Cinco años después de Pasta de Conchos

Crónicas de oscuridad y urbanidadluis hernández aranda

Cinco años después de Pasta de Conchos

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Escrito por luis hernández aranda 21 de febrero de 2011
General

¿Se puede estar peor después de perder a un familiar que muere por el derrumbe de una mina? Las familias de San Juan de Sabinas en Coahuila no dudan en responder que sí.

Al menos esa sensación me queda tras leer los excelentes reportajes de Edith González publicados la semana pasada en El Siglo de Torreón con motivo de los cincos años que se cumplieron de la tragedia de Pasta de Conchos.

Fue el 19 de febrero de 2006 cuando 65 mineros perdieron la vida. Cinco años después los tres niveles de gobierno han hecho muy poco, o mejor dicho prácticamente nada, para remediar las condiciones de vida en esta comunidad.

Pareciera que en México no nos gusta aprender de las desgracias, sólo así se puede explicar todos los accidentes mineros que han ocurrido en diferentes partes de país posteriores a Pasta de Conchos. Sólo así se puede explicar que en San Juan de Sabinas muchos sigan descendiendo varios metros bajo tierra para obtener algún ingreso. Incluso muchos de ellos son menores de edad, quienes deben vencer el miedo para entrar a los famosos "pocitos".

Las anomalías son reconocidas por los legisladores locales, pero muy poco se hace para solucionar el problema, sólo se reparten culpas, prueba de esto es la declaración del diputado priista Ramiro Flores Morales, integrante de la Comisión de Energía y Minas del Congreso local, quien afirmó en días pasados que en la región carbonífera hay más de medio centenar de pozos de carbón que se abrieron en los últimos meses que operan al margen de la ley, en forma rudimentaria y sin medidas de seguridad por la falta de supervisión.

"Las promesas del Gobierno Federal de que iban a reforzar la seguridad en los yacimientos de carbón han sido una mentira, si no ha habido explosiones es porque se ha incrementado la minería a cielo abierto".

Es decir, hay un problema, pero no nos toca a nosotros solucionarlo. Como en el tema de la seguridad, todos vivimos con miedo, pero hay que ver a qué nivel de Gobierno le toca solucionarlo, al final nadie lo hace.

Cinco años después de la tragedia, cinco años después de la "indignación nacional" provocada por la estridencia propia de la noticia, los familiares de los mineros muertos deben hacer esfuerzos para sobrevivir con raquíticas pensiones menores a los tres mil 500 pesos, debido a que Industrial Minera México (IMMSA), dueña de la mina, y el Gobierno de Coahuila retiraron los apoyos de sustento y educación.

En este escenario la historia de Marco Antonio Contreras Marín, único sobreviviente de la tragedia, revela que tras el derrumbe lo peor no ha pasado. Marco está desempleado debido a que no pudo volver a bajar a una mina, pero además la tragedia también dejó secuelas mentales, de ahí que el minero se despierte en las noches para arañar el piso como si tratara de rescatar a sus compañeros.

Cinco años después nada ha pasado. Son las mismas declaraciones de siempre. El secretario de Trabajo, independientemente de quien ocupe el cargo, dice que no se podían rescatar los cuerpos, que había mucho riesgo. Otras voces culparán al líder del sindicato minero Napoleón Gómez Urrutia, quien vive sin ningún problema en Canadá. Él no padece hambre como sus representados, tampoco baja a la mina. Al mismo tiempo el líder del Sindicato Mexicano de Electricistas, Martín Esparza, secuestra el tema de Pasta de Conchos como bandera política.

Cinco años después la Comisión Nacional de Derechos Humanos emite un comunicado para decir que hay una deuda con las familias de los mineros, que se deben rescatar los cuerpos.

Hace cinco años el sacerdote jesuita Carlos Rodríguez, coordinador general del Centro de Reflexión y Acción Laboral (Cereal), me dijo que el único reclamo de los deudos era recuperar los cuerpos. Hace cinco años una viuda me dijo: "ya no queremos que nos los entreguen a todos, quisiéramos cuando menos encontrar uno, aunque no sea familiar mío". Cinco años después nada ha cambiado.

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