"Compré un colchón de agua" -narró la esposa de don Languidio en la merienda semanal con sus amigas-. Quería ver si con eso mejoraba el desempeño de mi marido en la cama". Preguntan las amigas, muy interesadas: "Y ¿qué sucedió?". "Nada -responde la señora con tono de desilusión-. Ni con colchón de agua consiguió él que subiera la marea"... Don Iracio Carecaca era un hombre de genio. De mal genio, quiero decir. Su carácter agrio le salía al rostro. Si un buen pintor hubiese hecho su retrato, don Iracio habría aparecido en el lienzo con gesto vinagroso, fruncido el ceño, y fruncido también todo lo demás, aunque eso no se viera en la pintura. El fotógrafo puede mentir con los artificios del retoque o de la luz. El espejo presenta sólo la apariencia. Pero un pintor -un verdadero pintor- desnud