EDITORIAL jueves 24 de abr 2014, 10:22am - nota 3 de 9

De Gabo, los intelectuales y el poder

Por: PATRICIO DE LA FUENTE


Sin lugar a dudas...

"El periodismo es la profesión que más se parece al boxeo, con la ventaja de que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se permite tirar la toalla".— Gabriel García Márquez

"Gabo no se acercaba al poder, el poder se acercaba a él". Muerto Gabriel García Márquez, uno de los primeros en acudir a casa del Nobel de Literatura a dar el pésame fue Carlos Salinas de Gortari.

Salinas no oculta su relación de amistad con Gabo; narra que lo procuró queriendo acercarse a Fidel Castro durante la crisis de los balseros, hacia 1994, y fungir como un canal de negociación no oficial entre la administración de Bill Clinton, y el régimen cubano.

Tiene razón el expresidente: históricamente, el poder se acerca a los intelectuales.

Juego de intereses, empatías y política pura, pero también del coqueteo entre la intelectualidad y el poder, surgen buenas amistades.

Seducido por el joven y locuaz candidato que era la supuesta antítesis de Díaz Ordaz, los fantasmas de Tlatelolco en el ánimo colectivo, hace casi cuatro décadas Carlos Fuentes se aventó una declaración de la que luego habría de arrepentirse, y mucho. "Echeverría o el fascismo", dijo Fuentes sobre Luis Echeverría, quien cortejaba al escritor.

Convidado, frecuente comensal de Los Pinos, Don Daniel Cosío Villegas, uno de los historiadores más lúcidos y preclaros del siglo veinte, no cesaba de criticar, desmenuzándolo, al poder ni a Luis Echeverría, su amigo.

"El Estilo Personal de Gobernar", uno de los mejores libros de Cosío, y las frecuentes columnas en contra del Gobierno, mermaron la relación entre el historiador y el presidente de México.

Las invitaciones a comer cesaron, las presiones para que "le bajara", iban en aumento. Echeverría, que era el poder máximo de aquellos tiempos, se acercó a los intelectuales también.

"No pago para que me peguen", se quejaba José López Portillo al leer la revista Proceso, llena de páginas de publicidad gubernamental, llena también de críticas de la intelectualidad de la época hacia su administración.

No entendía Don Pepe cómo Julio Scherer, su primo lejano, podía por un lado irle a rogar apoyos para la naciente publicación y por el otro, criticar al gobierno. También López Portillo, poderoso como fue, era cercano a los intelectuales, indiscutible su condición de hombre culto.

"Pronto estará en el infierno. Estarán juntos", escribió en Twitter una diputada opositora de Colombia al referirse al deceso de Gabriel García Márquez y a su amistad con el líder de la Revolución, Fidel Castro Ruz. Porque sí, el poder buscó acercarse al Gabo en la figura del otoñal patriarca cubano.

García Márquez jamás negó su amistad con Castro. Como una relación epistolar, la definió, "donde hablábamos de libros, de cultura y de ideas porque Fidel, aunque pocos lo saben, es un hombre sumamente culto", decía Gabo. Y efectivamente, a García Márquez su relación con Castro le costó, entre otras cosas, que le negaran la visa para entrar a Estados Unidos.

Curiosidades, fue hasta que Bill Clinton llegó a la presidencia de aquel país cuando por intermediación de Carlos Salinas de Gortari, Gabo se vuelve una suerte de "back channel" entre gringos y cubanos. Clinton, quien se declara fan del Nobel y asevera que "Cien Años de Soledad" era su libro favorito, levanta la prohibición de que el colombiano entrase a territorio norteamericano, y termina recibiéndolo de brazos abiertos.

Sí, el poder busca a los intelectuales y los intelectuales buscan al poder. Son, ambas, condiciones que no se pueden desligar, que se precisan, que se nutren una a la otra. Lo difícil, la dicotomía que padece todo hombre de ideas, intelectual o periodista como lo fue Gabriel García Márquez, es coquetear con el poder sin corromperse ni extraviar la capacidad de desmenuzarlo, de criticarlo en una complicada simbiosis que implica cercanía pero también sana distancia.

Es, como pocas cosas la relación entre los intelectuales y el poder, un verdadero acto de malabarismo donde muchos caen y los que no, resbalan.

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