Adicto

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Adicto

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 05 de abril de 2018
Cine, Adicto, Puncture
Adicto

La injusticia es mucho más que la falta de justicia, es ir en contra de los principios del orden y el respeto social, es negar derechos, equidad y valores morales. Porque algo justo es aquello que sigue leyes y razones, que no es más ni menos sino lo exacto, lo correcto, lo cordial, lo que debe hacerse, pero no idealmente, sino como corresponde.

En 1998 los abogados Mike Weiss y Paul Danzinger iniciaron acciones legales a favor de la promoción de la ‘jeringa de seguridad’, una jeringa que evita pinchazos accidentales y no puede reusarse, lo que protege a enfermeras, doctores y hasta a otros pacientes de infectarse con agujas contaminadas. La demanda contra uno de los varios Departamentos de Compras que existen en Estados Unidos se convirtió en una importante batalla para la salud pública, pues se les exigía que, por ley, dejaran de distribuir en hospitales las jeringas de plástico tradicionales y reemplazar por la jeringa de seguridad.

La película Adicto (EUA, 2011), dirigida por Adam Kassen y Mark Kassen, con un guión de Chris Lopata, que se basa en la historia por autoría de Ela Thier y Paul Danziger, relata estos hechos y la forma como se desenvuelven dentro del proceso de lucha de Weiss y Danzinger.

Protagonizada por Chris Evans, Mark Kassen, Marshall Bell, Brett Cullen y Vinessa Shaw, la historia se centra en Mike Weiss, un abogado adicto a las drogas, quien junto con su compañero de profesión se especializan en demandas por accidentes, que normalmente nunca llegan a juicio, sino que son arregladas por acuerdos entre ambas partes; en corto, casos rápidos, ágiles y con facilidad para dejarles, probablemente, altos ingresos.

A ellos se acerca Jeffrey Dancort, un ingeniero que ha inventado una jeringa con un mecanismo especial que la hace no reusable, pero, además, segura contra pinchazos accidentales. Mike y Paul se ponen a investigar la viabilidad de la demanda y la persona u organización correspondiente a quien se le tiene que exigir la distribución de este producto para la protección de enfermeras, doctores y pacientes en los hospitales.

La información que van descubriendo es abrumadora, no sólo respecto a los alarmantes datos, como los 800 mil accidentes al año registrados con agujas infectadas en los hospitales de Estados Unidos, sino también respecto a todo el manejo burocrático y de negocios que significa la producción, distribución y consumo de jeringas y otros materiales médicos, por lo menos en ese país.

Dancort les explica, por ejemplo, que para que un producto llegue a los hospitales (sillas de ruedas, bastones, inodoros, etcétera), el productor primero debe pagar una considerable suma para poder asistir a una convención especial. El pago es sólo por asistir; presentar y llegar a acuerdos puede costar millones. Los abogados llegan rápido a la conclusión de que la negativa para que los hospitales acepten la jeringa de seguridad proviene de intereses monetarios de esferas de poder, mucho más arriba de lo que inicialmente pensaron. Específicamente, el Departamento de Compras que se encarga de la transacción compra-venta en diferentes industrias, en este caso la médica, de la que se encomienda a este grupo, pero también un negocio que involucra a políticos, bancos, inversores y todo el sistema de salud, público y privado, del país.

“¿Podemos demandar a un hospital por no comprar algo que salva vidas?”, cuestiona en un punto Dancort, quien dice que ha ido a por lo menos 2000 hospitales con su propuesta y ninguno de ellos ha aceptado. Weiss sigue el mismo camino y descubre que el motivo es sencillo, la elección no está en sus manos, no elige la gente que trabaja con los pacientes y con las agujas, sino las personas que buscan hacer negocio con la compra y distribución de los productos, gente que no tiene que ver directamente con el problema y que, por ende, no se preocupa por tal, que se interesa, en todo caso, por la transacción que más le convenga a su bolsillo. De hecho Weiss rebota por varios otros departamentos, el de infecciones, suministro y hasta contratos de compra de los hospitales, hasta dar con el organismo con quien se tiene que tratar directamente el problema.

El escenario es un ejemplo claro y simple de injusticia, pero también de la difícil lucha por hacer lo correcto, o atreverse a exigir lo correcto, y las trabas que la ley, el sistema y hasta el gobierno han logrado poner para frenarla. No tarda para que los medios masivos de comunicación comiencen a difamar a los implicados en la lucha social y hasta una Senadora en Washington, que inicialmente apoyaba la demanda, termina por echarse para atrás cuando el sector privado del sistema de salud acepta donar dinero para su siguiente campaña electoral. Estrategias para tirar un caso, pero no desestimándolo como tal, directamente, sino a la gente que lo apoya, táctica con lo que se busca, más que resolver o eliminar el problema, quitar del camino a aquellos que luchan por su solución. No es no reconocer el problema, sino ignorarlo, minimizarlo, a pesar de que se sabe que existe, negando, de alguna manera, que la solución está en sus manos, sólo que esta solución no les conviene, a sus negocios, a su avaricia corporativa, o a sus metas de ganancia monetaria a corto, mediano y largo plazo.

