EDITORIAL viernes 26 de dic 2003, 11:22am - nota 2 de 3

Navidad/Diálogo

Por: Yamil Darwich


La historia del nacimiento de Jesús y las enseñanzas dejadas con su obra han sido uno de los más fuertes elementos para lograr la cohesión del mundo occidental, en su mayoría Cristiano, que acepta al menos por definición acatar sus preceptos y ser seguidores de la ley más hermosa que jamás haya existido: el amor.

El 24 de diciembre de cada año festejamos el natalicio de Jesús, hecho que representa un parteaguas de la historia del mundo, la que fechamos con las siglas A.D. y D.C., en referencia a tan señalado acontecimiento.

Claro que para algunos, disertar y tratar de desvirtuar el hecho les lleva a discutir si fue en esos días, o en meses después (tal vez en marzo) cuando se dio la natalidad de Jesús de Nazareth, que como Usted ya sabe se presentó en circunstancias extraordinarias, dejando de lado lo importante y trascendente: las enseñanzas y la definitiva influencia que ha tenido su evangelio en la ordenación social, incluida la jerarquización de los valores occidentales.

Algunos más hablan sobre la tradición cristiana que fue establecida con propósitos proselitistas, tratando de borrar de la historia de la cultura, la ceremonia pagana de adoración al Sol y de las fiestas dedicadas a Saturno, el dios romano de la agricultura.

Por desgracia, los evangelios no aclaran las dudas y los arqueólogos bíblicos no han podido definir de cierto la fecha (lo que poco importa en realidad), eso permite que continuemos hilando con la retórica y ocupándonos en las formas olvidándonos del fondo.

La Navidad representa un tiempo de renovación: de compromisos personales de cada uno de nosotros por apegarnos un poco más a nuestros sentimientos de lo que es bueno y malo y actuar en consecuencia; días útiles para reflexionar sobre los valores familiares, donde se aprovecha la imagen de “La Sagrada Familia” (José, María y Jesús) para meditar sobre la importancia de la célula fundamental de la sociedad y lo mucho que la hemos vituperado en las últimas fechas, que recibe especiales embates del individualismo; de los usos y costumbres sociales, cuando recordamos en las fiestas, con los cánticos de la posada pedida por los padres de Jesús, nuestra responsabilidad de solidaridad con los más pobres. Recuerde que los esposos peregrinos debieron encontrar cobijo en una gruta dedicada a encerrar y proteger del frío a los animales domésticos, dándonos de paso una lección de lo que significa la humildad, al nacer Dios en situaciones extremas de pobreza y tener por cuna un pesebre, en un ambiente encerrado y maloliente.

Ya desde antes del nacimiento de Jesús existían fiestas dedicadas a la fecundidad y a la vida; en la misma antigua Mesopotamia, seis siglos antes de Cristo, se festejaba el día 21 de diciembre la cosecha y la producción de frutos que eran acumulados para los tiempos de invierno, festejos que se prolongaban por días enteros. Esta tradición corrió a través de los años y las distintas culturas antiguas hasta llegar al Imperio Romano, que con la fiesta solar “Natalis Invicti” daban especial reconocimiento a la vida, siendo el Sol el exponente por antonomasia de la energía creadora.

Esta tradición de festejar a la vida no es ajena al Continente Americano: recordemos las ceremonias de los Aztecas, que en el solsticio del invierno reconocían a la luz como símbolo de energía creadora, cuando el Sol (Huitzilopochtli) enfrentaba y derrotaba al dios de la Oscuridad (Tezcatlipoca) renovando así sus propias esperanzas, iniciando con ello un nuevo ciclo de trabajo y productividad.

Otras culturas han festejado ese fenómeno, así la tradición narra que el origen de Santa Claus se remonta a un bondadoso obispo llamado Nicolás quien vivió durante el siglo IV en Myra, región de Asia Central cercana a Turquía, quien amaba a los niños y distribuía regalos entre los pobres.

Los Celtas también heredaron a los ahora habitantes del Reino Unido la tradición de festejar a la luz, dejando hermosos megalitos (Stonehenge) que dedicaban como centros de adoración al Sol y para hacer observaciones astronómicas. Los pueblos Alemanes hicieron lo propio e iluminaban los árboles que cortaban de sus bosques, mismos que llevaban a sus casas como ornato, para recordarla como sinónimo del bien. El mismo muérdago, que colocaban en las puertas de las casas para evitar la entrada de los malos espíritus, evoca el festejo a la vida (aún ahora los novios se besan bajo él, en una costumbre que representa amor entre la pareja).

La tradición de festejar el nacimiento de Jesús es fundamental para los Católicos, la inmensa mayoría de nosotros y muy importante para otros Cristianos que tan sólo difieren en algunas interpretaciones de la historia religiosa, una de ellas, la personalidad de María aceptada como misterio de fe, al ser declarada Virgen y Madre simultáneamente.

El fondo es más importante; se refiere a la renovación de votos y compromisos con el amor y el bien que deben prevalecer sobre la muerte y el mal.

Nos recuerda la importancia que tiene la organización social de los seres humanos, gregarios por naturaleza, que nace de la familia y de las funciones protectoras del Clan, en oposición a los propósitos aislacionistas del individualismo.

Importantemente, por herencia social y enseñanza religiosa, es el tiempo que ofrece un marco ideal para buscar la reconciliación y la concordia con los demás, o bien ratificar los lazos de afectividad que se viven con el prójimo.

Más allá de los simples regalos, tradición tomada de la cita bíblica de la adoración de los magos de oriente, es el momento de disfrutar uno de los grandes beneficios que nos deja la cultura latinoamericana: la familia y sus lazos afectivos y los valores sociales que la rodean.

Le deseo la más feliz de las Navidades y lo invito, como en cada Diálogo, a que reflexionemos y platiquemos sobre el tema. ¿le parece que vale la pena?

ydarwich@ual.mx

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