Torreón viernes 1 de nov 2002, 11:22am - nota 1 de 18

Panteones, ¿descanso eterno?

Por: YOLANDA RÍOS RODRÍGUEZ


TORREÓN, COAH.- Leyendas macabras, narraciones de aparecidos arrastrando cadenas, luces que salen de lugares indeterminados de las tumbas, mujeres etéreas vestidas de blanco que nunca descubren su rostro y caminan deslizándose en la nada, son las mil y una historias que se cuentan en torno a la “vida’’ de los panteones, donde por encima de los sustos o ruidos extraños que puedan oírse una noche sí y otra también, los sepultureros consideran que “hay que temerles más a los vivos que a los muertos”.

“Porque los muertos nada saben, ellos ya descansan en paz esperando el Juicio Final”, parafrasea un texto bíblico don Higinio García Méndez, hombre de 58 años que tiene 43 trabajando en el camposanto más antiguo de Torreón, el Municipal número 1 ubicado en la colonia Aquiles Serdán.

Entonces, si los finados yacen en los sepulcros, ¿de dónde proceden los ruidos, sollozos y lamentos que cuentan los ancianos, o dónde se originan las presencias invisibles de seres que en vez de causar temor, brindan tranquilidad?

Don Higinio responde tranquilamente: “no sé si de los nervios o de la conciencia de uno, pueden ser ánimas que algo necesitan o quieren decir, pero a nosotros ya no nos dan miedo esos casos, pues son parte de la vida de nosotros los panteoneros’’.

Y es que para este hombre que más de cuatro décadas las ha transcurrido entre tumbas, sepelios, lágrimas y dolor por la muerte, lo que al principio le causaba tristeza y lloraba con el mismo dolor que los dolientes, al paso del tiempo se volvió algo habitual y en vez de temor a la muerte, lo que ahora siente es un gran respeto; hasta asegura que el mejor sitio para encontrar tranquilidad, paz espiritual e incluso el remanso adecuado para hacerse una introspección, es sin lugar a dudas, el panteón.

El panteón municipal número uno se encuentra al poniente de Torreón, rodeado por las colonias La Rosita, Victoria, Aquiles Serdán, Miguel Hidalgo y colinda totalmente con casas habitación, fue el primero en la ciudad, creado allá por el año 1906 y tiene aún algo de vestigios de tumbas grandes y elegantes, con grandes lápidas de cantera donde reposan personajes ilustres como el general Gregorio A. García y el luchador conocido como “El Médico Asesino’’ de nombre Cesáreo Márquez, además de una gran cantidad de libaneses, chinos y árabes que según don Higinio son la muestra de la opulencia y solvencia económica que había en La Laguna de aquellos tiempos.

Al menos en la primera sección del panteón se observa esto, pues en la tercera sección, las tumbas son más modestas.

¿Qué fenómenos sobrenaturales ha visto usted en sus años de trabajar como empleado de este cementerio, y que no obstante ser el más antiguo, no tiene el mismo aspecto lúgubre de otros como el panteón municipal número 2 situado al sur de la ciudad en las faldas del Cerro de las Noas?

“Mire, tal vez no sean muchos casos, aunque ya a nadie le da miedo escuchar esas historias, cuando a uno se le ponían los pelos de punta o sentía escalofríos, ni los adultos y mucho menos los niños sienten ese tipo de temor, porque ahora se entretienen viendo las películas de terror en la televisión donde las figuras principales son seres diabólicos, vampiros y rituales satánicos que salen hasta en las caricaturas’’.

Asegura mientras ve al horizonte, que una vez vio salir del panteón una figura blanca, “no sé si era una mujer o un fantasma, no le alcancé a ubicar, también, mucho tiempo se veía allá en una de las tumbas una luz muy pequeña parecida a una llamita como si alguien tuviera encendido un cerillo. Y así pasó el tiempo, nunca me acerqué, hasta que un día, familiares de quien reposaba en esa tumba fueron y desenterraron sus restos para llevarlos a un Columbario y encontraron un saquito con monedas de oro, desde entonces desapareció la luz”.

Tal vez no son muchas las formas o figuras que se ven, quizás sean más bien efectos de las sombras o los sonidos del viento, el ruido de las flores cuando secan, en realidad no se sabe, pero ya nos acostumbramos a eso, a recibir los cortejos fúnebres, a acompañar en silencio a los dolientes que vienen a dejar aquí a un ser querido, a los llantos desgarradores de quienes sufren por la pérdida y después, el silencio otra vez.

