EDITORIAL viernes 11 de oct 2002, 11:22am - nota 2 de 5

Ensayo sobre periodismo

Por: Patrick de la Fuente González-Karg


Primera de dos partes

Hoy en día está muy de moda hablar de los medios masivos de comunicación. Se podría decir que andan en boga y cualquiera se considera un experto en la materia. Aunque el periodismo como tal existe en nuestro país desde hace muchísimo tiempo y ha venido realizando una labor esencial de comunicación y enlace, lo cierto es que actualmente ha cobrado realce, gracias quizá, a este fenómeno cíclico que experimenta el hombre a fin de siglo: revisar a los actores sociales y reposicionarlos dentro de una nueva jerarquía de valores.

Aunado a esta razón también rescato otra que considero importante: en México la prensa vive una nueva condición al poder expresarse con mucha más libertad que en el pasado, en medida debido al debilitamiento del aparato del Estado y a una lucha que dejó un saldo a todas luces dramático en el camino.

Estas líneas pretenden, a grandes rasgos, explicar la condición actual del periodista y su medio a partir del pasado, es decir, caer en la cuenta de que para comprender los fenómenos que se están gestando se necesita abordarlos desde aproximaciones sociales, culturales y políticas: cuál fue el proceso histórico que nos llevó a alcanzar esta nueva “libertad de información”, quiénes contribuyeron a favor o en contra, cuáles fueron los aciertos y errores y qué se vislumbra para el futuro.

Desde la Conquista de México hasta nuestros días en la nación existen arraigados en el inconsciente colectivo una serie de complejos que en parte han determinado nuestro modus operandi. Uno de los más notables es el “agachismo” o postración servil ante la figura de autoridad. Romper con él no ha sido del todo posible y esto ha traído como consecuencia problemas graves. Quizá resulta utópico y fantasioso pretender borrarlo si antes no llegamos a la conclusión de que nuestro mayor freno es la ignorancia, la falta de educación y preparación.

Si en México las instituciones como el gobierno o la iglesia cobraron tanta importancia fue en gran medida porque lo permitimos. Si existieron malos gobernantes es gracias a que no estamos acostumbrados a demandar soluciones, a pedir cuentas. Si nuestra realidad actual nos lastima entonces es importante asumir una dolorosa realidad: pedimos a gritos un Estado que asumiera una figura paternalista y ahora estamos pagando las consecuencias.

El concederle a los órganos jurídicos, políticos y económicos tanto poder ocasionó que ciertas áreas del espectro humano se debilitaran y no cumplieran cabalmente sus funciones de fondo. El periodismo, por ejemplo, estaba opacado, cooptado y limitado por ciertos grupos de poder y esto le impidió, en muchas ocasiones, realizar eficientemente su papel de contrapeso del Estado, cronista de la vida nacional, espejo de la realidad cotidiana y voz de las causas populares.

Si revisamos a la prensa escrita desde principios del siglo veinte nos daremos cuenta de que aunque siempre pretendió operar con base en los postulados de imparcialidad, objetividad y veracidad, en el camino se desvió e incurrió en prácticas poco éticas que a la larga se convertirían en vicio. No se puede culpar categóricamente al periodista ya que muchas veces el denunciar sin tapujos le acarreaba consecuencias desproporcionadas: la presión, el encarcelamiento o la muerte.

Es útil comprender que la presión hacia la prensa nace mucho antes de la consolidación del PRI como oligarquía política. En tiempos del General Díaz ya se perseguía a publicaciones que atentaran contra el presidente y sus ideas. “El Ahuizote”, periódico que a través de caricaturas ridiculizaba al otoñal patriarca, ejemplifica al cotidiano opositor, al instrumento de denuncia. Digamos que fue una de las pocas publicaciones con la valentía suficiente para remar en contra de la corriente y la historia lo acabó situando como uno de los factores que despertara al “México bronco” o conciencia revolucionaria. El Ahuizote cumplió su cometido y dejó un saldo positivo, sin embargo, a partir de entonces la mayoría de los medios informativos optarían por convertirse en testigos silenciosos de las tropelías del poder y por ende llegar a ser, en gran medida, cómplices.

Con el nacimiento del Revolucionario Institucional y el establecimiento del mandato sexenal también vino el silenciamiento de los actores sociales. Nuestros gobernantes, convertidos en monarcas con ilimitado poder gracias a una Carta Magna que les facilitaba la vida, no desistieron en su intento de tener controlados a dichos actores. En el entendido de que cualquier crítica al ejercicio de gobernar era tomada de manera personal y enfurecía al mandatario en turno, la prensa optó por no lastimar los sentimientos del Ejecutivo y tornarse en promotora de los actos y decretos del gobierno, por más inverosímiles o perjudiciales que fueran.

En la historia del periodismo no todo fue silencio. En cada sexenio existieron periódicos y periodistas con la vocación y valentía suficientes para no callar, sin embargo, su andar no fue fácil ya que eran sujetos a una gran cantidad de presiones por parte del poder. Antonio de Juambelz y Bracho, Director de El Siglo de Torreón y decano de los periodistas de provincia definió su profesión como la lucha diaria por la justicia en combinación con el desgaste que acompaña el combatir el absurdo y denunciar la utopía.

Si algo caracterizó al periodista mexicano durante el siglo veinte fue el existir dentro de una ambivalencia que le calaba muy hondo. Por un lado sabía que para ser creíble y cumplir sus funciones a cabalidad debía ser un imparcial cronista de todo aquello importante para la nación; por otro conocía las redes del poder y se dejaba seducir al darse cuenta de los beneficios que esto le traería. Esta dualidad fomentó el nacimiento de una muy particular relación de amor-odio entre la prensa y el Estado, que aunque no es tan tangible como en el pasado, actualmente continúa repercutiendo en la realidad del mexicano.

