EDITORIAL jueves 17 de abr 2014, 9:02am - nota 2 de 7

La salud de Gabo

Por: PATRICIO DE LA FUENTE


Sin lugar a dudas

Sí, la muerte puede ser doblemente inoportuna cuando se lleva a hombres y mujeres de letras, a pensadores y figuras que destacan por la universalidad de su pensamiento, el alcance y altura de miras, y las aportaciones al debate de las ideas.

Cuando muere un poeta, un gran escritor, filósofo o periodista -y a últimas fechas se han ido varios, en cadena- nos sentimos desamparados: algo de la memoria histórica y la conciencia del país y del mundo, de la virtud y de lo que nos enaltece como espejo de lo mejor de nosotros, se va con ellos.

No es que haya ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, pero la muerte, cuando ocurre en la esfera de lo público y se lleva a un famoso, cobra otras alturas, nos cimbra más, su drama y todo lo que implica es mayor. Socialmente, somos proclives a ahondar en la vida de los otros, a escribir de ellos, a confundir la esfera de lo privado y de lo público, a sentir fascinación por cada paso que da un prócer. Cuando alguno de ellos muere, aún sin haberlo conocido, vivimos el duelo con mayor intensidad. Ya no hablemos de alguien cuyas aportaciones a la literatura universal son inconmensurables. La indefensión que sentiremos cuando muera será enorme porque francamente, ¿hay en América Latina otro de su calibre? Mario Vargas Llosa quizá, pero como Gabo, quien además vive en México, casi nadie.

Los simples mortales que aquí nos quedamos, sentimos el extravío que supone vivir en un mundo con cada vez menos referentes y personas a quien admirar. Como nunca, el siglo veintiuno privilegia la indolencia y a los falsos liderazgos que brotan a partir de lo fácil, de lo instantáneo, de la fama como antítesis del talento algo que siempre ha ocurrido, desde el confín de la tierra y sus orígenes. Lo escribió Enrique Santos Discépolo en el tango "Cambalache", a modo de preámbulo fatídico de lo que serían estos tiempos modernos: "Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo, todos manoseados".

¿Qué diría Gabo, por ejemplo, del fenómeno de los famosos al vapor en todos los ámbitos de nuestras vidas? Imposible preguntárselo en virtud de los padecimientos neurológicos que hicieron mella y sombra de la intelectualidad del colombiano y de su capacidad para escribir como lo hacía, retratar desde la ironía y la mordacidad que le son características, a la sociedad de nuestro tiempo.

El humor, ése sí no se lo arrebató nadie. Está ahí, intacto, cuando lo fotografían pintándole dedos a la prensa y ahora, en lo que percibimos es su ocaso, el otoño del patriarca.

Citando "fuentes confiables", el periódico El Universal publicó hace unos días lo que muchos sabíamos: que el escritor y periodista sufre un proceso canceroso que le afecta al pulmón, los ganglios y el hígado, y sugieren que estaría recibiendo paliativos que lo ayuden a bien morir.

Sin embargo, no entiende Gabriel García Márquez, creador de "Macondo", el revuelo mediático tras su la salida del Instituto Salvador Zubirán de Nutrición, ni la presencia de los medios apostados afuera de su domicilio, aunque está de buen humor…

El comunicado emitido por la familia del Nobel de Literatura, reconociendo la fragilidad de su salud y las complicaciones que podrían presentarse dada su edad -87 años- confirma que se trata de un hombre preparando el terreno para su adiós.

Sí, el gran Gabriel García Márquez va a morir más temprano que tarde, probablemente lo sepa y se lo toma con la tranquilidad y la sabiduría del caso. Ciclos, todos se cierran. La bronca de la muerte son los vivos, los que se quedan sin entender la lógica finitud de las cosas y que en virtud de nuestro afán egoísta, siempre queremos perpetuar y aplazar los finales, incapacitados para soltar y dejar ir.

¿Por qué tanto escándalo si ya es hora?, seguramente estará preguntándose Gabo, como cariñosamente lo conocemos y queremos tanto.

Nos leemos en Twitter, sin lugar a dudas: @patoloquasto

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