¿Cómo puedes hacer que una ancianita dulce y tierna profiera una sonora mentada de madre? Haz que otra ancianita dulce y tierna diga: "¡Bingo!"... Retaco, joven campesino encargado de la fragua de la hacienda, era bajito de estatura, tanto que sus amigos le decían "El príncipe charro", por no decirle "El -inche chaparro". Pretendía a Bucolia, muchacha de estatura aventajada. Todas las noches la visitaba, y le pedía un beso. Ella, retrechera y huidiza, negaba la dulzura de sus labios. Un día, sin embargo, Bucolia invitó a su pretendiente a pasear bajo la luz de la Luna, que esa noche regalaba a los amantes su incitativo resplandor. (La Luna no es aquella "Casta diva" que Bellini dijo; es más bien alcahueta consumada). Pensó Retaco que había llegado la hora de su felicidad, y que por fin dis