Metrópolis

Mis días de cineDiana Miriam Alcántara Meléndez

Metrópolis

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Escrito por Diana Miriam Alcántara Meléndez 02 de noviembre de 2017
Cine
Metrópolis

Lo mecanizado implica un proceso para operar con maquinaria, que se traduce en una tendencia a la automatización, es decir, algo que se ejecuta bajo un programa preestablecido, sin reflexión propia por el ejecutante sobre las acciones que se realizan. Por la forma operativa como las máquinas funcionan, la palabra bien sirve para definirlas, pero a veces el hombre, en su organización y respuesta predispuesta, sin consciencia, también actúa de esta manera.

La película Metrópolis (República de Weimar, 1927), considerada ‘Memoria del Mundo’ por la Unesco y exponente de la corriente del expresionismo alemán, fue dirigida por Fritz Lang y escrita por éste junto a Thea von Harbou, inspirándose en una novela de 1926 de ella misma. Protagonizada por Brigitte Helm, Gustav Fröhlich, Alfred Abel y Rudolf Klein-Rogge, la historia trata de una sociedad futurista en la que las clases sociales están marcadamente divididas. La clase adinerada y en el poder vive los lujos que obtiene del trabajo de la clase obrera, que literalmente vive bajo tierra, trabajando excesivamente con jornadas de explotación laboral. La ‘alienación del trabajo’ en términos de Karl Marx (1818-1883), cuya teoría dice que en el sistema capitalista, el trabajador, la fuerza de trabajo, no es tratado como una persona, sino como una mercancía, utilizable y equivalente a dinero. El trabajo asalariado es la forma de explotación que opera en el sistema basado en la acumulación de capital y la búsqueda de la ganancia máxima.

Los obreros en la película, sin embargo, reciben esperanza de María, la hija de uno de estos trabajadores, cuyo discurso de unión y solidaridad mantiene a la clase social de abajo deseando un cambio y, más importante, la posibilidad de éste. La esperanza aparece como una política del cambio.

El señor Fredersen, el dirigente de la ciudad, intenta encontrar una forma de mantener a sus trabajadores alienados, poniendo medidas que limitan la libertad de pensamiento de los obreros, específicamente con jornadas laborales excesivas y trabajos mecanizados que han vuelto a las personas sumisas, obedientes, domesticadas y automáticas, retrato muy cercano a la realidad del mundo neoliberal capitalista en que vivimos. Su hijo, por su parte, aprende de la realidad del mundo en el que vive cuando un día decide seguir a María, de quien se enamora. Allí descubre una verdad que hasta entonces desconocía, tanto por desidia como por ignorancia: que sus similares no viven en un mismo ambiente como él, que sus similares, por el hecho de ser trabajadores, obreros, son tratados diferente, que la gente, que es, vive y piensa como él, tiene un estilo de vida muy distinto sólo por provenir de una clase social que la organización social considera inferior o superior.

Freder se pregunta cómo es que su padre es capaz de tratar así a las personas y someterlas a una explotación laboral como la que viven los obreros. Le pregunta entonces qué pasaría si los obreros se unieran y se pusieran en su contra, sabiendo no sólo que los trabajadores son mayoría, sino que ellos son quienes con sus manos han edificado la ciudad.

María, que lidera a un grupo de obreros que buscan mejores oportunidades, menciona que, en efecto, la ciudad es producto de su trabajo; ellos, los obreros, construyeron los edificios y hacen a la ciudad funcionar, porque son ellos quienes manejan las máquinas que hacen que todo tenga ‘vida’; alguien tiene que activarla, encender los generadores de luz, por ejemplo, o los sistemas de transporte. El trabajo vivo y la capacidad de la fuerza de trabajo de los obreros es lo que inyecta energía a la ciudad, es la que produce los bienes y servicios que usan los de la élite supuestamente superior, pero que sólo son en realidad, los poseedores de la riqueza social.

La joven insiste que la clave es el balance, que se logre alcanzar un entendimiento entre el planeador y el constructor, es decir, entre el dueño de los medios de producción y los obreros que los trabajan. En esta ciudad, Metrópolis, esto no sucede y el resultado es un grupo de empleados explotados, descontentos y condicionados, frente un grupo de empleadores que en su afán de hacer su proyecto funcionar, han recurrido a un sistema falto de humanidad y de ética hacia las personas que para ellos trabajan.

Tanto María como Freder llaman a los otros ciudadanos ‘hermanos’, porque son gente como ellos, alguien que respira, sonríe, anhela y sufre. Estos dos personajes muestran empatía por la gente que les rodea, porque los ven como similares, no más, no menos, sino equivalentes. Y como tal se preguntan, ¿por qué algunos tienen más o menos que otros, si todos somos iguales? ¿Por qué hay privilegiados y explotados, si todos en Metrópolis son ciudadanos que conviven en un mismo mundo?

