Korrad III, tiránico monarca, puso sitio a Weinsberg, perteneciente al ducado de Baviera. Desvió el curso del río que surtía de agua a la ciudad, e hizo que sus soldados impidieran aun el paso de las aves sobre el caserío, de modo que sus habitantes perecieran de hambre.
Los defensores se negaron a rendir la plaza. Al cabo de unos días la sed hizo presa de la población. Una embajada de mujeres suplicó al tirano que las dejara irse. Accedió a la demanda Corrad: permitiría que todas salieran con sus hijos, y las dejaría además llevarse lo que cada una pudiera cargar consigo.
Salieron, en efecto, las mujeres. Cada una iba cargando sobre las espaldas a su marido, a su hermano, a su padre, a un hijo en edad de combatir... Así los salvaron, pues el rey tuvo que hacer honor a su palabra. Lo