EDITORIAL jueves 15 de may 2014, 8:01am - nota 2 de 8

La confianza rota

Por: PATRICIO DE LA FUENTE


Sin lugar a dudas

A últimas fechas, y tras una experiencia vivida en cierto viaje, pienso mucho en el prestigio, la reputación y la confianza: tres cosas fundamentales que nos pasamos la vida construyendo, pero que hay que cuidar pues al menor traspié y en un abrir y cerrar de ojos se pueden ir para jamás regresar.

Una vez rota la confianza, resulta muy difícil volver a confiar. Hoy, de México, leo y percibo en cada uno de nosotros la pérdida de esa confianza casi ciega que alguna vez sentimos por nuestros semejantes, fundamentada en que éramos un país y un mundo más probo y apegado a determinados valores que se difuminan en estos tiempos turbulentos y complicados.

Son minucias, pero las ganas de confiar en el prójimo están ahí, como reminiscencia de lo que alguna vez fuimos y que en el fondo nos gustaría ser de nuevo. Porque la confianza la perdimos poco a poco y tras agresiones sistemáticas que hoy no nos permiten creer -casi en nada ni nadie- ni en el Gobierno, ni en la iglesia, ni en los políticos, medios de comunicación, líderes de opinión, empresarios, el policía de la esquina, ni en qué clase de país nos deparará el futuro.

Hace algunos días viajé a Tulum, paraje de la Riviera Maya que pese a su sofisticación actual, conserva gran parte de la esencia de antaño: el respeto por la ecología y el ecoturismo, la preservación de los cuatro elementos agua, aire, mar y tierra y en sus habitantes, muchos llegados de otros sitios, no cabe el nivel de malicia que hay que desarrollar en las grandes metrópolis cuando se quiere sobrevivir.

Amigos me recomendaron cenar en ciertos restaurantes y eso hice, confiado, pero desconociendo que algunas partes de Tulum no cuentan con cobertura celular ni acceso a Internet inalámbrico, por ende no todos los comercios y establecimientos tienen terminales para tarjetas de crédito y muchas veces requieren el pago en efectivo, algo muy engorroso si se piensa que en este mundo de hoy, plastificado, los billetes ya se usan cada vez menos.

Llegué a uno de los sitios recomendados, fabuloso por cierto, donde fui atendido con prontitud y amabilidad por un joven y simpatiquísimo mesero uruguayo. Tierna la noche, sensacional el clima caribeño, escuché a mi interlocutor hablar orgulloso de los platillos de la carta y sugerirme, prudente, echar ojo a la lista de vinos. Eso hice, animándome por una botella de tinto de la Toscana, y a pasar una velada muy a gusto.

Oh sorpresa, descubrí que el restaurante no aceptaba ningún pago que no fuera efectivo y de inmediato, antes de que llegara el vino a la mesa, le hice saber al mesero que me iría. "Traigo dos tarjetas de crédito y con el efectivo que tengo ahorita, de plano no me alcanza para cenar aquí", recuerdo haberle comentado. Ir hasta el cajero más cercano a sacar dinero, pensé resignado en irme, tomaría cuando menos cuarenta minutos.

Mayor sorpresa, y lo que me motivó a escribir estas líneas, fue su contestación, insólita y de antología para nuestros estándares modernos de desconfianza colectiva: "No te preocupes mira, en realidad es muy sencillo. Quiero que te la pases bien, que cenes rico y que tomes tu vino con calma. Goza, disfruta y mañana regresas a pagar tu cuenta", reviró, y yo me quedé "de a tres", como dice mi abuela. Porque el mesero uruguayo no sabía mi nombre, el nombre del hotel en el que me hospedaba, si me quedaría en Tulum por mucho tiempo, o, mejor aún, si regresaría a pagarle el importe del consumo de la cena y de una botella de vino, en un lugar poco modesto en sus precios.

Cené entrada, plato fuerte, postre, la botella de vino y un café, amable, que bebí sin prisas. No pagué esa noche ni un centavo, a partir de esa cosa tan rara en nuestros días que el joven mesero uruguayo depositó en mí: su confianza absoluta. A la mañana siguiente, temprano, fui al cajero por efectivo y regresé al restaurante a cubrir el importe de mis consumos. Ahí estaba el uruguayo, quien al verme sonrió con naturalidad, saludándome afectuoso. Yo sonreía, todavía conmovido por el gesto. Sabía que honraba la palabra empeñada y, por sobre todas las cosas, su confianza.

Fue esa noche cuando medité hasta el cansancio de lo extraordinario del evento que había vivido, y en la avidez de un mundo y de un país al que le urge y precisa volver a confiar en sus semejantes, pero que no sabe cómo restituir la confianza extraviada para así, volver a creer.

Nos leemos en Twitter, sin lugar a dudas:

@patoloquasto

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