Casquillos Negros (Parte 2º)

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Casquillos Negros (Parte 2º)

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Escrito por Paola Astorga 03 de diciembre de 2017
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Planeta libros

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       Los personajes a través de la historia se van apareciendo como una foto en líquido revelador. Adalberto Zaragoza representa el abandono; desgarbado  y descuidado pero con una  pasión periodística impecable. Es  también un hombre abandonado por el amor, y por su esposa que le dejó de recuerdo a su hija Juana. Beto se endurece ante la parca, pero tiembla ante la adolescencia recién descubierta de su hija. Viaja entre dos aguas: la de la culpa de forzar a su hija a crecer entre un semanario de nota roja y  ser un padre ausente por ese mismo trabajo de veinticuatro horas. Es un periodista nato, y lo sabía bien el Comandante Peláez quién era el encargado de las investigaciones, se delataba frecuentemente al preguntarle que pensaba de cada escena, de cada cuerpo; asesinado, decapitado, ahorcado, o desmembrado.  A la Tripa, en sus propios pensamientos “le impresionaba la intuición de ese reportero de nota roja, seguramente después de tantos años de contacto directo con la muerte había desarrollado una capacidad para oler a la parca antes que llegara, pero algo más, un extraño sentido común que poco veía entre reporteros o policías, más acostumbrados a obedecer que a pensar”. El amor le tocaba la puerta a Zaragoza, pero su estilo de vida no lo ubicaba como un buen partido. Moña la diseñadora, en ella clavaba sus esperanzas, cuando se permitía tenerlas, pero su involucramiento con la Tripa, con la adicta paranoica de Lizette y con Jazmín no le permite aspirar a tener paz hasta que el nudo que los une se deshaga y descubra a quienes los amenazan.

        Eduardo Fernández Tripa es un ser adolorido desde su infancia, el pequeño Eduardo fue la ilusión y más grande decepción de su voluntarioso padre. Llevando su primer trauma en un apodo que lo marcaría, sobrenombre por su parte viril, situación dónde empieza su religión prostibularia, donde uno de sus mandamientos es no amanecer con una mujer en la cama, “no hay peor desnudez que la del despertar en la madrugada, los gatos dejan de ser pardos y los seres humanos se vuelven vulnerables. Todos los defectos, los humores, las actividades fisiológicas, mocos, pedos, se concentran en ese espacio de tiempo que va entre abrir los ojos, bañarse y desayunar”. Eduardo es un personaje visceral, triste y puro a la vez, un sesentón que vivió con una Charola de la dirección federal de seguridad desde muy joven. Arrastrándose entre la careta de policía y la máscara de mafioso, siempre solitario por elección, desertó de las filas de los asesinos para volverse la chacha de estos. Una sola vez su pistola escupió una bala, y guardó ese recuerdo en su tibio corazón.

       Lizette es un personaje abierto, heterosexual por trabajo y lesbiana por nacimiento. Brinca al poder por su relación “mamatoria” con el General Ramírez Abarca, fue su favorita, la elegida, la protegida y al final cuando el cuerpo dejo de entregar jugo fresco, la abandonada.

El personaje se vuelve complejo, solitario. La ausencia de su protector, detona todos los demonios de la soledad. La soledad y Lizette se refugian en la piedra de los olvidos, el crack. Veinte años después Tripa encuentra la sombra de la prostituta, la sombra de la belleza, la sombra de la juventud, pero no la de la inteligencia. Liz se siente más despierta que nunca, siente, huele, y escucha más allá de sus sentidos, y estos le dicen que no confíe en nadie ni en la Tripa. Un solo deseo le queda en la vida, ver de nuevo a Jazmín, una de tantas amantes con las que compartió al General,  ella hizo que latiera su corazón, y tal vez, quería que viviera de nuevo, antes que el lince que la habitaba, la consumiera por completo.

     Jazmín pasa por el libro como un aliento fresco, único personaje que no está atormentado por su pasado. Mujer que acepta sus decisiones y no se amedrenta ante las consecuencias. Madre de una pequeña de seis años, quién decide salir de las esquinas y mejor contonearse en un trabajo honrado. Alegre natural, despoja al lector del cristal que no permite sentir al personaje. Se vuelve la amante ideal, la Maga que entibia las noches frías de París. Esperas siempre un final feliz para este tipo de personaje.

 

     En conclusión, y al final de mi lectura me quede con esa introspección que te saca un buen libro. Vagar entre los capítulos saboreados me llevaron a muchas anotaciones mentales. Una de las proezas del libro, sin duda, fueron los diálogos entre el Comandante Peláez y Beto, entre Beto y la Tripa, disfrutables, deleitables,  risibles. Estos diálogos excelsamente conducidos me llevaron a conocer el carácter de cada uno. El sarcasmo es difícil de plasmar, y personalmente viniendo de una cultura grillera, las aplaudo. Pero esas letras que parecieron fáciles, no son gratis, vinieron de una carrera periodística de varios años como la de Petersen.

     Me parece que la palabra corrupción llegando a México se vuelve verbo. En el libro se escribe una historia que aun palpita, es uno de los tantos relatos malolientes de la historia del país. Y aunque se entrecomille “todos los personajes de esta narración son ficticios”, lo ficticio es el hecho que nos pintaron. Casquillos negros nos esclarece dos situaciones: la primera, que en México no es necesario los historiadores, con un periodista de nota roja es suficiente. Segunda, que para encontrar la verdad, se requiere dos ingredientes un policía corrupto, y un periodista de nota roja. Y esa es la verdadera,  ironía de vivir en el país de no pasa nada. 

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