¿Por qué Francia es el país más pesimista?

Libertad EconomicaLuis Gutierrez

¿Por qué Francia es el país más pesimista?

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Escrito por Luis Gutierrez 09 de enero de 2011
Filosofía, Socialismo

Hace poco se emitió un ranking de las naciones más optimistas, resultando que algunas de las más pobres son las más felices, y otras naciones consideradas ricas son de las más pesimistas.

Pero no crean que cualquier nación pobre es optimista, realmente solo aquellas que se han insertado a la globalización siguiendo el camino que han marcado otros países, como Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, Taiwan, por ello, hoy en día la nación donde hay más optimismo es Vietnam, ¿Quién iba a pensar que aquella nación que continuamente es señalada como la "victima" de las trasnacionales supera en perspectivas a los preocupados socialistas de naciones opulentas como Francia, Reino Unido?

Por un lado se ven ejemplos de que el libre comercio trae progresos y beneficios inimaginables, y por el otro se empieza a notar la imposibilidad de los estados de sostener esa fantasía de parvulario que llaman EL ESTADO DE BIENESTAR.

Pero ¿por qué resalta que un país como Francía sea acentuadamente más pesimista?
Según algunos analisis (ver referencias) se debe a su influencia intelectual, Francia es un país donde sus individuos suelen tener en la figura del estado una institución con la función de dar seguridad y prosperidad, aunado a una atmósfera intelectual donde se considera que el sentido de la vida debe ser la preocupación por las carencias de los necesitados, es triste, pero consideran que ver por si mismos es "egoísta", en el sentido más peyorativo.

Referencias:
Los franceses: ¿campeones del pesimismo?
La miseria feliz

Una de las nefastas influencias intelectuales de muchos franceses fue Jean Paul Sartre, que el día de su entierro fue rodeado de esta manera


Aquel que escribiera en su famoso libro con premio nobel, La Nausea las siguientes ideas:

 

Dialogo entre los personajes, Roquentin y el Autodidacta.

—Es que pienso —le digo riendo— que estamos todos aquí, comiendo y
bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada,
ninguna razón para existir.
El Autodidacto se ha puesto grave. Hace un esfuerzo para comprenderme. Me
reí demasiado fuerte; he visto que varias cabezas se volvían hacia mí. Y además
lamento haber dicho tanto. Después de todo, a nadie le interesa.
Repite lentamente:
—Ninguna razón para existir... ¿Quiere usted decir, señor, que la vida no
tiene objeto ?¿No es eso lo que llaman pesimismo?
Reflexiona un instante más y dice, con dulzura:
—He leído hace unos años un libro de un autor americano; se llamaba: ¿Vale
la pena vivir la vida? ¿No es la cuestión que usted plantea?
Evidentemente no, no es la cuestión que yo me planteo. Pero no quiero
explicar nada.
—Concluía —me dice el Autodidacto en tono consolador— defendiendo el
optimismo voluntario
. La vida tiene un sentido si uno quiere dárselo. Primero
hay que obrar, lanzarse a una empresa. Cuando se reflexiona, la suerte ya está
echada, uno está comprometido. No sé qué piensa usted de esto, señor.
—Nada —digo.
O más bien pienso que es ésa la clase de mentira que se dicen perpetuamente
el viajante de comercio, los dos jóvenes y el señor del pelo blanco.
El Autodidacto sonríe con un poco de malicia y mucha solemnidad:
—Tampoco es mi opinión. Pienso que no necesitamos buscar tan lejos el
sentido de nuestra vida.
—¿Eh?
—Hay un objeto, señor, hay un objeto... están los hombres.
Exacto: olvidaba que es humanista.


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