Don Astasio llegó esa tarde al domicilio conyugal y encontró a su esposa, doña Facilisa, en trance adulterino con un membrudo mocetón del barrio. Colgó el sufrido esposo del perchero la boina y el bastón y fue luego al chifonier donde guardaba una libretita en la cual tenía apuntadas palabras de mucho peso para decirlas a su esposa cuando la hallara en semejantes trances. Volvió a la alcoba, y poniéndose al pie del maculado tálamo dijo a la pecatriz: "-¡Rabiza!". "-Un momentito, por favor, Astasio -contestó la señora sin dejar de hacer lo que en ese momento la ocupaba-. En seguida te atiendo". Habrá quienes censuren a doña Facilisa por su lubricidad y por faltar a la fe que prometió a su esposo al pie de los altares. Yo, sin negar que su conducta es reprobable, alabo su sentido del método,