Pero el señor Fredersen tiene un nuevo plan de control, gracias a la llegada de las máquinas y específicamente de los robots, uno además muy similar, en especial físicamente, a los humanos. “He creado una máquina a imagen del hombre, pero que nunca descansa ni comete errores. Ya no necesitamos trabajadores”, le dice el inventor de este robot al señor Fredersen. Dicha pretensión se encuentra presente también en el capitalismo neoliberal que ha puesto la ciencia y la tecnología a su servicio, para crear máquinas a semejanza de seres humanos, para realizar las más diversas tareas de producción, comunicación e incluso de vigilancia y supervisión de los trabajadores.

El robot que el inventor propone, presentándolo como la máquina que no se equivoca y tampoco descansa, implica un ‘trabajador’ al que se le puede explotar, creyendo que esto es mejor para el humano, o para un grupo exclusivo de ellos; no previendo las fallas que la máquina pueda sufrir, a corto, mediano o largo plazo. Las personas miran el beneficio, su beneficio, al usar la máquina, el invento, pero no vislumbran los contras que su presencia y su uso puedan traer consigo, sino hasta que ya es demasiado tarde y los hayan ya rebasado, a él y a su sociedad.

La idea de Fredersen es reemplazar con máquinas, a las cuales controle mejor y más precisamente, a todos los trabajadores; sustituirlos, aprovechando que el sistema ya está mecanizado en muchos sentidos, en una ciudad que trabaja gracias a tecnología e industria masiva que ha vuelto al mundo y los medios de producción una serie de procesos coordinados, con reglas estrictas diseñadas para beneficiar a pocos a costa del trabajo de los muchos.

Lo que la clase pudiente en esta sociedad quiere es construcciones que les beneficien a ellos, no a la mayoría; lo que quieren es trabajadores que obedezcan, que no piensen, que hagan lo que les dicen. Lo han logrado explotando a los obreros, pero pretenden dar el siguiente paso con las máquinas, esperando que éstas, debido a sus programas, realmente no piensen o piensen menos que el hombre.

El problema de los obreros no es rebelarse, es hacerlo sin entender el proceso que se generará si lo hacen, es no tener presente un panorama claro de lo que esto implica. Están tan predeterminados a actuar y pensar de una cierta forma, la que la clase alta les dice, que no saben cómo expresarse o cómo conseguir lo que desean. María pide paz y empatía, cordialidad y diálogo entre las partes, pero lo que el señor Fredersen logra, convirtiendo al robot a semejanza de María y haciéndole tomar el lugar de la chica, es despertar el caos entre las personas, incitándolas a la violencia.

Lo que el señor Fredersen busca alcanzar no sólo es crear conflicto para después mostrarse él como el salvador, sino lograr que los propios obreros se destruyan a ellos mismos, como personas, actuando en contra de su sociedad, pero también como medio de producción primordial. Que su fuerza se convierta en su perdición y que la destrucción, en lugar de dar paso a la revolución, haga a la gente más dócil, más sometida, más manipulable.

Lo que se espera es destruirlo todo para reconstruir desde cero, según los deseos e intereses de una clase exclusiva y sin tomar en cuenta lo que la mayoría de la población necesita.

El plan que María propone es enmendar errores, cambiar, adaptarse en lugar de voltear la cara al problema. Frederse llama, a través del robot María, a destruir a las máquinas viejas para que las nuevas y mejores lleguen a sustituirlas, incluso sí éstas aún son funcionales. Su pensamiento no sólo es el de reemplazar, sino que la máquina está por encima del hombre, y específicamente del obrero.

Cuando los obreros se deciden destruir su ciudad, bajo suelo, tampoco entienden que el sistema en que viven, en el que han dejado reinar a la máquina por sobre ellos, depende tanto ya de estos inventos que, destruir a las máquinas significa destruirlo todo, destruirse ellos mismos.

En un mundo lleno de aparatos industrializados, es el hombre el que actúa como robot, de forma mecanizada, como bien lo representa la película con el actuar de los obreros. Son ellos los que ya no se detienen a pensar, porque trabajando más de diez horas al día, limitan su tiempo de recreación y reflexión, reaccionan sin crítica y omiten el análisis, porque ya están tan acostumbrados a hacer lo que se les dicta que ellos mismos no saben cómo observar el contexto, para entonces tomar decisiones.

Uno de los ejemplos que explica María, para demostrar la calidad de su situación, es el de la Torre de Babel, una edificación que promete unificación pero que, al final, es construida por la mayoría, para complacer a una minoría; un lugar donde haya un solo lenguaje, pero en donde los arquitectos no pueden si quiera comunicarse para hacerla una realidad. “Alabanza de pocos, tormento de muchos”, explica la joven, señalando que el profesar un estado de unión y hermandad no debe limitarse a las palabras y las promesas, sino que debe traducirse también en acciones.

Cuando María dice que debe haber un entendimiento entre quienes planean la construcción y quienes la llevan a cabo, ella habla de un elemento clave para que esto suceda, corazón; algo que, no sólo no tiene la máquina, y no lo entiende tampoco, sino que no es mecánico, más bien cambiante, porque se adapta a la realidad del contexto y de la gente, como valor humano, reflexivo, que requiere de análisis y empatía. Ese es el meollo del asunto: ¿cuáles son los valores que la ética social debe reconocer para construir una sociedad verdaderamente humana?

Ficha técnica: Metrópolis

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