Pompeya

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 16 de febrero de 2018
Cine, Pompeya, Pompeii
Pompeya

Dice el dicho que lo importante no es la meta, sino el camino recorrido. En el cine lo importante es la meta y el camino recorrido, ambos tienen particular significado. Una película no sólo tiene que saber a dónde quiere llegar, sino también cómo hacerlo y, aunque el fin último es primordial, lo que lleva a alcanzarlo también lo es. Esto significa que es tan importante definir la meta hacia donde se dirige el protagonista como hacer que su viaje, los obstáculos que enfrenta y las lecciones que aprende, sean igual de satisfactorias, relevantes y envolventes.

No sólo es que haya sorpresas, altibajos, descubrimientos y cambio para los personajes en el desarrollo del relato, es también que éstos tengan su eco significativo, su porqué con la progresión creciente, que haya tensión narrativa y dramática, elemento esencial en una historia.

Conocer de antemano el final de un relato no significa imposibilidad para disfrutar la línea de acción que encamina a los personajes en su aventura, pero, si el camino es inconsistente, insustancial, vacío y sin relevancia, entonces la película finalmente también lo será. Así sucede en Pompeya (Canadá-Alemania-EUA, 2014), proyecto dirigido por Paul W. S. Anderson, escrito por Janet Scott Batchler, Lee Batchler y Michael Robert Johnson, y protagonizado por Kit Harington, Emily Browning, Kiefer Sutherland, Adewale Akinnuoye-Agbaje, Carrie-Anne Moss, Jessica Lucas y Jared Harris.

La historia trata de un esclavo que, en la época del Imperio Romano, llega a Pompeya convertido en peleador de entretenimiento, un gladiador. Entonces conoce y se enamora de una joven que ha huido de la superficialidad, como califica a Roma, pero quien se encuentra con una ciudad bajo el mando de un Tribuno que persigue su afecto, al tiempo que pretende gobernar con mano dura y en su beneficio. Todo mientras el volcán de la isla está a punto de estallar y devastar la región.

La esencia de la historia, su premisa, jóvenes unidos contra un gobierno autoritario que divide a su sociedad en clases, en donde las de menor rango son subyugadas, es suficiente para trazar una historia con temática relevante, como la lucha de clases, la rebelión, la importancia del pensamiento autónomo y hasta la estrategia de guerra, más el elemento naturaleza y la erupción del volcán, que pudo haber permitido hablar incluso de la ciencia, las creencias, la fe, la religión y las normas culturales.  Sin embargo, la historia desperdicia todos estos elementos potenciales y se enfoca en un relato vacío, sin sustento, donde el escenario se desaprovecha y los personajes se plantean de una manera banal y unidimensional, carentes de matices o dimensiones.

El contexto histórico real, la erupción del volcán Vesubio en el año 79 d. C., debería fungir como parte de un escenario que no sólo dé ambientación a la narración, y de paso otorgue a la película categoría de ‘historia sobre desastres naturales’, sino que debería ser un marco que abra paso para hablar o representar una realidad histórica en todas sus ramificaciones: la vida y organización socio-política en la Antigua Roma, la forma de pensamiento de los ciudadanos, gobernantes y esclavos, o la perspectiva crítica de una realidad, de un gobierno y de un sistema de esclavitud, visto desde aquellos que lo viven desde sus diferentes flancos, con sus distintos puntos de vista.

La película, en cambio, se conforma y decide no abordar temáticamente el contexto, dejando que el escenario sirva como mero elemento decorativo para desplegar con sus efectos especiales el evento conocido, la erupción del volcán que dejó enterrada a toda una ciudad bajo la lava.

En este caso, conocer el desenlace no tiene por qué hacer el recorrido menos interesante; conocer el desenlace significa obligarse a presentar una histórica trascendente, en cualquier ámbito, en su temática, en sus personajes, sus historias y lo que viven. Si es un romance, que el romance sea extraordinario, si es una lucha contra un tirano, que la lucha tenga un motivo y un impacto, si es una historia de vida, que lo que atraviesa el personaje tenga un sustento significativo. Saber que la ciudad quedará devastada no forzosamente hará que recorrer con los personajes su viaje sea un desperdicio, siempre y cuando la historia sea envolvente y propositiva.

