Había en mi ciudad un señor cuyo nombre no diré, pues no quiero turbar el descanso de que goza ya, descanso que no es el de la jubilación, a menos que morir sea jubilarse de la vida. Este señor era pequeño de estatura. Tenía natural manso y pacífico, a diferencia de muchos de su alzada, que suelen ser baladrones y pugnaces. Esa moda -la del chaparro belicoso- la impuso Napoleón. El señor de mi historia tenía talante franciscano; era afable, sonreía con suave sonrisa lo mismo ante las buenas cosas de la vida que frente a sus quebrantos. Se parecía a don Ramirito, el entrañable y bello personaje de la tira cómica que publica el talentoso Fraga -Francisco García Aldape- en "Palabra" de Saltillo. Aquel señor que digo trabajaba de tenedor de libros en un comercio de la localidad. Ahí ganaba par