Se dice mucho que el periodista mexicano despertó en 1968 a la par que el movimiento universitario. Pienso que este despertar lo motivó, en gran medida, el nacimiento de una generación que dejó de creer en el “establishment”. Un grupo de jóvenes que estaban hastiados de los embutes de papá gobierno, que como todo aquél que ha tenido veinte años busca cambiar el mundo. Ante un fenómeno de transformación social tan eminente la prensa ya no pudo callar: no era simplemente ocultar un desvío de recursos o los abusos del político; aquí nacía una nueva conciencia nacional y eso era demasiado importante para guardar silencio.

Aunque aquellos medios de comunicación que habían reportado con veracidad los hechos del 2 de octubre fueron fustigados, amenazados y torturados, lo hecho, hecho estaba. Para entonces era imposible frenar a un grupo que estaba cansado del agachismo y complicidad de la generación anterior. A partir de aquí vendría el llamado “fin del sistema”.

Para el Estado la figura del periodista era también motivo de sentimientos encontrados. Por un lado representaba a la peligrosidad misma, ya que al decir la verdad sacaba de su ignorancia al pueblo y era precisamente esa ignorancia de la colectividad la que le permitía al gobierno ejercer un frenético control. Por otro lado la prensa era un medio útil para promocionarse, perpetuarse en el poder e influir en el ánimo nacional. Es por ello que la prensa no desapareció: aunque por un lado mermaba los alcances del político en general, por otro promovía y aplaudía sin tapujos.

A partir de Luis Echeverría Álvarez el aparato de poder comienza a desgastarse hasta su muerte el pasado 2 de julio. Desde el 68 las cosas cambiaron: la prensa y el periodista tuvieron más cancha para la crítica y la réplica. Dicho proceso dentro del cuál los medios de comunicación ganaron fuerza, ha sido sumamente benéfico para el desarrollo del país y el despertar de la capacidad de crítica del mexicano. Continuará...

Sin embargo, el marco histórico nos debe servir para darnos cuenta de que la prensa pasó de no tener libertad a ejercer un libertinaje absoluto.

Si las cosas se le habían complicado al gobierno y ya no le era tan fácil “mantener a todo mundo dentro del redil”, el poco interés de Ernesto Zedillo por ejercer el poder presidencial y optar por una democratización, motivó a que la prensa se viera, por primera vez en su vida, sin limitantes reales a su capacidad de influencia. Si hablamos de extremos podríamos poner como ejemplo la manera como Jacobo Zabludovzky narró los hechos de octubre del 68 a treinta años después cuando Margarita Michelena escribió que Zedillo no tenía pantalones. Eso nos da un panorama o resumen de cómo se hacía periodismo entonces y qué está ocurriendo ahora.

Aunque hoy es muy gratificante poder encontrar algo cercano a la verdad dentro de las páginas de un periódico, lo cierto es que es frustrante observar cómo esta euforia por la libertad ha llevado a la prensa a caer en actitudes francamente reaccionarias, provocativas y de libertinaje. A muchos medios se les dificulta entender que ejercer la libertad de expresión no consiste en llegar al amarillismo, en actitudes provocadoras o incurrir en errores básicos de ética.

Quizá esto lo tiene muy presente Larry Speakes, vocero de prensa de la Casa Blanca durante la presidencia de Reagan, quien afirmaba que muchas veces las conferencias de prensa le motivaban fuertes dolores de cabeza ya que la mayoría de los reporteros, en lugar de formular preguntas que dieran respuestas valiosas para la opinión pública, lo único que pretendían era ponerle trampas al presidente y encontrar la manera de molestarlo.

Es preciso que el periodista del nuevo siglo tenga muy bien entendido cuál es su papel y función dentro de la sociedad. Resulta imperativo que se concentre en un ejercicio de autocrítica que le lleve a conocer el valor que representa dentro de la vida humana. Desgraciadamente muchos de ellos no están conscientes de la alta responsabilidad que conlleva expresarse con libertad y que sus ideas y conceptos puedan ser recogidos por un gran número de personas.

El ser periodista tiene grandes beneficios. Pluma y papel le conceden la posibilidad de contribuir a lo más justo y loable, la capacidad de modificar el entorno y moldear inteligencias, de repercutir en el ánimo de la colectividad, entre otras cosas. En no ejercer estas capacidades con responsabilidad puede traer consecuencias graves, igual de nocivas que el gobernar basado en utopías, falacias y vicios añejos. La posibilidad de la prensa de destruir lo que toque está muy latente si no se llega a la sapiencia necesaria para comprender que una de sus funciones primordiales es actuar como contrapeso antes que erigirse en una entidad con poderes y alcances supraterrenales.

En nuestro país la democracia no es perfecta y está en pañales. Estamos aprendiendo a vivir dentro de un contexto nuevo y hasta cierta medida esta desubicación que sufren los medios es parte de un proceso natural en aras de alcanzar un equilibrio entre todos los poderes que regulan al país. Sin embargo es muy importante no permitir que se estanque el proceso. El ciudadano común debe ser más participativo en el cambio, vigilar todos los aspectos de fondo con mayor detenimiento. Sólo esto traerá como consecuencia que tenga las instituciones que se merece.

Afortunadamente el periodismo es una tarea que está en constante revisión y actualización todos los días. El futuro tiene en la prensa un efecto mucho más importante que en cualquier otra cosa. Por ello el periodista se reinventa, modifica sus conductas y revalora su legado día con día. Si no fuera así sería parte de la ya larga lista de cosas que desaparecieron al no resistir el devenir del tiempo.

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