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Escrito por Alfonso Villalva P. 01 de junio de 2017
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Subes al templete, de un brinco quizá. Con movimientos torpes y sin mucha agilidad atlética, pues lo tuyo, lo tuyo, es el escritorio, la mesa del restorán, la sala de reuniones con asientos de cuero negro, las largas horas que pasas al otro lado de ese magnífico escritorio francés por el que han circulado acuerdos, permisos, licencias y amarres políticos en todos los ámbitos de la vida pública nacional.

Un asistente susurra a tu oído alguna cosa respecto de tu auditorio. Quizá te recuerde que estás en Ixtapan del Oro en el Estado de México, Amatlán de Cañas en  Nayarit o en Sierra Mojada, Coahuila, porque con el ritmo de la gira ya no distingues el pueblo en el que te toca arengar exactamente lo mismo: repetir precisamente la dosis de retórica que, heredada de las glorias de la revolución (tricolor, morena, azteca o “clasemediera” albiazul) has torcido para salpicarla de modernidad sin traicionar el efecto mareador y demagógico de siempre. - ¡Pinches pueblos! si son todos iguales-, ni falta que hace distinguir si es Michoacán, Guanajuato o Oaxaca, o lo que sea. Todos llenos de indios calzonudos, con llagas en las patas y las manos ajadas, y la misma mirada semi perdida que no determina si fijarse en un punto específico, si condenar con esos ojos prietos y profundos, si descubrir la escarcha helada de la indiferencia y la costumbre de aguantar.

Otro asesor te recuerda que al menos repitas cuarenta y tres veces en tu discurso la palabra “pobre”, y que no te olvides de hacer valer tus estribillos de honradez, manos limpias, honestidad valiente, casa para todos. Que no se te olvide hablar del pueblo ganador y esas cosas, del mundo del mañana, del progreso para todos, de que tú sí sabes como hacerlo, y mucho menos despepitar contra el imperialismo yanqui que, además de ser lo de hoy en la grotesca figura de Donald Trump, le cae muy bien a lo que, para tu asesor, es una manada pastoreada a la plaza principal con tal de que en la tele, en el noticiario de la noche, ante los tuiteros, en fin, se perciba una ebullición total por tu presencia.

Claro que tienes en las manos una tarjeta tamaño media carta que contiene una lista de los problemas más sensible de la comunidad en la que actualmente te encuentras -¿Cómo dijiste que se llamaba este pueblo?-, preguntas al asesor. Una tarjeta que sintetiza el análisis económico, demográfico, jurídico y sociológico que confeccionaron ciertos expertos que conforman tu equipo intelectual. Pero también está claro que te importa muy poco la lucha entre grupos étnicos, la hegemonía del cacique local, los feminicidios; te importa un rábano la distancia que existe entre el abrevadero local de agua potable y las viviendas más alejadas, la fosa clandestina…

Tu mente está centrada en lo que te dirá el último de los asesores que susurrará a tu oído antes de que comience tu discurso. En eso que tendrá que ver con lo que dicen los otros candidatos de ti, con lo que alegan sus seguidores, con lo que amarra el presidente, o tu patrocinador, con lo que, tu equipo de estrategia, considera una trampa a tu campaña, un esquirol en la muchedumbre.

Esto es una lucha de poder, y lo sabes muy bien. Y de ello, poco o nada sabrán todos estos que se encuentran ante ti, que se asolean desde muy temprano y respiran el polvo que generan las calles sin pavimentar. Todos estos que fueron convocados, organizados, transportados y debidamente remunerados por tu equipo de logística y acción social para aclamar tus arengas y ocurrencias que a estas alturas ya han borrado cualquier diferencia o frontera ideológica, ya te han hecho el mismo crisol de franquicias multicolores, intercambiables, utilitarias para hacerte del poder en nombre propio y de todos los que alimentan las consabidas opciones políticas.

Nada saben y poco te importa, porque en tu mente solamente existe una idea fija que es no dejar que te arrebaten lo que consideras ya como tuyo, por lo que luchaste ante la adversidad, llámese camino minado por descalificaciones políticas, acciones legales dirigidas a tu inhabilitación, competencia interna en tu partido con miembros fuertes del gabinete, o la desagradable tarea de filtrar a la prensa el pequeño (gran) patrimonio ilegítimo de tu contrincante para sacarlo de la contienda.

Qué van a saber éstos, que regresarán hoy como siempre a sus casas sin piso firme, a su letrina improvisada y olorosa, a su coperacha vecinal para enterrar a sus muertitos, a la tanda, a la quincena “Godínez”, al pago mensualizado de las vacaciones, a su misma miseria de siempre estacionada en un televisor a color en el que te verán a ti, como a tantos otros han visto, jurar guardar una constitución con la mirada en el sueño guajiro de cruzarte eventualmente una banda presidencial de seda y oro sobre el pecho henchido, y cuyo costo de elaboración quizá podría financiarles algunos meses de frijol, tortilla y chile verde a esos a quienes hoy pides su voto.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.

 

 

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