Nacional sábado 12 de abr 2014, 9:07am - nota 4 de 45

Jornaleros: la ruta del infierno

Por: AGENCIAS/ TLAPA DE COMONFORT, GUERRERO
Poblados. Miles de indígenas dejan cada año sus poblados y viajan al norte del país, donde son enganchados para trabajar durante nueve meses, sin contrato, en campos de cultivo.


PASAN NUEVE MESES FUERA DE SUS VIVIENDAS PARA TENER TRABAJO

"Estos pin... costales los deberías tirar a la basura; llevan puros trastes viejos y luego los traen de regreso", brama el chofer al "enganchador", que no encuentra dónde acomodarlos; la cajuela, portaequipaje y hasta los pasillos están a su máxima capacidad. El autobús Dina modelo 1993, sin aire acondicionado y mucho menos sanitarios, tiene como destino los campos de cultivo en Mulegé, Baja California Sur; los pasajeros son 55 indígenas nahuas, 12 son menores de 10 años.

Tres horas le llevó a Miguel Díaz Benigno, a quien también llaman "mayordomo", lograr que aquel "baratillo" entrara en la cajuela; maletas; cubetas, trastes, juguetes sucios, costales, bolsas, así como botellas y garrafones de todos tamaños.

Sin embargo, fue imposible acomodar esos dos costales. Crescencio, conductor del autobús, los arrebata a Miguel, los coloca en el espacio del copiloto y grita a los pasajeros, "¿para qué cargan con tantas porquerías?", a ver, ese ventilador viejo, ¿para qué, qué no se pueden comprar uno allá?".

Los jornaleros callan. Sólo se escucha el llanto de una pequeña de tres años, a quien su padre le jala los cabellos porque no quiere "aplacarse", ésta brinca que brinca y el chofer, a todo pulmón, le advierte que se ponga en paz o la bajará; también están a grito tendido un bebé, al que su madre zangolotea y no logra consolar, y un niño que pide algo en lengua náhuatl.

 UN VIAJE DE NUEVE MESES

Para los jornaleros, con edades de entre 15 y 45 años, la vida se divide en dos principales ciclos: el tiempo de partir y el de volver a casa.

Ahora les toca partir. No llevan contrato y desconocen el nombre de la empresa que los empleará. Miguel los reclutó. La mayoría son sus vecinos en Chiepetepec, a una hora de Tlapa de Comonfort. Otros, se enteraron del viaje en la Casa del Jornalero.

Ofreció trabajo para los mayores de 15 años. Les dijo que tendrán un lugar para dormir, luz, agua y guardería para los niños pequeños. Además, aseguró que la empresa enviaría el transporte y les proporcionaría alimentos durante el camino.

Miguel, quien también es jornalero, organizó el viaje desde los primeros días del año.

"El enganchador", como la mayoría del grupo, no sabe leer ni escribir, pero a los que se fueron animando les pidió su acta de nacimiento y una identificación para tramitar ante la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), el apoyo del Programa de Movilidad Laboral.

En teoría, tendrían que haber recibido mil 200 pesos para apoyo del viaje, pero un empleado de la Sedesol les avisó que no había tarjetas y el dinero se les daría en Baja California Sur.

 EN MANOS DEL CHOFER

Cuando Miguel reunió 40 jornaleros informó a Hugo "N", contratista del Negocio Agrícola San Enrique, para que enviara el autobús a Tlapa.

Vía telefónica, Hugo "N" contrató los servicios de Crescencio, dueño del autobús Dina y a quien conoce desde hace varios años.

Además de conducir, Crescencio tiene la encomienda de alimentarlos; la empresa le deposita mil 400 pesos por día para ese fin.

"Les toca como de a 32 pesos por adulto, yo les compro una comidita corrida, otros los traen con puro pollo rostizado y tortillas o sándwich", comenta el chofer, un hombre de unos 60 años.