Para Ángel Gerardo García Orozco quien desde 1995 trabaja en ese mismo panteón, “es mejor trabajar aquí que en otro lado’’ .

Ángel es hijo de don Higinio y confiesa que el panteón fue prácticamente el jardín de su casa, ya que corrió, jugó y creció entre las tumbas, por eso, “cuál miedo, el miedo es hacia los vivos y aquéllos que le hacen al vivo, los que dañan a uno, le roban la tranquilidad y lo hacen sufrir, yo no creo que los muertos salgan de las tumbas para asustarnos y si acaso ocurre, pueden ser tal vez espíritus que tienen un mensaje para nosotros y hay que escucharlos’’.

Y hay en la actualidad mucha gente que piensa como Don Higinio y su hijo Ángel, que ven el fenómeno de la muerte como un proceso que aunque doloroso, es natural y por lo tanto se acostumbran a la cercanía y convivencia con los restos de otros seres humanos que descansan en un pedazo de tierra.

Un ejemplo de esto son las familias que habitan las colonias colindantes con los panteones, aunque no de manera tan directa como es el caso del panteón municipal número uno, donde mujeres, hombres y niños, para evitarse rodeos en el día optan por cruzarlo para llegar a su destino, lo hacen en forma natural, sin miedos, sin voltear atrás, acostumbrados a la presencia de las tumbas como escenario cotidiano, familiarizados ya con el olor a olvido, a nostalgia y a soledad, mezclados con el aroma de tierra recién regada por los trabajos de limpieza que hacen trabajadores municipales.

Y de noche es lo mismo, a unos metros del camposanto, grupos de chiquillos corren tras una pelota, un grupo de adolescentes se reúne en la esquina para ver pasar el tiempo, igual juegan al futbol que conviven, en tanto que algunos entran a “echarse unas caguamas’’ para burlar la vigilancia de las patrullas.

Cuentan personas que viven en las cercanías que infinidad de veces, cuando no se levantaba aún la totalidad de la barda perimetral del camposanto, era constante la presencia de parejas que en el interior a un lado y sobre las lápidas, le daban rienda suelta a sus emociones y apetencias, también era una constante los grupos de viciosos que se ocultaban tras las lápidas para inhalar sus bolsillas con resistol o inyectarse droga; ahora, son menos estos casos, pero se siguen dando.

Posiblemente ellos en sus alucinaciones, hayan visto más cosas que nosotros, dice Ángel quien no es sepulturero sino ayudante de albañil y se sostiene de las “chambitas’’ que realiza en el panteón mientras espera que su padre se jubile y él pueda ocupar su plaza como trabajador del municipio.

Don Higinio vivió muchos años en unos cuartitos ubicados en el interior del panteón, luego nacieron sus hijos que crecieron ahí y al casarse éstos se salieron todos a una colonia cercana pero parte de esas viejas tapias son ocupadas ahora como oficinas y ahí duerme su tío Diego Méndez Rodarte, hombre maduro, solitario, sepulturero que decidió un día refugiarse ahí y vivir solo porque no quiere responsabilidades ni algo parecido que le trastoque su forma de vida.

Los panteones, una reflexión para la vida

Así, en la búsqueda de historias, algo así como aquéllas que contaban los bisabuelos, los abuelos de hermosas mujeres enterradas y que luego eran exhumadas y se conservaban sorprendentemente intactas, de cuerpos desaparecidos de las tumbas mediante alguna acción o rito demoníaco, de “La Llorona”, aquella mujer sufriendo por sus hijos ahogados en el río que noche a noche plañía de manera desgarradora o quizás la narración de un corcel negro volando con un jinete sin cabeza, se recorrieron los panteones de la ciudad y de paso se observaron sus características peculiaridades, la diferencia ornamental y de precios que significa un lugar para el descanso eterno pero fue común la similitud de que existe entre ellos respecto a los raquíticos sueldos que se pagan a los empleados.

Pese a su convivencia diaria con los muertos viejos y nuevos, los sepultureros son de las personas más respetuosas de la muerte, algunos de ellos se abstuvieron de participar en la entrevista con el argumento de que era una “falta de respeto preguntar si se ven los muertos afuera de las tumbas o si éstos salen a realizar recorridos, cómo se atreve Usted a preguntar eso, qué no sabe que los muertos no vuelven, ellos muertos están descansando porque ya se liberaron de este valle de lágrimas’’, reprendió Epitacio Lomas, velador del panteón Jardines del Tiempo que antes se llamaba Jardines del Carmen.

