Afrodisio Pitongo, galán concupiscente, obtuvo de Susiflor la gala preciadísima de su impoluta doncellez. Ella se había resistido en un principio, pero el untuoso galán la convenció, y finalmente la muchacha rindió la fortaleza de su antes incólume decoro, de su integérrimo pudor. Cuando, agotados los arrebatos de la pasión insana, terminó el punible trance de aquel carnal amor, exclamó Susiflor con mucha pena, acuitada por la vergüenza y por la contrición: "¡Afrodisio! ¡Esto que acabamos de hacer no tiene nombre!". "El nombre es lo de menos -replicó el cínico tenorio-. Lo malo es que tampoco va a tener apellido"... Don Martiriano, sufrido esposo, le preguntó con voz doliente a su feroz mujer: "Jodoncia: ¿por qué no podemos tener un triturador de basura, como todos los demás?". Le contesta