El arte de curar a una guitarra

Cultura SAÚL RODRÍGUEZ

Es una mañana decembrina en el Mercado Juárez de Torreón. Pablo Álvarez García arriba a su local y apoya sus 62 años de vida sobre esas muletas que ha usado desde niño. La cortina metálica se levanta. Se vislumbran tesoros hechos de madera y cuerdas; se trata de un pequeño taller. Don Pablo empieza a separar sus guitarras, una a una las para en el piso y las recarga en un muro.

La relación entre don Pablo y ese instrumento al que, según un poema de García Lorca, es inútil intentar callar, se gestó en el asfalto de su infancia. Era la colonia Lucio Blanco y Pablo se sentaba a observar su entorno desde una acera. Centraba su mirada en unos jóvenes que ejecutaban la guitarra y sus oídos se direccionaban hacia su sonido.

"Siempre me ponía a verlos y un día, un hermano, el mayor, me compró una guitarra sin cuerdas y dije: '¡Ya la hice! ¡Ya tengo una guitarra!'. Estaba feliz".

Entonces Pablo se apresuró a comprar unas cuerdas. Ya el oficio lo llamaba. Aprendió, como él dice, "nomás viendo". Un autodidacta titulado en la maestría de la experiencia.

El laudero recuerda a un amigo de su pubertad, su tocayo Pablo Arredondo, a quien conoció en la secundaria. "Ese amigo me hizo vago, en el buen sentido de la palabra". Con él formó un grupo donde desarrolló su técnica en la guitarra, hasta conocer cada detalle de su cuerpo acústico.

Ante la cuestión de cuáles fueron las primeras canciones que aprendió a tocar, la respuesta de don Pablo es mímica: toma una guitarra de pino color hueso, la afina, coloca su mano izquierda en el traste y con la derecha ejecuta un acorde de sol mayor, luego un si menor, enseguida un do. "No, pues canciones clásicas de aquellos tiempos. Nomás me falta el inglés", dice.

Enseguida toca un huapango. Menciona que procuraba llevarle serenata a su madre cada 10 de mayo. "Canto al pie de tu ventana, pa' que sepas que te quiero...", entona. Dice que se le quedó el apodo de "Paul", pues solía tocar mucho la canción And I Love Her de The Beatles.

Por eso, para don Pablo, la música ha sido una compañera. Asegura que es un analgésico para los momentos difíciles, cuando se presentan problemas de salud, de economía o de desamor.

"Agarras la guitarra y se te olvida por ese momento, y ya suavizas más la situación emocional que traes. La suavizas, la tranquilizas, porque la música es para mí algo espiritual. El sonido en sí sana algunas cuestiones".

ENTRE SEIS CUERDAS

Cuando una de sus guitarras se averiaba, don Pablo la arreglaba por su cuenta. El tiempo lo dotó de métodos y mañas. Poco a poco, entre los vecinos se empezó a correr la voz de que había un chico en el barrio que era capaz de arreglar cualquier guitarra. Hoy son más de 40 años que ha dedicado a la laudería, aunque apenas tiene dos que se instaló en el Mercado Juárez.

"Mucha gente que ha venido me dice: 'Vengo a traerle mi guitarra porque me recomendaron con usted, que las deja casi como nuevas'".

Menciona que algunos de sus clientes le han llevado guitarras que tienen un arraigo familiar o que entonan recuerdos de seres queridos a través de sus seis cuerdas.

"Me dicen: 'Simplemente la traigo porque para mí es un recuerdo de mi papá o de equis persona que me la regaló; tiene algo sentimentalmente hablando, entonces yo quiero repararla y seguirla conservando'. Es por esas razones. Algunos nomás las traen por eso".

Las guitarras que llegan a sus manos presentan distintas averías. Algunas tienen sus puentes despegados o se les ha levantado la madera por el calor. Otras tienen obsoleta la maquinaria y don Pablo tiene que reemplazar cada pieza. Algunas veces rescata guitarras desechadas por sus clientes, para regresarles la vida sonora y revenderlas. A la que abraza durante la entrevista le ha puesto un precio de 600 pesos.

Así, don Pablo vive su rutina en el Mercado Juárez de lunes a sábado, justo al lado del altar. Cada día cura la corteza de un instrumento con sus manos, a veces puede tardarse hasta tres semanas en una sola guitarra. Dice que es un don, que tal vez se relacione con la condición que le orillaba a gatear de infante.

"He sabido que los niños, cuando los dejan gatear en el suelo, adquieren habilidades en las manos. Pienso que es por eso. Aparte, como yo traía muleta, a veces gateaba mucho. No sé, se me facilitan mucho las cuestiones de trabajos manuales como la guitarra".

Autodidácta. Don Pablo conoció la música desde muy chico y empezó a reparar guitarras sin instrucción. (EL SIGLO DE TORREÓN / Ernesto Ramírez)

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