Feliz cumpleaños a mí: 40 años

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Feliz cumpleaños a mí: 40 años

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Escrito por Paola Astorga 19 de marzo de 2017
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 Cuatro décadas han pasado desde que “nacieron todas las flores, y en la pila del bautismo, cantaron los ruiseñores”. Llegué, a lo que creo que es la mitad del camino, si soy afortunada. Cuatro, cero este número lo veía lejano en mis lozanía de los veinte. Los que sobrepasan está edad pensarán que exagero, pero no me malentiendan, entro a los cuarenta con una gran retrospección de lo que ha sido la vida, mi vida. Comprendí que la existencia está formada por episodios, episodios que pueden durar décadas o sólo un instante, y todo cambia en un abrir y cerrar de ojos. Es fácil volcarse en la añoranza.

       Cierro los ojos, los abro: hundo mis pequeñas manos en el lodo, siento la humedad que me permite apelmazar la tierra mojada y formar pasteles. Varias veces me los llevo a la boca. El olor a tierra mojada me recuerda aquel gusto infantil.

      Cierro los ojos, los abro: me desprendo de la mano tibia de mi madre, mi primer salón de clases se abre ante mí, quiero regresar  a los brazos de mami,  pero la curiosidad sobre ese nuevo mundo me empuja hacia adentro del aula.

     Cierro los ojos, los abro: me encuentro en el escenario en un auditorio lleno, bailando danza hawaiana. El brillo de los reflectores anula las facciones del público. Mi sonrisa es auténtica, nunca me he sentido tan viva como en ese escenario. Tengo seis años y pienso “disfruta, solo va a durar un instante”.

     Cierro los ojos, los abro: frente a un árbol de navidad titilante, dos bicicletas, dos carriolas, dos muñecas y varios paquetes envueltos en papeles brillantes lo custodian. Mi hermana y yo gritamos al unísono. El corazón se me quiere escapar del pecho de la alegría, Santa Claus llegó. Mis padres se abrazan complacidos.

     Cierro los ojos, los abro: traigo unos zapatitos de charol blanco, un vestido de encaje del mismo color  y una corona.  Es mi primera comunión en el Colegio Villa de Matel. La iglesia está llena de familiares, mi tía Silvia es mi madrina, y es tan bonita como mi mamá. Suena la música.

      Cierro los ojos, los abro: El río serpentea. El agua es cristalina, los pequeños peces me mordisquean la piel, mi abuelo Saúl a lo lejos arroja la caña. Mi Chacha nos habla para comer. El pollo frito y la telera de pan desaparecen. Le pido al abuelo que cante mi canción favorita, empieza: Estoy en el rincón de una cantina…

      Cierro los ojos, los abro: mi última piñata llega a su fin. El pastel fue repartido, los bolos entregados, la piñata es un cadáver en medio del patio, el payaso se aleja con  mi niñez.

      Cierro los ojos, los abro: El mar acaricia mis pies, los hundo en la arena fresca. Mi papá nos enseña a meternos en las olas a mi hermana y a mí. Varias atrapan nuestros cuerpos, y nos revuelcan como si fuéramos una hoja en un huracán. De cada revolcada salimos riendo y con ganas de desafiar al mar. Al final del día, mi madre le reza una oración al sol que parece apagarse cuando se hunde en el mar.

      Cierro los ojos, los abro: la pubertad, es una etapa de cambios y de incongruencias, mi nuevo cuerpo se quiere abrir camino con pasos agigantados, no me reconozco en el espejo, no me gusta, no me gusta nada, no me entiendo, no entiendo a nadie, quiero que el mundo enmudezca.

      Cierro los ojos, los abro: Mi papá viste un esmoquin, y yo un vestido verde, estamos bailando mi vals en mis XV años, casi puedo ver a mi madre a la orilla de la pista con sus ojos cristalinos.

     Cierro los ojos, los abro: Mi amiga Claudia me dice, que me va a presentar al mejor amigo de su novio. Lo veo  recargado en una camioneta afuera de mi casa. Me sonríe, se detiene el viento,  contengo el aliento. Oigo una voz que dice: “te presento a Rogelio”.

     Cierro los ojos, los abro: el olor a rosas llena el recinto. Tomo el brazo de mi papá como siempre que necesito de él. Suena la música, es nuestra señal. Al final del pasillo me espera el novio, creo que más nervioso que yo. No puedo dejar de sonreír.

    Cierro los ojos, los abro: Me escondo tras una puerta, se oyen unos pasitos, y risas nerviosas que se  acercan. Saltó,  una niña y dos niños huyen despavoridos del monstruo de las cosquillas. Sus risas se impregnan en las paredes y en mis más bellos recuerdos.

    Cierro los ojos, los abro: Una niña y dos niños abren regalos bajo un árbol de navidad. Gritan y se enmudecen por momentos. Las cartas a Santa Claus fueron respondidas. Mi esposo y yo nos lanzamos miradas cómplices y nos abrazamos complacidos.

     Cierro los ojos, los abro: Oigo las mismas risas, pero  maduras. En una mesa de comedor tres jóvenes casi adultos platican con su padre. Él es mi novio, mi amigo, mi esposo, es igual, pero con algunas canas pintadas en las sienes. Los muchachos me abrazan con la mirada, me sonríen, descubro mis rasgos y los de su papá. Ríen, ríen mucho. Recuerdan que voy a cumplir 40 años, se burlan, los regaño en juego, y les digo, un día cerrarán los ojos…

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