Esto no sucede aquí y el problema tiene dos raíces principales; una es que la historia no tiene un sustento temático, no habla de nada y no va a ninguna parte, pero también porque lo que viven los personajes (quiénes son, qué quieren y cómo piensan) está tan poco desarrollado, es tan vago, superficial e intrascendente, que nunca llega a conectar con el espectador, ni siquiera llega a haber conexión entre los protagonistas, entre los personajes mismos.

El elemento al que se aferra la historia es, específicamente, el romance entre el esclavo Milo y la joven hija de unos comerciantes, Cassia. El problema es que la relación entre ellos no se toma su tiempo para ser tan creíble como significativa. En esencia porque ni los personajes saben quiénes son, qué quieren y hacia dónde van. Si no fuera por la amenaza de la erupción del Vesubio, ¿huirían juntos? ¿Qué pasaría una vez que lograran escapar de la realidad que viven y que ambos parecen rechazar? La película no se preocupa por exponerlo ni explorarlo, se limita a poner a sus protagonistas frente a la pantalla y enviarlos a interactuar sin base alguna.

El motivo es que los personajes son acartonados, arquetipos convertidos en clichés que no tienen dimensiones de pensamiento más allá de la única característica que los define. Corvus, por ejemplo, gobernante romano en la ciudad, villano o antagonista en la historia, es cruel por el simple hecho de ser cruel, un tirano que busca adquirir poder y asesinar a quien se le pone en su camino. El papel como está representado es eficiente en el sentido de que su presencia es una amenaza latente que impide que los protagonistas estén juntos, incluso que logren sobrevivir. Pero el personaje es malo sólo por ser malo y eso, en una narrativa cinematográfica, sólo funciona hasta cierto nivel, uno simplista y trivial. ¿Qué lo hace ser malo? ¿Qué vivió en su pasado que le ha hecho ser como es? ¿Por qué busca el poder o en todo caso cuál es su fin último?, en otras palabras, ¿qué gana o qué pierde con sus acciones, si ya es Tribuno, la máxima autoridad en Pompeya? Las respuestas a estas preguntas podrían hacerlo más ‘humano’, más real, menos plano, pero la narrativa no se interesa en contestar.

Esta serie de detalles hacen que el guión, la historia que se cuenta, sea insubstancial, tan vacía de contenido que más allá de sus muchos efectos especiales, peleas de gladiadores o explosiones del volcán, no tiene un contenido que desplegar. ¿Qué le dice al espectador? ¿De qué le habla? ¿Con qué se queda éste una vez que finaliza la película?

No es lo único que falla en el guión, pues también se llena inconsistencias que derivan en una historia forzada, hasta exagerada. Si el objetivo de los protagonistas es salvarse, los dos factores de riesgo para que esto no se cumpla, la tiranía de Corvus y la erupción del volcán, tienen que estar presentes, amenazantes constantemente durante todo el relato. Si esto no sucede, como es el caso, lo que resulta es un planteamiento, nudo y desenlace faltos de enfoque, improvisando con tal de avanzar la historia y conforme la situación lo encuentre útil, no importa si lo que sucede no es lógico o verosímil. Si para los protagonistas lo importante no es vivir o morir, sino encontrar algo por qué luchar, entonces la historia nunca hace eco de este ‘deseo motivacional’, lo que hace que parezca que sale de la nada.

El ‘set up y pay off’ es una herramienta narrativa que se usa para establecer coherencia en el desarrollo de una trama y sus personajes. Por ejemplo, si al final de una película el héroe sale ganador en la batalla gracias a su habilidad e ingenio con la espada (el pay off), la historia debió haber establecido desde el planteamiento (el set up) que, en efecto, el personaje es bueno en el uso de esta arma. Así, cuando el héroe triunfa, la historia tiene su lógica en sí misma. No es algo sacado de último minuto, es algo ya establecido dentro de la narrativa.

