Cuando nos acercamos al final del año adoptamos una actitud de penitencia. Hacemos el recuento de nuestras fallas, culpas y omisiones, y pedimos perdón a Dios y al prójimo.
Y eso no está mal, a condición de que sea sincero el arrepentimiento, y se acompañe con un firme propósito de enmienda. Pero mejor que el remordimiento es la esperanza: esperanza en la bondad de Dios, que comprende nuestras debilidades; en la buena voluntad de nuestro hermano, que las perdona, y en nuestra propia capacidad de ser mejores.
Nos aguarda cada día un regalo: la esperanza. Tenemos derecho a la promesa. No hagamos del pesimismo nuestro huésped, ni admitamos al miedo en nuestra casa. La vida es vida siempre, y en ella estamos ahora. Abracémosla, como ella nos abraza cada día, y digámosle "Te amo" con la m