Los indígenas, por su parte, se aprovisionaron de totopoktli (totopos), que las mujeres cocinaron. También llevan agua en garrafones sucios de todos tamaños. Algunos compraron galletas. No hay dinero para más.

En los próximos días el autobús será su morada, donde aguantarán temperaturas de más de 40 grados, sólo harán tres paradas al día, para comer e ir al baño.

Cuando se le pregunta al chofer cuántos kilómetros recorre, Panchito, su copiloto, suelta la carcajada y dice, "aquí no se mide por kilometraje, es por la intensidad de los olores".

Crescencio también ríe y asegura "aquí los verdaderos héroes somos nosotros, viera lo que soportamos".

Por otra parte, cuatro adolescentes coinciden en que prefieren no comer, para no tener que hacer fila en el baño. "A veces los de las gasolineras no nos dejan pasar, dicen que no tienen llaves".

 TIERRA DE MIGRANTES

Según el Diagnóstico Integral sobre los Jornaleros Agrícolas y sus Familias que presentó la Sedesol de Guerrero en 2009, durante los últimos 13 años han emigrado 388 mil jornaleros y jornaleras agrícolas de las zonas indígenas y rurales del estado. Sus rutas migratorias son principalmente a estados del noroeste del país como Sinaloa, Sonora, Baja California, Baja California Sur y Chihuahua.

El Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, una de las principales organizaciones que promueven los derechos fundamentales en México, ha sido testigo y ha documentado la adversa realidad que enfrenta la población indígena que decide migrar temporalmente para convertirse en jornalero.

"Hemos identificado que se trata de un sector de la población pobre y olvidada, que enfrenta condiciones donde el trabajo, las normas sanitarias, el alojamiento, el transporte y la educación son inferiores a lo señalado por las normas internacionales, lo que provoca que en muchas ocasiones sobrevivan en condiciones infrahumanas", detalla en su informe Migrantes somos y en el camino andamos.

Dice que "su vulnerabilidad no sólo se debe a la discriminación y violencia estructural que enfrentan por ser indígenas, sino por su analfabetismo y monolingüismo. Las mujeres, niñas, niños o adolescentes son aún más vulnerables como consecuencia de la discriminación por ser indígenas y pobres".

 HORAS PREVIAS A LA PARTIDA

El lugar de partida es la llamada Casa del Jornalero, en la Unidad de Servicios Integrales (USI) de la Secretaría de Desarrollo Social federal (Sedesol), y en terrenos de la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, en Tlapa de Comonfort.

Ahí fueron llegando con sus costales, bolsas y maletas; vestidos con sus mejores atuendos, incluso, algunos recién comprados. Se prepararon como para un iluitonalli (día de fiesta). Dos niñas de cuatro y tres años lucían blusas de encaje y cinturón, zapatos de taconcito. Pero la hora de salida se pospuso y las ropas se ensuciaron y se impregnaron de transpiración.

Nadie se disculpó por la demora; mataron las horas platicando; mirando correr a los niños, escuchando sus llantos.

Los acompañaron en silencio Miguel Martínez y Aureliana Díaz, integrantes del Consejo de Jornaleros Agrícolas de La Montaña, quienes estuvieron diligentes para ofrecerles frijoles, arroz, huevo y café.

Miguel Martínez, que lo mismo barre, cocina y lucha por los derechos de los jornaleros migrantes, elaboró la lista de los que viajan, sus edades y lugares de procedencia. A cada viajero le entregó una pequeña despensa que consistía en unas galletas, un atún, un jugo y harina.

El luchador social lleva un registro puntual de los jornaleros de Guerrero. Son las 20:00 horas. El olor a sudor, pies, pañales y comida se mezcla y revolotea envolvente en el camión. El chofer cierra la puerta, enciende las luces y arranca. Inicia un nuevo ciclo en la vida de hombres y mujeres de La Montaña.

→ jornaleros
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