Argelia, Sudán y Libia: los nuevos anhelos d…

EDITORIAL JORGE ALVAREZ FUENTES

Los acontecimientos recientes en Argelia y Sudán que han desembocado en la caída de los presidentes Adelaziz Bouteflika y Omar el Bashir, dos autócratas aferrados al poder desde hace décadas, coincidiendo con el recrudecimiento de la guerra fratricida en Libia, hacen muy evidente que las complejas e inciertas transformaciones políticas en el Norte de África y el Medio Oriente continúan.

Estos escenarios de transformación han entrado en otra fase, similar en apariencia, pero distinta, más progresiva e igualmente incierta y peligrosa tanto para el bienestar de los pueblos como para la paz y la seguridad mundiales.

Lo que denotan también estos hechos, es que forman parte de una serie de procesos de largo aliento, a los que se ha dado en llamar desde 2011, de manera simplista, "las primaveras árabes", los cuales siguen mostrando dos factores centrales y contradictorios, teniendo presente sus respectivas y particulares ecuaciones nacionales: por un lado el estallido de las protestas populares en las calles de las ciudades, de una masa de jóvenes, mujeres y ciudadanos que se comunican y se movilizan por las redes sociales, dispuestos a poner fin a gobiernos corruptos, que han fallado en sus objetivos de construcción nacional; por el otro, gobiernos fincados en la fuerza de los ejércitos, sin capacidad de proponer otro orden de cosas, empezando por autoridades democráticamente electas que ofrezca pan, trabajo, justicia, una vida digna con el goce de las libertades para sus gobernados.

Esto hace de nuevo evidente que no basta con la fuerza de las movilizaciones populares y su empeño en deponer a regímenes autoritarios -constituidos sobre la base de su predominio sobre la economía y el uso de la fuerza de los militares y su enorme entourage de intereses- para encontrar una salida posible, viable, hacia adelante, capaz de establecer otra distribución del poder y de la riqueza, como ha prevalecido en otros tristes momentos de su historia reciente, surcada de guerras civiles, golpes y crímenes de lesa humanidad.

Para el pueblo argelino, por fin, llegó la oportunidad de entrar en escena con determinación para tratar de cambiar el curso de su historia, ante la insensatez de una quinta candidatura de un viejo presidente enfermo, desprovisto del mando, a la par artífice, orquestador y rehén, desde hace años, de un régimen cada vez más gerontocrático inmerso en la prolongada esclerosis que propicia la colosal renta petrolera.

Está aún por verse cuál será el desenlace en Argelia; si triunfa pronto en los hechos, a pesar de las múltiples dificultades y trampas, la voluntad de cambio volcada en las calles, o si de nuevo se frustra la "revolución", prevalece el temor a la violencia y a la ingobernabilidad y sobrevive el viejo orden establecido que descansa en las elites y los tanques, el gatopardismo de los liderazgos políticos, traicionándose los ideales de los jóvenes en sociedades polarizadas que ansían un mejor presente y futuro, como ha ocurrido en otros países vecinos.

Una circunstancial confluencia de fuerzas opositoras, pero sobre todo el hartazgo de años han forzado a los gobiernos, a los ejércitos, a los poderes fácticos, a los intereses creados en torno a los negocios a entrar -muy a su pesar- en fases de gran turbulencia, una vez subvertido el orden y en quiebra el contrato político y social entre pueblos y gobiernos, pero sin que se adviertan en el horizonte salidas políticas negociadas, con actores creíbles, con propuestas sostenibles para pactar una transición ordenada que conduzca a elecciones en tiempo y forma razonables para acordar nuevas constituciones, reglas de convivencia y finalmente nuevos gobiernos civiles, legítimos, que efectivamente rindan cuentas a sus mandantes.

Exactamente lo opuesto al caso de Libia, país que después de 8 años sigue sumido en la violencia de las milicias, los extremismos, las coartadas islamistas, las elites y los militares redentores, atrapado y dividido en un prolongado y cruel conflicto intestino, plagado de milicianos, hombres fuertes, empresarios, vendedores de armas y siniestros aliados extranjeros, obsesionados por el control y destino de las riquezas petroleras e hídricas que yacen en el subsuelo.

Que no es el caso de Sudán, que trágicamente las perdió luego de partirse en dos, y de alcanzar, finalmente, Sudán del Sur su independencia; si, el más joven país miembro de la comunidad internacional, que pronto ha sucumbido a una terrible y sangrienta guerra civil en la lucha por el poder, autocrático.

@JalvarezFuentes
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