos.

¿Pero qué tan parecida es la situación entre la República Popular de China y la República de China (Taiwán)?

Nada en lo absoluto.

Mientras que en China las muertes por el Coronavirus ya ascienden a 1,868 desde la propagación del virus cuyo epicentro se encuentra en la region de Wuhan y que ya ha contagiado a más de 70 mil personas en todo el mundo, en Taiwán recientemente se registró el primer deceso de un hombre de más de 60 años de edad que se dedicaba a conducir un taxi y que constantemente viajaba entre Macau, Hong Kong y otras ciudades de China.

Ante la inminente propagación del virus vía aérea, justo en una de las fechas más importantes para este lado del mundo como lo es el Año Nuevo Chino, dichos aeropuertos han desviado algunas rutas para evitar una propagación masiva, sin embargo nadie está exento de contagio y por ello en Taiwán se han descubierto otros 19 casos  que se mantienen bajo control.

Como experiencia personal, y antes de escribir este artículo, un chequeo de rutina me permitió experimentar de primera mano el proceso de examinación por el que pasan los pacientes potenciales portadores del coronavirus aquí en Taiwán.

El 2 de febrero del 2020, al volver de un viaje de trabajo desde Dubai, el avión hizo una escala como tenía planeado en Hong Kong por alrededor de dos horas. Desde el aeropuerto de Dubai intenté comprar máscaras quirúrgicas sin éxito, situación que se repitió en el aeropuerto de Hong Kong en donde también estaban agotadas y donde incluso muchos de los locales no estaban abiertos.

Al llegar al aeropuerto de la ciudad de Kaohsiung, en Taiwán, todos los pasajeros llenamos una hoja de contacto adjunta a un cuestionario simple en el que se descartan los síntomas del coronavirus. De ser un sospechoso portador, el individuo y sus acompañantes son llevados a una zona aislada para ser investigados y comenzar las pruebas correspondientes para luego ser trasladados al hospital más cercano de ser necesario.

El último filtro es un termómetro infrarrojo localizado justo antes de pasar al área de migración. Las personas con fiebre son también aisladas para cuestionarlos sobre sus respectivos historiales de viaje, mientras que los demás pasamos directo a migración y a recoger nuestras maletas libremente.

El cuestonario que firmamos en el aeropouerto contiene información vital en caso de contagio. En ese entonces, cualquier individuo proveniente de Hong Kong debería estar al pendiente de desarrollar tos seca, malestar o fiebre. De ser así, debería llamar al número 1922 para buscar asesoría.

A partir del 10 de febrero, todos los tripulantes de vuelos provenientes de cualqueir parte de China deben permanecer en casa 14 días para descartar cualquier posibilidad de infección. Si los viajantes son de nacionalidad China, no podrán entrar a Taiwán hasta nuevo aviso.

En mi caso, el 8 de febrero comencé a toser. Era una tos seca. Esperé unos minutos y al no sentir que se disipaba, llamé al número de la hoja que nos dieron en el aeropuerto: 1922, Communicable Disease Reporting and Consultation Hotline.

La llamada fue tomada de inmediato y comenzaron a interrogarme sobre mi nombre, nacionalidad, países en los que había viajado recientemente, malestares y edad. Al mencionar Hong Kong, el operador me preguntó si me encontraba en mi domicilio. Le dije que sí y en menos de un minuto me dio la dirección del hospital más cercano al que debería dirigirme de inmediato.

En el hospital ya sabían que un Mexicano de 36 años estaba por llegar. En la puerta, el guardia de seguridad me tomó la temperatura sosteniendo con su vida el cubrebocas que pendía de sus orejas y me preguntó si yo era mexicano. Una enfermera vestida como si estuviera a punto de salir de una nave espacial en un ambiente sin gravedad se me acercó y me pidió mis datos generales y mi tarjeta de seguro nacional.

Sin esperas (no habia nadie ese domingo por la noche en emergencias), me pasaron a una habitación con una cama desde la que se veía la doble puerta que me separaba de la salida del hospital. No había nadie ahí y aunque el pánico comenzaba a subirme por el estómago, la enfermera y un doctor vinieron a calmarme y a decirme que todo era rutinario y que de no estar infectado, estaría de vuelta en casa en dos horas, aproximadamente.