En Pompeya muchas cosas aparecen sólo porque sí, sobre todo en cuanto a la habilidad de los personajes para resolver problemas, evidenciando que no hubo una adecuada introducción de estos elementos. Por ejemplo, cuando los padres de Cassia mueren y le piden a Milo que la salve, la motivación del discurso de ellos no tiene el sustento afectivo que se necesita para que la escena sea realmente significativa. Lo que se necesitaba era mostrar en pantalla, en acciones y no sólo en palabras, la protección de los padres hacia su hija, demostrar cuánto lo amaban y cuánto desea ella huir de su vida en Pompeya. Pero si los padres se pasan toda la historia más preocupados por venderle al Tribuno la idea de cómo invertir con ellos para renovar la ciudad, e incluso dejan que él insulte a la familia sólo porque es el gobernante, entonces la situación tiene poco impacto narrativo y dramático. Y si la idea es representar con este distanciamiento el carácter independiente de la joven, alejada de una sobreprotección de sus padres, entonces la película también falla en lograr que el personaje de Cassia sea entendido de esta manera, porque nunca lo demuestra, ni en acciones ni en palabras.

Otro ejemplo de este calibre es Milo, un esclavo sin opiniones propias sobre temas como la esclavitud, la venganza hacia Corvus y hasta la furia de los dioses en una perspectiva entre la cultura romana y la suya, la celta. Sin personalidad que lo defina, Milo se vuelve un líder de la noche a la mañana. La historia no se toma tiempo para justificar esto, ¿desde cuándo es un buen peleador? ¿Cómo sabe de estrategias de batalla? ¿Qué significa para él la libertad o la rebelión de los oprimidos? ¿Cree que el cambio en la organización social es posible? Una vez que se topa con Corvus, quiere venganza contra él, porque éste mató a sus padres pero, antes de ello, qué pretendía, ¿morir, huir, pelear o sólo matar?

Las escenas que vemos cumplen con la función de avanzar la historia, llevan a los personajes de un punto a otro, pero poco hacen por profundizar el contenido o darles una opinión respecto a sus vidas y lo que viven. Esta forma directa y lineal como avanza el relato lo hace superficial; el qué sucede no importa porque el espectador nunca conoce realmente a los personajes. ¿Qué razones da la historia para preocuparse por los protagonistas? ¿Qué quieren, por qué pelean o qué los hace querer estar juntos? La construcción de sus perfiles es nula y la construcción de la trama, en consecuencia, también es tan apresurada como intrascendente; debería sustentarse en dos puntos únicos, el romance entre Cassia y Milo y la erupción del volcán, pero los dos pilares están huecos, incapaces de sostenerse por ellos mismos.

El primero porque no alcanza a representar una relación única, el enamoramiento no se desenvuelve en forma natural; los jóvenes apenas se conocen y ya dicen que el otro es lo más importante en sus vidas. Y el segundo porque es sólo un elemento de fondo: si los romanos creían que la devastación provocada por el volcán podía tratarse de un castigo de los dioses, o si en ese entonces había distintos dioses, lo mejor hubiera sido ampliar el tema abordando la idea de que una deidad les exige, les ‘habla’ o les castiga. Si por lo menos los personajes reconocieran la presencia del volcán en lugar de ignorar la destrucción a su alrededor, incluso en los momentos más críticos, el contexto histórico, Pompeya, el Vesubio, tendrían una justificación narrativa, representarían un aporte a la historia, algo no sólo circunstancial.

Pompeya, la película, entre sin razones y dinámicas forzadas se pierde en un mundo de parafernalia visual que, en el fondo, no encuentra su motivo de ser, provocando que ni la meta ni el recorrido sean atrayentes u originales. ¿Es esto suficiente? Una historia así, trivial de principio a fin, no lo es.

Ficha técnica: Pompeya

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