Astatrasio Garrajarra tiene buen vino. Los espíritus etílicos suscitan en él nobles sentimientos que lo llevan a profesar un optimismo al estilo de Cándido, el personaje de Voltaire, pero en serio. Desde luego hay quienes dicen que un optimista es aquél que confía en que se pospondrá lo que por fuerza debe suceder. En el caso de Garrajarra, sin embargo, el optimismo tiene la forma de esa virtud teologal maravillosa: la esperanza. De no ser por la esperanza no habríamos elegido a Fox y de no ser por ella nos ahorcaríamos por haberlo elegido. El caso es que hace días Garrajarra llegó a su casa a las 7 de la mañana, después de haberse corrido una parranda que toda la noche lo mantuvo concienzudamente ocupado. Entró en su hogar con vacilantes pasos y tartajeó un saludo a su mujer, que lo agua