EDITORIAL viernes 30 de sep 2011, 9:49am - nota 10 de 12

La rifa del tigre

Por: GILBERTO SERNA


En las entrañas del poder en México me acuerdo de Joaquín Hernández alias La Quina, que era un poderoso líder sindical petrolero detenido en su casa de ciudad Madero, Tamaulipas, como un malhechor acusándolo de acopio de armas y de haber privado de la vida a un agente federal. El gobierno se encargó de armar el aparato tomando las medidas necesarias para que la detención se llevara adelante sin ningún contratiempo.

Las instalaciones en el país de Petróleos Mexicanos fueron rodeadas por elementos uniformados en previsión de que a alguien se le ocurriera intentar actos de sabotaje. Eran los tiempos en que el Presidente ejercía el mando con mano dura, pues aun teniendo trono y reina, su palabra era la ley. Se quiso, sin necesidad de hacerlo, de dar un barniz de legitimidad a las acciones del gobierno. En esos días ello era posible bastando la voluntad del que ocupaba la silla con el águila en el respaldo para que en tumulto todos los corifeos obedecieran ciegamente las órdenes del soberano. (Ahora también, siempre que la orden provenga de un gobernador estatal y se encuentren en sus dominios).

Unos nueve años permaneció entambado (en palabra coloquial se le llama tambo a la cárcel) el dirigente sindical; a lo mejor por diversos motivos, que sólo él sabrá, se los merecía. Años que doblegaron el orgullo del líder que recibió una lección que no olvidaría jamás: nadie debe oponerse al poder absoluto.

En aquellos días se había invitado a Mario Vargas Llosa a impartir una conferencia en nuestro país, de la que salió patas pa'delante. Llevado a la carcarcar, juego de niños en que es elevado de los brazos por dos mayores, con los piernas en el aíre, conduciéndolo así a su destino, en aquel caso, sin más protocolo, al aeropuerto de la Ciudad de México de donde ya no pudo salir sino abordando un avión que lo puso de patitas en su patria, esto es, se le aplicó el 33 constitucional considerando indeseable su presencia en nuestro país por hacer declaraciones que sólo correspondían a los mexicanos entrometiéndose en nuestra sacrosanta política.

Sinceramente el Premio Nobel de Literatura se pasó de tueste. Mire usted que decir que en México existía una dictablanda. Érase una soberana mentira. Qué dictablanda ni qué ocho cuartos, por seis años el Presidente ejercía un cacicazgo total, a nivel de tiranía, despotismo o absolutismo. A grado tal que se volvía, si es que no lo era ya, rencoroso, malévolo, revanchista y retorcido. Cuando menos eso se demostró en los últimos años de la década de los ochenta. Dejaba sucesor como si el gobierno fuera una empresa de su propiedad (y sí, sí lo era o se comportaba como tal).

Años después, no lo detuvo el que la ciudad llevara el nombre del Apóstol de la democracia, no se podía perdonar que alguien hubiera publicado unos monitos en un folletín atribuyéndole dudosos hechos que habrían ocurrido 47 años atrás.

Eso lo hizo montar en santa cólera, pero no tanto como que se dijera que se usaban cuantiosos recursos económicos para apoyar a otro de los candidatos, ¡eso sí que lo sacó de sus casillas!

El colofón fue que se incendió el edificio de la Cámara de Diputados en cuyos sótanos se guardaban las boletas electorales. Hubiera sido más lógico que La Quina se hubiera disparado un tiro en la sien, con la posibilidad de que el arma no trajera parque, careciera de percutor o fallara el disparo. Y no decir, lo que dijo, en un sonoro discurso: "Ya es tiempo de marcar nosotros el camino, como lo marca la Constitución. El Estado al servicio del pueblo y no el pueblo al servicio del Estado".

Eso le costó lo que no habría de fallar en un sistema en que todo el poder giraba alrededor del Presidente de la República: días extenuantes en una oscura mazmorra, que sus compinches corrieran la misma suerte, adiós a los grandes negocios, se acabaron los días de esplendor en que le gustaba se le rindiera pleitesía; días de vino y rosas en que el mundo se antojaba un rico pastel que era todo suyo y a nadie debería rendirle cuentas.

He de recordar junto a La Quina a Héctor Hernández o Héctor García Hernández (a) El Trampas, que gozó de las prebendas del sindicato de Pemex bajo la sombra de La Quina con el que tuvo una diferencia yendo a parar a la cárcel, previa su deportación, en que hombres enviados por La Quina se ahorraron engorrosos trámites sacándolo de territorio estadounidense en coche.

Torvos individuos, enviados exprofeso por Joaquín Hernández Galicia lo privaron de su libertad metiéndolo en la cajuela para cruzar la frontera. ¡Atrapen al ladrón!, gritaron los ladrones sin que se haya iniciado previa averiguación o abierto proceso alguno contra el entonces poderoso líder sindical. Esto viene a cuento porque el año que viene se realizarán elecciones dirigidas a encontrar la persona idónea para ocupar la Presidencia de la República.

Habrá quien esté pendiente de la alineación de los astros a fin de adivinar quién será el que se saque la rifa del tigre, de los muchos que se mencionan.

El asunto es un concepto hipotético y más bien esotérico. La alineación planetaria supone a los nueve (¿8?) planetas, junto al sol y la luna en una misma línea recta.

Esto nunca en la historia se ha dado. No obstante no faltará un taumaturgo que con tal de hacerse famoso anuncie una serie de fenómenos geológicos que se harán presentes en el año que viene. En fin, descartando las calamidades naturales producto del tremendismo, nada va a ocurrir que no haya sucedido anteriormente.

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