La señorita Peripalda, encargada del catecismo, llegó a la casa parroquial. El padre Arsilio se alarmó sobremanera: la catequista -madura señorita soltera- mostraba grandes arañazos y rasguños en rostro, cuello y brazos. "-¡San Mateo! -profirió conturbado el sacerdote, cuyas expresiones interjectivas correspondían siempre al santo del día (esto se escribió ayer)-. Quid istuc quaeso? ¿Qué te sucedió? ¿Por qué vienes así, hija mía, con tales arañamientos, rasgaduras o uñadas. Quid ita istuc? ¿Cómo te aconteció tal cosa?". Responde le señorita Peripalda: "-Iba yo en mi bicicleta, y al caer en unos matorrales me arañé toda". "-Sic factum? ¿De veras? -contesta el señor cura-. Quamobrem istuc? ¿Cómo es eso? No tienes bicicleta, y ni siquiera sabes cómo andar en una. Non intellego. No entiendo".