Nosotros domingo 1 de feb 2004, 11:22am - nota 26 de 28

Más Allá de las Palabras / El vestido de novia de la abuela

Por: Jacobo Zarzar Gidi


Cuando la pequeña Ivonne preguntó a su abuelita cómo había sido su vestido de novia, ésta detuvo el movimiento de la mecedora, acomodó su cabello blanco y miró fijamente en el vacío como queriendo recordar en pocos minutos el largo camino que había recorrido durante toda la vida.

De pronto se puso de pie, con su andar cansado se dirigió al desván y sacó de su viejo baúl una caja de cartón maltratada por el tiempo, regresó a donde se encontraba su nieta y le dijo: ?te voy a contar la historia de este vestido, el cariño que le tengo se debe a que gracias a él me casé y fui muy feliz con tu abuelo?.

La nietecita abrió desmesuradamente los ojos sorprendida del porqué la abuela atribuía el matrimonio y su dicha a un vestido de novia.

?Cuando Roberto y yo éramos novios, nos queríamos mucho y acostumbrábamos caminar de la mano por las calles de la gran ciudad. Cierto día, al pasar por los escaparates de las tiendas nos quedamos asombrados de la belleza que tenía un vestido de novia. Era muy diferente a los demás que se exhibían, parecía haber sido confeccionado y decorado con la gracia y habilidad que sólo tienen los artistas.

Nos quedamos viendo las caras, y mi rostro reflejaba ilusión tan grande, que mi novio de inmediato preguntó: ?¿te gusta??. Y yo le contesté con otra pregunta: ?¿me lo compras...??. En esos momentos, nuestra felicidad era inmensa, soñábamos con fundar una familia y tener muchos hijos... pero esa dicha solamente duró unos minutos porque de pronto recordamos que éramos demasiado pobres y jóvenes para casarnos. Yo tenía entonces catorce años y él dieciocho.

De todos modos entramos a la tienda para conocer el precio del vestido y cuando nos dijeron que costaba ciento ochenta pesos, tu abuelo palideció y me dijo que se le hacía mucho dinero para sólo un ratito. Cuando el activo dueño de la tienda oyó eso, se acercó a nosotros y nos dijo que un vestido de novia no era para un ratito, sino para toda la vida, porque aunque la ceremonia duraba unas cuantas horas, el recuerdo perduraba para siempre y fortalecía los lazos indisolubles del Sacramento del matrimonio. Convencidos por su maravilloso argumento, lo dejamos apartado con la cantidad de diez pesos.

Transcurrieron los meses, y la edad de ambos parecía avanzar lentamente. Cuando surgía alguna diferencia entre nosotros, se nos hacía fácil solucionarla pensando en el vestido y siempre poníamos fin a nuestros problemas con una amable sonrisa.

Siendo todavía adolescentes, cuando Roberto empezó a trabajar, una tarde sin saber por qué, terminó su noviazgo conmigo. Me dolió mucho esa separación que marcaba el final de nuestro compromiso. Semanas después recordé que teníamos separado el vestido y fui a la tienda para avisar al dueño que ya no lo necesitaríamos. Cuando sacó de su archivo el cuaderno de apartados, recibí de pronto una gran alegría: Roberto había continuado inexplicablemente entregando los abonos después de la fecha de nuestro rompimiento. La magia del vestido seguía produciendo sus efectos.

A los pocos días alguien tocó la puerta de mi casa... era Roberto que con una sonrisa anunciaba su deseo de hablar con mis padres para reanudar nuestro noviazgo y posteriormente casarse conmigo. A partir de ese instante, y después de nuestro matrimonio, el tiempo se nos hizo demasiado corto porque sentíamos la necesidad de vivir intensamente cada minuto que tuviésemos de vida. Nos amamos y nos respetamos siempre, y en ese ambiente saludable ayudamos a crecer a nuestros hijos. Soñamos y planeamos el futuro, sin perder jamás la esperanza. Seguimos siendo románticos, y eso nos sirvió como paliativo para protegernos de los golpes que la vida nos daría. Hubo días en los cuales no tuvimos dinero suficiente para comprar alimentos, pero eso nos unió más y nos dio el coraje necesario para levantarnos una y otra vez tras la caída.

Vivir no fue sencillo, sufrimos mucho, algunas veces no nos alcanzaron los ingresos de tu abuelo para pagar la renta de nuestra pequeña casa y nos retrasamos involuntariamente en el cumplimiento de nuestras obligaciones. Eso nos hizo sentir temor acerca del futuro. Sin embargo, siempre depositamos nuestra confianza en Jesucristo y en su Madre, porque sabíamos que es preferible estar con Cristo sin nada, que estar sin Él y tener todos los tesoros del mundo juntos. Estábamos convencidos de que los bienes de la Tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven para nada. Si hubiésemos llegado a perder a Jesús, ¿quién nos hubiera dado consuelo en nuestras tristezas? ¿Quién nos hubiera protegido en nuestras desgracias?

Fuimos pacientes en nuestras dificultades y eso nos ayudó a no desalentarnos, tomando como base que el Señor de la vida ha derrochado abundante paciencia entre sus hijos y lo sigue haciendo. El dolor y el sufrimiento nos ayudaron a permanecer juntos, pero lo que verdaderamente le dio fuerza a nuestro matrimonio, fue la costumbre que tuvimos siempre de perdonar con sinceridad cualquier ofensa que nos hubiésemos proferido. De esa manera, nuestros hijos vieron y comprobaron que sus padres se amaban.

El día que cumplimos nuestras ?bodas de oro?, él se vistió con su elegante traje negro y yo con mi vaporoso vestido de novia. Coloqué en el fonógrafo la melodía que más le gustaba y bailamos durante toda la noche. Recordamos y nos deleitamos con los bellos momentos que la vida nos había regalado. Dimos gracias a Dios por las bendiciones recibidas y sobre todo por la unidad de la familia. Contemplamos como en una película de largo metraje aquellas noches de angustia que pasamos cuando nuestros hijos se enfermaban y la dicha cuando ya siendo adultos contrajeron matrimonio. Evocamos el nacimiento de nuestros queridos nietos que en su momento nos provocaron una gran felicidad, y de nueva cuenta sonreímos al recordar sus primeras palabras y algunas de sus inocentes ocurrencias.

Pasaron varias primaveras, calurosos veranos y gélidos inviernos, hasta que una tarde el abuelo enfermó y a los pocos días murió entre mis brazos. Antes de fallecer me hizo prometer que seguiría cuidando con amor y esmero a la familia y que nunca me separaría de ese vestido que tantas cosas bonitas nos había obsequiado en el efímero paso del tiempo. Sabía muy bien que al tenerlo junto a mí, lo tendría también a él?.

Cuando terminó la abuela de contar su relato, guardó el vestido y cerró la caja de cartón que lo protegía. En ese momento la pequeña Ivoncita notó con asombro que en la parte superior de la misma se encontraban marcadas las huellas de cientos de lágrimas que habían caído y se habían secado con el paso del tiempo...

zarzar@prodigy.net.mx

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