EDITORIAL sábado 6 de mar 2004, 11:22am - nota 5 de 7

Crisis de identidad nacional en Estados Unidos

Por: Patricio de la Fuente González-Karg


Estados Unidos es un país en el que las divisiones étnicas y culturales no son algo nuevo, han estado ahí desde el principio. Se considera a la cultura estadounidense como multicultural pues es la combinación de diferentes grupos raciales provenientes de todo el mundo. Y aunque se dice que la identidad existe a pesar de la ausencia de registros escritos y, en general, de un sustento objetivo en la realidad histórica, el gran dilema de la nacionalidad estadounidense es que se encuentra desprovista de referentes étnicos o culturales. Y por esto los norteamericanos han buscado nuevas formas de definir su propia identidad como una nación. ¿Cuáles son estas formas y patrones que homogeneizan a la sociedad de Estados Unidos?

En la segunda mitad del siglo XIX; con el “boom” de la Revolución Industrial en Estados Unidos; la fiebre del oro en California; pestes y hambrunas en toda Europa y la imposibilidad de movilidad social a causa de las monarquías europeas, millones emigraron a Estados Unidos. Era entonces la tierra de las oportunidades, el lugar en donde todos podían llegar a ser alguien, en donde un aseador de calzado cualquiera terminaba siendo una de las personas más ricas y poderosas del país (Rockefeller). Todos querían olvidar su pasado, asimilarse a esta nueva cultura y convertirse en norteamericanos. Pero las diferencias nunca desaparecieron. La diversidad, el pluralismo, el multiculturalismo han estado presente a través de toda su historia y así como han contribuido a generar fricciones y divisiones, han contribuido también a crear una identidad estadounidense.

Por muchos años, Estados Unidos se vio a sí mismo como una nación que básicamente recolectaba personas para fusionarlas en un solo pueblo. Con la entrada de este país a la Primera Guerra Mundial, se temía una fragmentación de sus habitantes pues emprender una guerra en contra de la Triple Alianza implicaba ir en contra de alemanes, turcos, austro-húngaros y muchas otras nacionalidades que habitaban en Estados Unidos. Así que se emprendió una campaña de nacionalismo norteamericano en la cual, todos tenían que hablar inglés y rendir honores a la bandera diariamente, entre otras cosas. Se estaban convirtiendo en americanos, no irlandeses, ni búlgaros, ni alemanes, en americanos. Y aunque toda esta campaña ayudó a la creación y fortalecimiento del nacionalismo norteamericano, no impidió que hubiera campañas racistas de carácter anti-judío y anti-negro.

Dos grandes fuerzas ayudaron a la definición de la cultura estadounidense después de 1945: la Guerra Fría y un crecimiento económico impresionante. Gracias a la Guerra Fría, los estadounidenses se identificaron como la negación del comunismo, las diferencias ya no importaban pues todos coincidían en su odio a la Unión Soviética.

¿Quién ayudó a la propagación de estas ideas? Sin duda, los medios de comunicación masiva. En el nacimiento de una sociedad posmoderna desempeñan un papel determinante los medios informativos, que empezaron a tomar un papel importante desde el período entre-guerras (1927-1939.) A través de la radio, la televisión, los slogans publicitarios y la propaganda, se difunden estereotipos y se homogeneiza a la sociedad. Los medios de difusión hacen que todos los individuos se sientan partícipes, sientan que se conocen, que tienen vínculos y muchas cosas en común.

Un ejemplo de propaganda en contra de la Unión Soviética es que en la mayoría de las caricaturas estadounidenses de la época, así como en algunas películas, podíamos ver que los malos, curiosamente, eran de origen ruso. ¿Quién no recuerda alguna de las películas de James Bond en donde un personaje malévolo ruso amenazaba con destruir el mundo?

El filósofo Theodore Adorno, apoyado en su experiencia de vida en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, preveía que la radio (más tarde también la televisión) tendría el efecto de producir una homologación general de la sociedad, haciendo posible e incluso favoreciendo, por una especie de tendencia propia demoníaca interna, la formación de dictaduras y Gobiernos totalitarios capaces de ejercer un control exhaustivo sobre los ciudadanos. Esto se puede ver en el proceso de promoción democrática de Estados Unidos en el que promover la idea de la democracia era algo nuevo, igualitario. Pero en realidad, lo que se escondía detrás de esa democracia era un concepto de integración política y social en Estados Unidos. Los Gobiernos estadounidenses apoyaron a los ejércitos federales latinoamericanos para combatir las guerrillas antidemocráticas socialistas. Tal es el caso del asesinato del “Che” Guevara o el golpe de Estado de Pinochet en Chile en contra del Gobierno de Salvador Allende, estrategia que fue diseñada por Henry Kissinger. Así, el comunismo siguió siendo el enemigo de los estadounidenses y su odio a éste continuó funcionando como un unificador nacional.

La segunda fuerza que ayudó a la definición de la cultura estadounidense era la económica. Su identidad también se fortaleció gracias a la idea de una mejora de los niveles de vida. En los 25 años que siguieron después del fin de la guerra, el “sueño americano” definió a los habitantes de ese país. La televisión contribuyó a que todos se vieran como un país de clase media con gustos similares.

Pero a pesar de estas dos fuerzas que consolidaron la unidad nacional, las diferencias raciales siguieron siendo muy fuertes. Con la guerra de Vietnam y el deterioro económico que empezó a sufrir Estados Unidos, se entró nuevamente en una crisis de identidad nacional. Estados Unidos perdió parte de su liderazgo en algunas áreas, las condiciones sociales de sus habitantes se deterioraron y la desigualdad aumentó. Con el fin de la Guerra Fría, la fórmula de la comunalidad estadounidense tenía que inventarse otra vez.

En todos los ámbitos de la cultura estadounidense había una falta de confianza sobre cuál debía ser la identidad nacional o si realmente existía. Fue en este momento, en el que se estaba viviendo un clima de ansiedad, que sucedieron los ataques en contra del centro económico del mundo (World Trade Center) y la defensa de Estados Unidos (Pentágono). Los atentados del 11 de septiembre fueron el pretexto perfecto para sembrar la furia en los norteamericanos. El nacionalismo se desató con una euforia predecible, por todas partes imperaban los colores de la bandera. La figura del presidente George W. Bush, que hasta entonces carecía de popularidad, se presentó como la encarnación misma del espíritu estadounidense y obtuvo el apoyo incondicional de sus connacionales.

Los norteamericanos, una vez más, tenían un enemigo que servía como unificador nacional. Todos estaban en contra del terrorismo; lo intocable había sido tocado; se sentían ofendidos; el país de la libertad, de las oportunidades, el sueño americano se estaba cayendo. Ya no importaba de qué religión, etnia o nacionalidad fueran, gracias al antiterrorismo las diferencias pasaron a segundo término.

Actualmente, Estados Unidos se encuentra saliendo de una recesión económica y una guerra en contra de Iraq. La guerra podría fortalecer los lazos de identidad nacional. El problema es que la popularidad del presidente Bush está decayendo y esto se puede ver en las gigantescas manifestaciones en contra de la guerra, que de alguna manera nos recuerdan a la guerra de Vietnam. Aun así, el presidente sigue usando el icono de las rayas y las estrellas, siempre se le ve usando un “pin” con la bandera estadounidense cuando aparece en televisión. El problema es que su identidad nacional se está viendo fragmentada, están perdiendo ese espejo en el que ven quiénes son. ¿Cuál será la siguiente fórmula para unir a los norteamericanos?

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