Puse “Friends” en el celular y me dispuse a esperar. Tuvo que ser “Friends” porque necesitaba ver sin ver el celular, alerta del tiempo que pasaba y repitiendo en mi mente los parlamentos que en su mayoría me sé de memoria para pensar sin pensar.

La misma enfermera que me recibió cruzó la doble puerta con tubos de ensayo y una jeringa. “Necesitamos hacerte unos exámenes de sangre, no te preocupes, tú ve tu celular y yo me encargo de lo demás”, me dijo.

La aguja entró y salió una vez. La vi repartir lo que exageradamente en mi mente era medio litro de sangre en seis diferentes tubos de ensayo, cubriéndolos con tapas de diferente color, agitándolos antes de ponerlos en la rejilla.

Se despidió, pasó la primera puerta, esperó en medio hasta que se abrió la otra y no la volví a ver.

Veinte minutos después, se acercó una tercera persona, con el mismo look de Matt Damon en “El Marciano” empujando una unidad de Rayos X que se vería pesada y ligera al mismo tiempo.

Sin hablar, viéndome con miedo, retirando las manos para no tocarme, colocó una base sobre la cama a la altura de mi espalda, ajustó la mira de los Rayos X en mi pecho y dejó la habitación. El “click” de la máquina la llamó de vuelta, agarró “sus chivas” y se fue sin decir palabra.

En mi mente el tiempo seguía contando y calculaba 20 minutos cada vez que un episodio de “Friends” se terminaba. Ya iba a comenzar el sexto, cuando detuve Netflix y decidí llamar a mi casa. Según yo ya habían pasado más de dos horas y no había ninguna reacción fuera de mi doble puerta. Iba a hacer la llamada que estaba evitando a toda costa con la que sabía levantaría miedo y tensión en casa. Ya veía a mi señora madre subiéndose al avión y diciéndole al piloto que la llevara a Taiwán como si fuera un taxi. Pude sentir la preocupación de mis hermanos y primos y de los amigos que se enteraran.

Abrí WhatsApp, suspiré. Recé un Padre Nuestro y volví a respirar hondo.

El tono de espera sonó una vez y en eso un enfermeró entró a mi habitación. Colgué de inmediato.

Su uniforme descubierto me dio la respuesta sin necesidad de decirme nada. Me animó con una palmada en el hombro y me escoltó hacia el doctor, que me entregó los resultados de todos los exámenes que me realizaron, incluyendo el del coronavirus. Todo resultó negativo.

“Aún necesitamos que te reportes si llegas a sentir cualquiera de los demás síntomas”, dijo.

Al final de nuestra plática sobre el virus, los casos, las medidas de prevención, y la burrada de mantener a Taiwán fuera de la Organización Mundial de la Salud, me despidió dándome un medicamente para la tos y un muy buen consejo: “descansa, deja de fumar, y haz más ejercicio”.

Al siguiente día, al regresar a trabajar a la oficina, me percaté que no sólo los hospitales mantienen un estado de alerta constante. En la entrada de la compañía para la que trabajo, todos los días todos los empleados debemos medirnos la temperatura con un termómetro infrarrojo y anotarla en una hoja del que Recursos Humanos toma nota a diario. Después del termómetro nos rociamos las manos con alcohol y comenzamos la jornada laboral.

El único compañero que presentó temperatura estos últimos días fue regresado a casa desde donde estará trabajando por dos semanas.

Así es como nos cuidan en Taiwán a los foráneos y como mantienen en alerta a la población en general. Las medidas de prevención se nos recuerdan a través de la televisión, social media, radio, e incluso comerciales patrocinados por algunos artistas.

El control epidemiológico es algo de lo que China podría aprender de esta pequeña isla a la que continúa intimidando desde hace muchos años.

En este momento, miembros del parlamento de Canadá y otros funcionarios estadounidenses han expresado su apoyo para que Taiwán participe en las Asambleas Mundiales de la Salud, eventos que podrían significar el rescate de cientos de personas que actualmente han sido infectadas o reinfectadas por el virus.

Tal vez las palabras de un foráneo no sean tan relevantes en esta situación, pero como vemos a diario, la gente sigue muriendo y a pesar de que China tiene un aliado grande a un lado, prefiere pasarlo por alto solo por orgullo.

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