La historia ejemplifica esta realidad en una segunda ocasión, cuando los demandados quieren hacer un trato con el creador de la jeringa. Le piden que se retire a cambio de la compra de la patente. La propuesta es ofrecer el producto a otra compañía, una manejada por el grupo demandado, pero la maña está en quedarse con el derecho de su manufacturación para, a la larga, enterrar el producto en el olvido, porque lo que más probablemente que pasará es que la compañía adquirente evalúe la viabilidad de la producción y elija no proceder con la producción, para evitar gastos excesivos. Se trata, en esencia, de desaparecer la demanda y a los demandantes, crear un monopolio y eliminar a la competencia directa, un producto similar al suyo pero mejor. Aceptar la propuesta es, para los demandantes, ganar dinero pero perder la lucha, una decisión que se vuelve complicada debido a la situación en la que la gente de poder, que controla el sistema, ha arrinconado a los abogados, a quienes nadie ya podrán subcontratar para trabajar con ellos, producto de una serie de difamaciones, acuerdos y presiones en su contra.

Weiss se acerca al abogado contrario y le pregunta si sus clientes alguna vez consideraron llegar a un acuerdo monetario, no de retiro de la demanda, sino de negociación para liquidarla. El otro hombre le dice que no, porque si aceptan un trato entre las partes, sentará precedentes y pronto miles de personas comenzarán a realizar sus propias demandas contra ellos, esperando llegar a su propio acuerdo.

Estas palabras ejemplifican la forma de actuar de las grandes corporaciones, más notablemente cuando el otro abogado le dice a Weiss que gane o pierda, el caso no logrará un verdadero cambio. Pone de ejemplo a la industria tabacalera, cuya demanda en su contra hecha décadas atrás, a la larga, no cambió su manera de operar ni la maximización de la ganancia. Los cigarros se siguen vendiendo de manera legal en todas partes y miles de personas siguen muriendo al año por el daño a su salud provocado por fumar, le recuerda el abogado contrario a Weiss, quien para entonces ya está convencido de que la lucha por la justicia es más grande que él, su compañero, el inventor de la jeringa y hasta la mujer que, en la película, los contactó inicialmente, y quien para entonces ya ha fallecido, debido a que, misteriosamente, su seguro fue suspendido y su tratamiento contra el SIDA, de lo que se infectó al pincharse accidentalmente con una aguja, interrumpido.

Eventualmente para Weiss ganar o perder es lo de menos, porque lo importante era hacer lo correcto. Su manera de pensar es un sentir más personal que profesional, porque su adicción a las drogas se ha convertido en un problema que no puede controlar. La lucha social que lidera se vuelve un reto en efecto por su adicción a las drogas, y vivir o morir deja de ser relevante cuando, a través de la demanda, encuentra un motivo por el cual sentirse útil, aportando con su trabajo y ganándose su papel en la historia, una relevancia que es mucho más de lo que pudo aspirar, pero en un caso que es mucho más grande que él y que sabe, como le dijeron, no puede realmente ganar, en el sentido de cambio y justicia social, no sólo respecto al caso específico que tiene entre las manos, la demanda de su cliente.

Dancort no acepta la propuesta de compra-venta de su patente y Weiss muere por una sobredosis. En la vida real, tal como también lo dibuja la historia, nunca se esclareció por completo si la sobredosis fue accidental, como se asumió, o si fungió como una mentira orquestada de un plan de asesinato en un intento por frenar que el caso legal llegara a juicio. Sólo años más tarde el abogado Mark Lanier, invitado por Danzinger a unirse al equipo, resolvió el acuerdo.

Tal como lo previó el abogado de la empresa demandada, a la larga la situación no cambió por completo; la jeringa de seguridad fue adoptada por algunos hospitales y sectores médicos, pero en muchos otros se sigue utilizando la más tradicional de plástico, causando miles de accidentes al año, eso sin incluir todas aquellas enfermedades que se propagan, en el mundo, causadas por jeringas que son reutilizadas.

Una batalla ganada, pero ¿un verdadero cambio? ¿Cómo pelear por la justicia cuando es aceptado definir a la injusticia como la falta de justicia, a pesar de ser mucho más que eso, a pesar de ser, también, romper las reglas, pisotear los valores humanos y los derechos de los ciudadanos, e incluso actuar, en cierta medida, en contra de las demás personas, su vida y su integridad? Si las empresas demandadas hieren, por lo menos indirectamente a las personas, ¿no sería ‘justo’ que se hiciera justicia en nombre de aquellos a los que afecta? Casos como el que aquí se presentan tienen un eco que refleja, demuestra y expresa una realidad más cotidiana que justa. Pero justicia no es un idealismo o una utopía, o por lo menos, no debería serlo.

Ficha técnica: Adicto - Puncture

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