Nacional jueves 5 de dic 2013, 1:41pm - nota 9 de 61

El pacto que no fue

Por: PATRICIO DE LA FUENTE


El dos de diciembre del año pasado, a escasas horas de haber asumido el poder, Enrique Peña Nieto logró lo que se veía inimaginable; eso que muchos hicimos y creímos posible en nuestro pensamiento, pero nunca en la realidad de una nación algunas veces mezquina e individualista, como ha sido México.

El presidente de la República, versado en amarres e hilados finos cual priista que se respete, pudo sentar a los principales actores políticos del país, muchos de ellos enemigos -irreconciliables en apariencia-, de cara a un gran acuerdo, el Pacto por México, un acuerdo que hoy, tarde que temprano como apuntó Pablo Milanés, no es más que un ala que cayó al mar. O como "Roma", de Federico Fellini, escenificación del absurdo surrealista.

Dejando de lado todo aquello que ignoro, ocupado en vivir, pensé que por una sola vez en sus vidas, la clase política antepondría sus propios intereses y pensarían en mi bien, en el tuyo, en el de todo un país, y su apuesta en las posibilidades del presente y los augurios del mañana. Juré, como hicimos millones, que no tenían más intención que hacerlo por nosotros y que no los movía otra cosa que no fuera México.

Ignoré que son cortos de estatura y de alcances limitados en su percepción de la realidad y de lo que quieren para el país. Muchos no obran a partir de la maldad, sino, del desconocimiento, la ignorancia y la ambición de un trabajo, la política, que casi nadie respeta, pues de ser el arte de lo posible, pasó a venderse al mejor postor. De su añejo virtuosismo, poco queda ya.

No adivino en casi todos ellos -nuestros políticos a la mexicana- ni un atisbo de grandeza, ni siquiera, la promesa de llegar a serlo. Porque aunque nos duela y no lo merezcamos, su misión nunca ha sido ni seremos nosotros, ni la defensa de nuestras causas. Los 95 compromisos integrados en el Pacto por México, se difuminan a manera de reformas acéfalas e intenciones al vapor cuyos alcances y resultados, o no se verán en mucho tiempo, o no se verán jamás. Así de lacónico y así de sencillo. A las pruebas, me remito.

El mañana, como siempre, nos rebasa por la izquierda a pasos agigantados, imperceptibles, pues a veces es más cómodo jugar el rol de pueblo conquistado y condenado a la ignominia de la historia y sus fracasos, que tomar el toro por los cuernos. Somos, los mexicanos, especialistas en nadar -casi de muertito y de lado- así, sin prisas, sorteando a veces las corrientes y tempestades, muchas otras pensando que la inercia nos conducirá a puerto seguro.

A manera de vaticinio o crónica de una muerte anunciada, justificando lo que no se pudo o quiso hacer, César Camacho Quiroz dice que el Pacto, como todo en la vida, tiene fecha de caducidad y está condenado a desaparecer. Un acuerdo que benefició ¿a quién exactamente?, te preguntarás como hago lo propio. ¿Notas cambios sustanciales y tangibles en tu vida? ¿Al menos la promesa de un mejor país con oportunidades para tus hijos?

No, porque el pacto fue un teatro, una puesta en escena de mucho ruido y pocas nueces que todos, y digo todos los actores, amenazaron en reiteradas ocasiones con abandonar, como si estuviésemos en la primaria, jugando a las vencidas, a los quemados, o a quién sabe qué. Su director, Enrique Peña Nieto, experimenta la angustia y el fracaso de ver a sus actores irse y a su público -el poco que queda-, incrédulo y decepcionado por un final que bien pudo haber sido magistral, pero que por la guerra de egos y las vanidades de la hoguera, terminó siendo una muy mala y tristemente mediocre obra.

Es el Pacto por México. Duró poco en cartelera. ¿El motivo?, rencillas entre un puñado de prima donas. ¿Y el público? Que se lo cargue la tiznada. Total, por tonto, el boleto ya pagó.

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