Casi idéntico

EDITORIAL ENRIQUE IRAZOQUI

Finalmente y tal como lo indica la ley el Gobierno federal envió el proyecto de presupuesto de ingresos y gastos para el año 2021 al Congreso de la Unión.


El proyecto contempla una disminución real del gasto de un 0.3 por ciento, para llegar a la friolera de 6 billones 257 mil millones de pesos. El ingreso que la Secretaría de Hacienda espera es de 5 billones 539 mil millones, con una caída calculada de 3 % respecto a lo que se piensa recaudar en este funesto 2020.

Como es evidente, existe un diferencial entre el gasto presupuesto contra el ingreso, una cifra así como de 718 mil millones que de algún lado saldrán, y sí, lo más lógico es que incremente la deuda pública, que con estos números significan un apalancamiento extra de 2 puntos porcentuales del total del Producto Interno Bruto.

Todo indica que el Gobierno está siendo consciente de que la pandemia del COVID toca a todos en lo que respecta a lo económico y eso claramente se nota en la manera en que el Ejecutivo federal está pensando administrar los recursos públicos el año entrante.

De primera se nota que la postura de la Federación es ejercer un gasto controlado y que sigue en la decisión del presidente el no apalancar más la economía en aras de impulsar su activación como lo han hecho la mayoría de las naciones prósperas del mundo libre vía endeudamiento, decisión que solo el tiempo dirá si fue acertada o no.

El problema viene cuando uno desglosa las partidas destinadas para 2021 y en ellas se encuentra la obstinación del licenciado López Obrador en sus ideas. Destinará carretadas millonarias a su proyecto del Tren Maya, a la terquedad de la refinería de Dos Bocas para su natal estado (ambos proyectos son inviables desde el punto de vista operativo económico, pero al presidente no le importa eso) y también para las obras del aeropuerto parche que está construyendo en la base militar de Santa Lucía, remedo de lo que sería el Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco, símbolo de la corrupción, según el presidente López, del Gobierno de Peña y signo inequívoco de que, con la cancelación de una obra en marcha, a la Administración actual le importa más dejar claro quién tiene el control y no la razón.

Otro renglón importante del proyecto presupuestario es la reducción de una en las transferencias estatales de un 5.5 %. Para el caso de Coahuila esto significa mil 425 millones menos que, al igual que el resto de los estados, estarán sufriendo más que la propia Federación, que apenas recorta su gasto en 0.3 %.

Así entonces, la lectura parece muy sencilla. Andrés Manuel López Obrador conquistó el poder basado en par de premisas. La primera, verdadera e indiscutible, es que era momento de poner un "ya basta" a la corrupción rampante que se suscitó en la presidencia de Enrique Peña Nieto (es indudable que la corrupción era ya desde hace mucho un problema severo en la vida pública mexicana), desde el asunto de la Casa Blanca de su señora hasta la pandilla de gobernadores corruptos y descarados que jóvenes llegaron a sus respectivas magistraturas bajo las siglas del otrora partidazo, el PRI. La segunda es aprovecharse de un pueblo pobremente educado vendiéndoles la idea de que con él la pobreza y las calamidades se apartarían de México simplemente con el sistema de dádivas.

Lo que está detrás de lo segundo es el control de votos que comprará con dinero público de todos. Nadie puede negar desde la razón que los mexicanos más pobres o que se encuentran en la miseria deben ser auxiliados por el Estado para subsistir, pero de eso a crear un sistema permanente de regalar dinero a cambio de votos es otra cosa.

No se vale lo que López Obrador les va a hacer a las entidades federativas; les quita dinero simplemente porque el año que entra se renuevan la Cámara de Diputados y 15 gubernaturas, y el presidente pretende retener como sea la mayoría absoluta que ahora disfruta y ampliar su dominio en los Estados ganando para su partido más elecciones.

En tiempos de pandemia y de la peor crisis económica desde 1932, qué tragedia que tengamos un presidente que se dice totalmente diferente a los anteriores, pero que en la práctica es casi idéntico.

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