Don Astasio llegó a su casa y sorprendió a su esposa Facilisa refocilándose con un desconocido. Desconocido para él, claro, pues ella tenía familiaridad con el amasio, a juzgar por las expresiones con que se dirigía a él para excitarlo en sus eróticos meneos. Le decía: "¡Cochototas!", "¡Negro santo!" y "¡Méngache mi Chicharote!". Colgó en el perchero don Astasio su sombrero y su bufanda, y fue en seguida al chifonier donde guardaba una pequeña libreta en la cual anotaba dicterios para enrostrar a su mujer en esos casos. Volvió a la recámara y le dijo: "Proseda!". Tal era una de las muchas palabras que usaban los romanos de la época clásica para nombrar a las rameras. "¡Ay, Astasio! -se impacientó ella-. Cuando hablas así no hay quién te entienda. Dime con claridad qué quieres, pues como ve