Mire eso, el panteón ha cambiado mucho durante los últimos 5 años, fue uno de los primeros particula-res en Torreón, aquí de plano Usted no va a encontrar historias ni cuentos de aparecidos y tampoco rituales, yo tengo años y años cuidado el lugar y nunca he visto nada, hay que tener “un don especial para ver esas cosas”.

Sin embargo, gente que vive a espaldas del camposanto, donde sus viviendas colindan con la barda perimetral, afirman lo contrario, pues doña Herminia González, quien vive al lado de un negocio donde elaboran lápidas, cuenta que alguna vez vio a una mujer, vestida con ropa negra parada a la puerta del panteón, ella en un principio pensó que iba a visitar a un difunto pero, era después de la media noche, luego creyó que era una dama de la vida galante y así hubiera quedado, si su acompañante no le señala que la dama no pisaba el suelo, por el susto, jamás volvió a pasar por ahí, dijo.

Las historias como éstas, quizá con un poco de verdad y mucho de imaginación, se repiten con diferentes personajes, entre la gente mayor, la que pobló precisamente las colonias como Ampliación Santiago Ramírez que circunda el Panteón Torreón, el primero de estos sitios de reposo eterno que se creó como particular, luego vendría el Panteón Coahuila.

Que en este panteón establecido más o menos en 1940 enterraron a gente adinerada con sus riquezas a un lado y es uno de los lugares donde se ven más “relaciones’’ ( sitios donde por la aparición de una luz se supone que hay dinero o al menos eso dicen las personas de edad).

Igualmente que el paso de hombres vestidos de negro, de la barda del panteón hacia lo que ahora es el bulevar Laguna es frecuente, sobre todo a altas horas de la noche es otra versión de quienes dicen con temor, que aunque saben que es la Muerte, ya se acostumbraron a divisarla, “qué más da, cuando te toca, te toca y eso no es ni antes ni después’’, afirman.

Pero cada quien cree en lo que quiere creer porque por ejemplo, cuadras adelante en el panteón municipal número 2, los comentarios de los sepultureros son bien diferentes, ellos atienden a la gente demasiado pobre y el precio del pedazo de tierra así lo indica, de 70 a 80 pesos por depositar un cuerpo y hacerle el servicio de cubrirlo de tierra, la cruz y lápida es aparte, de manera que abundan los montones de tierra, grandes para los adultos y pequeños para los “angelitos’’, algunos tienen su cruz hecha de madera de reja o de simples palos de árbol.

Para ellos, las historias de aparecidos son “puros cuentos’’, ya que “ésta es la realidad, mire, la pobreza de la gente que va a parar ahí en lo que es su última morada’’.

El panteón municipal 2 es de los más feos y descuidados que hay en la ciudad y no es que se le compare con otros donde el césped y los verdes árboles dan cierta sensación de consuelo, pero lo cierto es que ahí, donde no hay ningún arbolito, lo que abunda es la maleza, junto con desolación y pobreza y se siente más el desamparo así como la pérdida del ser querido.

Las diferencias sociales se marcan hasta en la muerte

Y hasta en la muerte se marcan las diferencia sociales y económicas, pues aunque dice la canción que: “El día que yo me muera, no voy a llevarme nada, hay que darle gusto al gusto, la vida pronto se acaba, lo que pasó en este mundo, nomás el recuerdo queda, ya muerto voy a llevarme, nomás un puño de tierra’’.

Sin embargo este puño de tierra tiene el valor dependiendo de dónde se ubique, pues mientras en algunos de los panteones particulares el costo es hasta de 8 mil pesos con dos gavetas a perpetuidad, en sitios como el panteón municipal 2 cuesta entre 70 y 80 pesos.

Para los empleados del panteón municipal 2, “ los muertos, muertos están, igual en un panteón con flores y árboles que en un sitio paupérrimo como éste o hasta enterrados en el campo, es lo mismo’’.

Más bien el lugar donde se le entierra es al gusto, a la capacidad y conforme a los sentimientos de los vivos, que sienten menos dolorosa la ausencia de aquella persona que supuestamente pasó a mejor vida.

Pero como el sentir y creer es cuestión muy personal, lo cierto es que visitar los panteones aunque no sea el Día de Difuntos, tranquiliza, invita a la reflexión y puede derivar en otros beneficios como la resignación, conformidad, el valorar no lo que se tiene en vida, sino el tener la vida y prepararse para la muerte con la misma decisión, seguridad y dignidad de que llegará una tarde de otoño o una mañana de primavera.

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